Trata - Los chicos que son robados en las provincias del NEA y pasan por Córdoba
El caso Damián Varela
Por Pedro Jorge Solans

Los padres de Héctor Damián (izq.) y Damián (der.) junto a su hermano mayor. La única foto que existe de él.
Es una investigación realizada por el director de EL DIARIO de Carlos Paz y que refleja el oscuro mundo de la trata de blanca.
A 18 años del misterioso robo del bebé Héctor Damián Varela que ocurrió en la ciudad de Sáenz Peña, Chaco.
Nunca hubo pistas firmes sobre su paradero.
¿Quién es Damián?
En el caso Varela hay sólo dos certezas:
Que Damián existe por lo que dejó.
Y que el pibe que buscamos ya no es Damián.
Entonces: ¿Quién es?
En la Pampa del Infierno la violencia no se nota. Las casas son humildes y los corazones no están abiertos; porque, precisamente, las astillas de esos corazones flotan en el ambiente.
Hieren, y se hieren en un paisaje enrarecido donde la tierra es seca, donde la tierra es dura. Durísima para el apego. Si la pisa un desprevenido, un flojo o un desorientado rebota sin disimulo. Hay que imaginarse, entonces, si golpea un corazón.
Las astillas están a la espera de un viento, un viento chaqueño, un viento norte, que las aleje. Que las aleje tanto como las alejó el dolor, el desarraigo, el engaño de ese edén prometido, o la implacable obligación de llegar hasta ahí.
Están siempre a la espera en posición mutante. Siempre a la defensiva.
Ya no son más corazones.
Son parte de un paisaje que no es para cualquiera. Son dolores que mutaron en carnes con calores, con el tiempo. Están curtidos a fuego lento.
Son dolores en carne viva.
Los dolores de la pampa.
Los dolores del infierno.
Las mujeres son muy devotas, obsesionadamente demostrativas de sus devociones. Casi tan demostrativas como descreídas.
En realidad, las mujeres de las pampas no creen en nada, por eso son serviciales; porque supieron incorporar el servicio y la amargura a su imaginario.
Vergonzosas. ¡Ah, qué vergonzosas!
Terriblemente vergonzosas.
Tan vergonzosas como audaces. Tan audaces como imprevisibles.
Ofrecen asiento, un vaso de agua o un mate con la misma cordialidad y aplomo.
Y no dudan. Derrochan esas miradas, que son miradas de recelo. Miradas impregnadas de desconfianza.
En la Pampa conocí a doña Victoriana ¡Qué mujer, qué mujer típica de la zona! Salió del rancho con la paciencia de sus ochenta años. Ya nada la lastima. Supo vivir sin caminos, o en caminos, siempre lejos, sin quejas, sin agua, sin luz.
Naturalmente humilde.
Y por ello, el sol ya no la abraza, sino la broncea para que perdure en charque o en bronce.
Quise agasajarla respetando su presencia y me frenó a tiempo.
Me dijo:
-¡Así nomás. Así está bien. Para qué más!
¿Qué quiere saber? Estuve todo el tiempo al lado de este hombre. Lo señala con un gesto a su marido que fue dueño de la bailanta más antigua de la zona. No tuvo la delicadeza, -porque nunca la conoció-, de precisar si lo amó, si lo quiso, o si fue feliz con ese hombre.
Don Enrique ni se inmutó.
Doña Victoriana fue partera toda su vida, y conoció al pueblo desde el hospital, pero más lo conoció por la pista de baile donde tropezaban los guapos, y las lenguas pueblerinas eran bandos militares, pregones populares, y hasta algunas veces, fueron tribunas de fantasías.
-Esto es así. Señor. Nunca pasó nada aquí. Hasta que empezaron a irse para Resistencia, para Buenos Aires, y volvieron "sabiondos", "leídos" y retobados. Parece que aprendieron cosas raras. Cosas de otro mundo.
De otro mundo; señor.
…Otro mundo.
Qué cosa; señor.
Un eco se expandía haciendo sapito en la tierra.
Una siesta se alborotó el pueblo. Salió doña Beti corriendo. Doña Beti gritaba:
-¡Me robaron el bebe! ¡Me lo sacaron de aquí!
-Yo la había atendido; señor. Fue un parto normal; señor…
El muchachito nació sano; señor, y tenía un buen parecido; señor. Recuerdo bien ese parto porque al otro día mi cuñada me retiró sus cariños por habladurías.
