Violencia: ¿dónde?, ¿quiénes?, ¿cómo?
Por Ricardo Forster
Una de las consecuencias más brutales de las políticas neoliberales de los ’90 fue, qué duda cabe, la desintegración del aparato productivo y la multiplicación exponencial de aquellos que se fueron quedando sin trabajo. Entre nosotros, una sociedad que guardaba la memoria de una equidad que la había vertebrado durante décadas, el desmontaje de gran parte de las industrias acompañado por el desguace del Estado dejó a la intemperie a millones de argentinos que dejaron de estar incluidos en el sistema económico para ser lanzados sin anestesia a la más absoluta de las fragilidades. Se continuó a ritmo acelerado lo iniciado por Martínez de Hoz en el ’76, año en el que no sólo la dictadura se encargaría de implementar un sistema de terror que se cebó sobre decenas de miles de compatriotas, sino que también puso en funcionamiento una política económica que tuvo como proyecto central destruir lo que aún quedaba del viejo Estado de bienestar inaugurado por el primer peronismo. La noche glacial de la dictadura quebró biografías políticas al mismo tiempo que fragmentó profundamente el tejido de la sociedad desgarrando antiguos vínculos de pertenencia y de solidaridad. Menem vendría a continuar esa labor multiplicando los daños y arrojando a millones fuera de la esfera del trabajo.
Mientras esto ocurría, gran parte de la clase política, junto con una mayoría de los dirigentes sindicales y empresariales, acompañó este proceso de desquiciamiento que en muy poco tiempo logró pulverizar décadas de conquistas sociales y de logros económicos. Complicidades de distinto tipo hicieron posible que el menemismo se convirtiese en una fuerza capaz de arrasar lo que generaciones de argentinos habían logrado, dejando tras de sí una sociedad partida y profundamente desestructurada no sólo en lo económico sino, fundamentalmente, en sus núcleos valorativos y culturales. El menemismo marcó hondamente el lenguaje y la práctica de la Argentina dejando una herencia que todavía no ha sido lo suficientemente removida. Pero eso se pudo hacer con la activa participación de quienes usufructuaron en provecho propio lo desarrollado por la convertibilidad al mismo tiempo que se envenenaba a una porción no menor de la sociedad con las promesas de convertirnos en un país del Primer Mundo. La fiesta consumista, las caravanas de viajeros que hicieron de Miami su Meca y su horizonte utópico unida a la proliferación de una cultura del shopping center y de la plata fácil, horadaron vida y costumbres haciendo que en nombre de ese frenesí consumista se hipotecara el futuro de las próximas generaciones. Nada importaba mientras todo se importaba. Por fin teníamos el país que nos merecíamos, ese que ahora podía jactarse de ofrecer una economía abierta al mundo y a todos los inversores de buena voluntad que quisieran venir a estas tierras feraces. La ficción primermundista se desplegó junto a su espejo invertido: la exclusión de millones de argentinos que quedaron fuera del trabajo y de los derechos, invisibles y marginados, restos de un país que estaba dispuesto a pagar el precio que hubiera que pagar con tal de entrar en el paraíso del capitalismo global.
El giro neoliberal buscó hacer invisibles a esos millones que quedaban irremediablemente fuera del mercado; los lenguajes que dominaron esa época narraban la pobreza y el desempleo como quien describe un fenómeno natural achacándolo al cambio climático. La violencia de un sistema despiadado e implacable se volcó sobre los sectores más vulnerables de la sociedad que simplemente fueron arrojados del otro lado de los derechos. Frente a ese proceso brutal acompañado por la pasividad de las clases medias, sólo unas pocas organizaciones se enfrentaron a tamaña violencia estructural. En el giro de los ’90, en el peor de los momentos y cuanto mayor era la desolación, surgieron los primeros piqueteros que salieron a cortar las rutas como un modo de interrumpir el flujo de las mercancías haciendo visibles los cuerpos de los sin trabajo, de esos nuevos parias generados por un sistema cada vez más injusto. A partir de ese acto cargado de la astucia y de la sagacidad de los oprimidos, se inició un camino de resistencia que lograría sacar del olvido a quienes habían sido arrojados fuera del mercado y que supuestamente carecían de toda posibilidad de participación en una democracia que los excluía al mismo tiempo que seguía ofreciendo la imagen bucólica de una sociedad abierta a los flujos del capital financiero internacional y dispuesta a modernizar sus estructuras vetustas y anacrónicas.