En ese momento el silencio nos distanció infinitamente. Ella apoyó la cabeza sobre su mano. Yo miré al cielo.
A veces no cuesta nada creer.
A veces cuesta un poco.
A veces cuesta mucho.
Y otras veces, es imposible creer.
Imposible creer cuando zumban los rezos. O silban los llantos. O luchan por existir las estampitas de las vírgenes de Itatí, mientras avanza la procesión del Gauchito Gil, de Isidro Velázquez, de la Difunta Correa, o de algunos "santones negros" corridos del Brasil.
El alboroto involucró a todos.
Todos querían ayudar. La morbosidad hacía lo suyo.
No son casos habituales.
Tampoco hubo sorpresa.
-El padre andaba con la cuñada. Tiró la primera piedra la enfermera que ayudó a doña Victoriana en el hospital en una ronda de comadronas. Y siguió otra, como de costumbre:
-Y parece que quería tener un hijo de él.
-Pero él quería otra cosa. Agregó la hermana de la enfermera.
-Esta dice eso porque ella también anda con él. Cuchicheó la arpía de Graciela.
Las entregas de bebes no son historias marginadas para la pampa: Se tirotean con la desgracia, se codean con la miseria, se besan con la promiscuidad. Son "modelos para armar" entre quienes saben que nunca podrán comprar una camioneta, entre quienes saben que trabajar es una condena en un mundo aceptado a la fuerza.
¡Uy! ¡Uy! ¡Uy!
Un niño que ya no está con su madre. Un niño que ya no está en la Pampa del Infierno.
Alguien está corriendo. Se lo entregaron a otro que se alejó en automóvil con destino incierto.
-¿Cómo es? Preguntó la policía.
La madre no contestó.
-Es rubio de ojos celestes; respondió el tío.
-No; moreno de ojos negros, vivaces; añadió una vecina.
-¿Pero quién? ¿El nene o el raptor? Preguntó el cabo fastidiado porque sabía que estaba frente a un caso dificilísimo. No sabía por donde empezar, y tampoco le importaba. Sabía que su participación era una formalidad rayana a la parodia.
Al fin y al cabo, para el policía era uno más que se había salvado. Pensó, "seguro que se lo vendieron a una familia pudiente de alguna ciudad."
-¡El nene! Señor. Contestó la vecina más comprometida
La policía persiguió a los fantasmas.
Un auto levantó polvareda y desde lejos, cada uno, cada vecino, vio lo que quiso, o lo que pudo ver.
Lloraban.
El pueblo era un solo gemido. Hubo desesperación colectiva. Hubo corridas.
¡Hasta hubo lamentos!
Lo recogieron en brazos y lo sacaron del infierno en un automóvil sin patente, vidrios oscuros y gomas lisas.
¿Pagaron? Se preguntaron los vecinos.
-Será otro mundo. Decían las comadres.
-Será nomás. Se resignaban los hombres.
¿Y si aparece algún día?
¿Y si lo encuentran?
De todas maneras; será otro mundo.
¿…Otro mundo?
El padre del niño se enteró tarde. Venía de pisar la tierra dura.
No era tan tarde.
Parecía tarde. Parecía que todo se había complotado.
¡Tarde, tarde que invita a la sospecha!
Y no tuvo resignación. Su búsqueda fue incesante. Sus dudas infinitas. La obsesión lo carcomió como el óxido devora el metal.
-Tengo muchos deseos que el mundo conozca mi desgracia. Y que el otro mundo, también la conozca.
Quiero relatar paso a paso lo que pasó, y lo que hice. Lo dice a quien lo quiera escuchar. Y lo dice fuerte.
Y repite:
-Quiero que sepan que por derecho mi hijo me pertenece. Que como padre, me hago mil ilusiones, y mil preguntas:
¿Por qué?
¿Por qué me hicieron ese daño a mí. A mi esposa. A los hermanos de Damián. A sus abuelos. A sus tíos?
¿Por qué? Se pregunta, y se repregunta.
Parece un desequilibrado. Pero no lo es. Abre sus manos, sus ojos.
Fuma espasmódicamente.
-Quiero escribir al mundo. Pero la emoción me traiciona y me ahogo en llanto, y no puedo.
Al mismo tiempo, siento latir mi pecho con más fuerza. Con mucha fuerza. Con tanta que creo voy a explotar y habrá una lluvia con mi sangre. Tengo tanta sangre que puedo inundar este pueblo. ¡Qué digo Sáenz Peña! Me quedo corto ¡Todo el Chaco puedo inundar con mi sangre!
Mi familia no se da cuenta lo que genera Damián. Yo sí. Por eso, me embarga la alegría cuando sé que existen personas de otros lados. Extraños. Extraños a nosotros que están dispuestas a sumarse a la búsqueda de mi hijo.
¡No puedo más!
¡Me duele demasiado todo esto!
¡Perdón hijo mío!
Damián intuye que apenas nació estuvo en otra cuna. No lo sabe expresar. Aunque siente que, entre él y sus padres hay un vacío. Más lo nota cuando se acerca a su papá. A quien lo une además de lo cotidiano una sutil desconfianza. No recuerda haber recibido una caricia de ese padre.
Nunca le dijeron la verdad.
Aparentemente, tiene una vida normal: Otra fecha de cumpleaños. Otros familiares, y hasta le hicieron creer que es parecido a un abuelo asesinado por los aborígenes en un robo. Porque en la Pampa del Infierno también la muerte ronda con desparpajo.
Sin embargo, la novia de Damián descree de las señas particulares de aquel bebe y afirma que su novio cuando camina o conduce su camioneta mira y mira y mira como buscando algo que ni él sabe qué es lo que busca.
-Ahora yo no estoy con él, pero sé todo de sus días en el colegio. Es otra persona. Señala la chica que debutó sexualmente con él, y se asemeja a la adolescente que vio hace tiempo como una mujer corría con un llanto envuelto. Es difícil ponerse en el lugar del otro cuando el robo de un bebé separa a los vecinos.
Yo opté por Damián:
-Me acurruqué. Fue involuntario. Tomé una forma rara. Pero no pude ingresar al interior, -del hoy- adolescente.
Un periodista, a quien consulté cómo hacer para introducirme al mundo de lo que había pasado, me aconsejó que no lo haga y lo remató diciéndome:
-La ternura, como la protección, tienen tantas figuras, tantos gestos, tantas señales que a veces no vale la pena preguntarse cómo hacerlo.
Lo importante es hacerlo. Pero te repito, no lo hagas.
No me importó nada, ni en qué situación lo iba a encontrar. Lo que interesaba era encontrarlo, conocerlo, estar con él.
Probé gateando. Sigilosamente, me puse a gatear, y lo hice como en mi niñez, cuando brincaba en las siestas quitilipenses cuidando que mis padres no se despertaran durante el descanso que corta el día.
Salía gateando hasta el patio donde me sentía el primer explorador de la vida.
En ese entonces, para mí, Dios era porfiado y provocador. Aparecía en los momentos más inoportunos.
Era exacto, y caprichoso.
Apenas el patio era mío empezaba a fumar los tallos de enredaderas que suplían a los "Saratoga".
Eran siestas viboreantes de calor, o de humedad, y él; él estaba allí. Desde las alturas te miraba con un gesto cómplice, tan cómplice como represor.
Así logré, eso sí, solamente por un instante, ser un niño robado.
El padre redactó una carta dirigida a un presunto ladrón. O al ladrón que todos acusamos y que hasta ahora es un fantasma desdichado, vestido de uniforme indigno, de guardapolvo sucio:
-En mi desesperación te escribo, ladrón. No te conozco. Pero igual te escribo. Solamente estoy seguro de un hecho: Robaste a mi hijo.
Sí.
Robaste a mi hijo.
Te imagino corriendo como un loco. En la total impunidad de una estrategia perversa. Te llevabas un trozo de mi vida. Algo muy querido.
¡Mío!
Sí.
¡Muy mío!
Te llevabas un angelito.
Te llevabas un ser humano que degradaste a mercancía. No te importó un carajo porque sos un miserable.
Seguramente me conocés.
¡Me conocés!
¡Y muy bien!
Sabés mi nombre. Mi dirección. Mi lugar de trabajo.
Y tal vez, tendrás muchos datos más de mi familia.
¿Cuántos?
¿Otros más?
¿Podrás ser tan miserable?
…Te escribo para decirte que me causaste daño. Me cambiaste la vida. Mataste la alegría en mi hogar. Envejeciste a mis padres. Enloqueciste a mi esposa. Privaste la libertad de un niño y arrancaste un hermano a sus hermanos.
No te importó provocar odio en los familiares. Odio en los amigos. Odio en los vecinos que comprenden mi dolor.