Cuando estalló la crisis que desembocó en el colapso de diciembre de 2001, fueron los movimientos sociales y los piqueteros quienes impidieron que la violencia anómica asaltara las calles de las ciudades canalizando la protesta social y dándole un lugar y un sentido. Mientras los sectores del poder, tanto las corporaciones económicas como la mayor parte de la dirigencia política y sindical, mostraban sus limitaciones y ofrecían el espectáculo de sus ambiciones destructivas, los olvidados de la historia, aquellos a los que hoy algunos opositores acusan de violentos, asumieron la tarea de contener el desmadre social. Fueron los desocupados los más golpeados por las políticas neoliberales, los que hablan mal, los invisibilizados, los que contuvieron y encauzaron democráticamente las protestas mientras el “país de los ricos y famosos”, el de los empresarios de éxito y el de los políticos, estaba paralizado y no sabía cómo salir de un atolladero gigantesco que, con sus complicidades, supieron generar.
Y ahora quieren arrojar sobre esos movimientos la sospecha de ser los portadores de la violencia. Ironías de una Argentina que suele tener la memoria corta allí donde prefiere ocultar sus propias responsabilidades. La violencia, esa de la que supuestamente hablan y a la que denuncian, ha provenido del poder, de sus injusticias e iniquidades. Contra esa violencia se levantaron con inmenso coraje las organizaciones de desocupados y los movimientos sociales. Ellas pudieron darles un lenguaje a los silenciados, fueron capaces de inventar algo nuevo en el interior de un orden corroído y envilecido. Ellas fueron resguardo de la genuina democracia ante el saqueo y la impudicia de las corporaciones. No todo, claro, ha sido virtuoso ni transparente, lo que exige siempre lucidez en la crítica y capacidad para eludir la tentación del anquilosamiento burocrático y el facilismo clientelístico. Pero es la propia dinámica de las creaciones populares la que podrá revisar sus caminos y no la ofensiva maccartista de aquellos que se ofrecen como víctimas cuando han sido, la mayor parte de las veces, victimarios de los olvidados de la historia.
Por eso resulta entre impúdico y vergonzoso escuchar lo que vociferan ciertos opositores recalcitrantes que buscan criminalizar la protesta social del mismo modo que no dudan en utilizar argumentos que en otro tiempo argentino abrieron las puertas de la más oscura represión. Deberían, Morales y Estenssoro al igual que Carrió, probar lo que dicen; dar cuenta del origen de las denuncias que vienen formulando y que son multiplicadas, como si fuera en cadena nacional, por la corporación mediática. Sus palabras son despiadadas para aquellos que con inmensa dignidad supieron salir en defensa de los más pobres devolviéndoles la condición de sujetos de su propia historia. Claro, ellos, los políticos del poder y del sistema de injusticias, prefieren a los pobres de Cáritas, a los objetos de la filantropía. Los otros, los que se organizan, los que construyen sus propias autonomías, los que luchan por sus derechos y por ampliar en un sentido de igualdad la democracia se vuelven un peligro que debe ser encauzado y reducido nuevamente al silencio y a la invisibilidad. Allí están los movimientos sociales para resistir, una vez más, la impudicia del poder, ese mismo que ayer, en los desgraciados ’90, arrojó a millones de argentinos a la intemperie y que hoy, cuando otra parece ser la historia, quiere regresar a esa época de profundas iniquidades.
Buenos Aires Económico
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