Pienso que estarás feliz con el inmenso botín que mi hijo te representó. Pero quiero decirte muchas cosas con esta carta.
Mirá. Yo siempre me pregunté:
¿Para qué nací y por qué vivía en este mundo?
Fijate, que por lo que vos hiciste, me di cuenta que cada uno viene a cumplir una misión en esta bendita Tierra.
Vos sabés, miserable, que mi misión es la más hermosa de todas:
Soy padre.
Puede ser que vos lo robaste porque te faltó ser lo que yo soy. Puede ser que te engañaron. Puede ser que vos compraste un bebe chaqueño y te sorprendieron en tu buena fe, -que desde ya te digo nunca la tuviste- al comprar un bebé. Al comprar vida.
¡Te compadezco!
¡Te compadezco, hermano!
Sos una rata miserable.
Naciste para que la maldad se encarne y camine dentro de un ruin. Y tan solo eso sos. Me gustaría gritarte, ¡Mierda! Y que el eco de la ¡Mieeer- da! te perfore los tímpanos, la cabeza, el alma.
Tu vida será sucia para siempre.
Quiero recordarte dos refranes que a lo largo de tu andar se presentarán encarnados en mi rostro:
"La última gota de agua colma el vaso" y "quien mal anda, mal acaba".
Te puedo asegurar que en el momento más justo tendrás tu merecido. Nada alcanzará para pagar el daño moral que causaste en mí.
Siempre hay un fallo justo y merecido.
Hoy me siento impotente. No porque me falten energías para encontrarte. Sino porque no dejaste huellas, indicios. Fuiste un "zorro" que manejaste piltrafas humanas que te ayudaron.
Yo no te maldigo. Te escribo para aliviar mi dolor y mi conciencia.
No puedo dejar de sentir impotencia. Impotencia porque me fui ese domingo. Impotencia por no haberte encontrado justo.
¡Justo!, cuando entraste a mi casa para llevarte a Damián.
¡Justo!, para verte correr con él en tus manos.
En el momento que me enteré de tu fechoría, corrí como loco pidiendo justicia, pidiendo a la gente que me ayudara. Quiero buscarte y buscar a Damián.
A Damiancito.
Hoy te sigo corriendo, en silencio. Estoy detrás tuyo.
Hoy sigo golpeando puertas para que me vean y me escuchen.
Hoy sigo zamarreando la indiferencia, zamarreando el olvido, zamarreando los bolsillos, las carteras, los morrales, las mochilas de la gente
Nunca me cansaré de recordarte que lo que robaste es mío.
¡Me pertenece!
Me pertenece y para siempre.
El tiene mis ojos. Mis rasgos. Y un corazón como el mío.
Hoy no lo tengo en mi casa.
Pero no te olvides que las ondas de su cuerpo, de su mente, y el cuerpo y el alma de Damián irradiarán energía que es parte de mi energía.
Y esas ondas llegarán a mí, porque yo soy su padre.
Puedo decirte que no perdí a mi hijo.
Quiera Dios que nunca le pase nada a Damián, y que no entren a tu casa a robártelo.
Mi familia y yo creemos que te llegará el momento justo, que será, justamente, nuestro momento.
Hoy, estoy muy triste.
Me falta algo.
Me falta parte de mi ser.
Me falta una prolongación de mi vida.
Me falta parte de mi cuerpo.
Falta alguien en mi casa.
Me falta alguien en todas partes donde voy.
Te compadezco y no se me borra de la imaginación la falsa felicidad que tendrás con él cuando te sonríe.
Cuando te pasa sus manitas, tiernas, suaves, por tu rostro duro, adusto, de hierro vencido.
Cuando te dice papá, seguramente, mirarás para otro lado. Algún día, esas mismas manitas te bofetearán y un escupitajo caerá sobre tu alma.
Quizás te rías, o te burles de lo que te escribo. Ojalá sirviera para que otra gente leyera.
Que no se te haga tarde. Vos tenés a mi hijo Damián.
Disfrutalo.
Reíte con él.
Jugá con él.
Paseá con él.
Comprale juguetes, ropa, golosinas.
Ah! No te olvides de vacunarlo, sobretodo contra tu miseria. Llevalo a los controles mensuales de salud, sobretodo la salud, ya que amor no le podrás dar.
Fijate los dientecitos y todo lo que necesite, ya que fotografías de él en el vientre de su madre no le podrás mostrar.
Y por último, te aseguro, te vamos a encontrar donde estés.
No te olvides…
Llegaré con mis hermanos y con la justicia; aunque me cueste la vida.
Eso sí. Ya sé…
Ya sé que no será más Damiancito.
No será más mi Damiancito. Aquel iluminado. Encontraré un adolescente, -el tiene ahora dieciocho años-. Estará criado por ahí… ¿Andá a saber cómo vos, ladrón de vidas, lo criaste? ¿Estará criado por vos, asesino de futuros, o lo diste a otra familia?
¿Sabrá la verdad, o le habrás contado otra historia?
Por ahí tengo miedo que le hayas dicho que fue abandonado. Tirado por sus padres biológicos.
A veces pienso, de noche, cómo será el encuentro.
¿Cómo será?
El encuentro.
¿El pibe se pondrá reacio? ¿Me abrazará? Quizá sea una buena persona y pueda poner las cosas en su lugar, y diga: "Me voy con mi viejo". Hay que ver si puede.
¿Lo podré ver algún día? ¿Esperará la muerte que yo me despida?
Yo sé que es así…
Yo sé que es así. No me digas nada. Es así. Que con los años que pasaron vive otro mundo. Tal vez, tenga hasta estudios terciarios. Creería que debe ser un buen pibito. Ojalá tuviera buena crianza.
Una vez me preguntaron si yo tenía una visión de mi vida sin él. Que si pensé en la posibilidad que al encontrarlo, el chico no quisiera sumarse a la familia.
Y sí. Y sí. Hay que pensarlo así. Es Lamentable. Pero es así.
Yo le pido a Dios todas las noches. Sé que es difícil. Sé que el encuentro podrá ser de mil maneras y hasta de malas maneras. De ser así, igual, no tengas dudas, me iría a buscarlo a donde fuese.
El caso Varela
Sonó el teléfono de la emisora y presentí que no era un pedido más para que se escuchara un tema musical. Sospeché que me involucraba, que era algo para mí. Ya había logrado perturbarme.
El silencio contribuyó a la sospecha y el operador fortaleció mi presunción.
Yo explicaba al aire que, en la masacre de Napalpí, ocurrida el 19 de julio de 1924, se había aplicado terrorismo de Estado.
El conductor del programa Nuestra Vieja Música, de la emisora radial, FM Futuro, de Sáenz Peña, Miguel Ángel Vera, anotó el mensaje. Esperó que yo terminara de hablar del libro "Crímenes en Sangre" y mientras sonaba "La vida vale la pena", de Sergio Denis, me dijo:
-Llamó Rolando Varela, tío de un bebé que robaron aquí en 1990, y nunca más se supo de él. Se lo tragó la tierra.
Varela quiere saber si a usted le interesa escribir sobre el caso.
-No conozco el episodio. Le respondí.
Y miré en forma automática a quien me había llevado a la entrevista radial. Gregorio hizo señas que no conteste ni sí, ni no, que esperara. Ví en él un gesto enigmático, que algo conocía del caso.
La entrevista periodística sobre "Crímenes en Sangre" duró más de lo pactado. Vera desplegó su oficio de locutor y los oyentes amantes de la música de los años sesenta y setenta se hicieron oir.
-"…Abrazame que verás que el cielo es de los dos… Y buscaremos el ayer…" asfixiaba el aire, con ese sonido iracundo que solía levantar minifaldas décadas atrás.
A raíz de ello, tuve la oportunidad de explicar que cuando desde el Estado se ejerce el terrorismo la responsabilidad cae sobre la sociedad que, a través de sus entidades intermedias, o sectores dominantes, empujan a las fuerzas armadas o policíacas a cometer crímenes de lesa humanidad u otras atrocidades:
Robos.
Vejaciones de bebés y de menores.
Sustracciones de identidades.
Y no pocas veces, esas fuerzas vivas y/o esos estamentos estatales colaboran, se asocian, se emparentan para cometer aberraciones.
Ese viernes, 30 de noviembre del 2007, salí de la radio FM Futuro con una incógnita que me urgía responder:
¿Mi presencia en Sáenz Peña fue para promocionar un libro, o para involucrarme en un caso tan complejo, que tanto sensibiliza, y que pone a cualquiera entre la espada y la pared?
Con esa turbulencia interior me alejé de la radio y tuve que hacer frente a una entrevista televisiva.
En "Chaco Cable Visión" me explayé sobre cómo los vecinos colaboraron con la masacre de Napalpí. Afirmé que muchos quitilipenses habían participado de distintas maneras en el escarmiento que se les dio a los peones rurales aborígenes. Recordé, que los colonos aglutinados en las incipientes sociedades rurales, presionaron al Gobierno para que actúe. Y alentaron acciones violentas contra los cosecheros que se negaron a levantar el algodón en el territorio chaqueño.
Y como para darle un cierre al concepto, a título informativo, señalé:
-En los años 20 del siglo pasado, el picudo algodonero había dejado sin producción a los Estados Unidos y la industria textil inglesa salió desesperadamente al mundo en busca de fibras.
Pareció que el reportero nunca se le había ocurrido asociar la masacre de Napalpí con el destino final del algodón que se cosechaba en el Chaco. Su rostro era un signo de admiración, y alentaba a seguir con el hilo conductor. Entonces, después de un silencio, agregué:
-Eso quiere decir que, cuando a los ingleses les falte agua, vendrán por nuestras aguas. Y cuando no puedan tener hijos, vendrán por nuestros hijos.
Por otro lado, siempre habrá sociedades de empresarios locales que le venderán las aguas; y siempre habrá bandas de delincuentes que le venderán nuestros hijos.
Vera respiró hondo y dijo al aire:
-Vamos a un corte comercial, señor operador. Y volvemos con más Nuestra Vieja Música, por FM Futuro.
La entrevista terminó como tenía que terminar. Fui agasajado con esa "amabilidad especial" que surge de la convivencia de croatas, montenegrinos, serbios, checos, eslavos y criollos...
¡Muy especial!
Nos despedimos de Sáenz Peña al ritmo de Los Iracundos que vibraba por la 98.5.
El Peugeot que nos llevaba a Quitilipi encaró por el Ensanche Sur. Gregorio esperó la oscuridad de la ruta 16 para abordar el caso del bebé robado. Dio unos datos y me pidió que tenga paciencia; y eso sí, mucho ojo.
-¡Tenga mucho cuidado! Don Pedro. Varias versiones circulan sobre lo que sucedió con ese chico. Hay mucha gente peligrosa involucrada. Sentenció Gregorio, frunciendo el ceño y acomodándose sus anteojos.
Yo seguía empeñado en saber:
-¿Por qué me había preocupado tanto la llamada de ese tal Rolando Varela? A quien, por supuesto, no conocía.
-¿Y por qué tenía que ser yo, quien debía investigar el robo de un bebé, o de un presunto robo, o de un extravío…, o qué se yo, lo qué había pasado con ese bebé.
Para colmo, acababa de enterarme.
En realidad, yo vine de Córdoba para otra cosa: Había escrito sobre un crimen de lesa humanidad y fui invitado a una radio de Sáenz Peña.
Gregorio volvió hacer hincapié en que había que tener cuidado con el caso Varela, y advirtió que no me entusiasmase porque era muy complejo.
Pero ¿Por qué tanto cuidado? Me pregunté.
-¿Por qué Gregorio está tan obsesionado en que hay que tener cuidado? ¿Será una cuestión personal de Gregorio?
¿Si todos hubieran tenido tanto cuidado… qué hubiera pasado?
¿Habría niños robados?
No habría niños robados.
Estoy seguro.
O sí. Lo habría casos esporádicos.
Y si fuese así.
No habría tantos bebés robados.
O tal vez, por eso los hay, y es tabú:
Hay que mirar para otro lado para no ver.
Hay que cruzarse de vereda para no enfrentar la situación.
Hay que mudarse en caso que sea necesario.
Las noticias aparecen.
Vertiginosamente.
Y como luz mala desaparecen.
-¿Qué pensarán?
-¿Cómo se olvidarán?
-¿Cuál será el esquema tranquilizador. Con que calmarán sus conciencias?
-¿Con qué protegerán sus almas?
-¿Tendrán manera de mirar a los ojos sin que les doliese el espíritu?
-¿Formarán parte de otra clase de hombres?
Las preguntas daban vuelta por mi cabeza; mientras a título de versiones, Gregorio narraba casos resonantes que se conocieron en el Chaco.
Al otro día, por casualidad, pude conversar con una vieja partera de la zona.
Doña Paulina Escobar.
Doña Paulina, con sus ochenta años, y no sé cuántos de servicio en el hospital de Pampa del Indio, vive de su jubilación de enfermera en el pueblo al que llegó. Al que llegó, después de pasar fregando pisos por los hospitales de Resistencia y de Presidencia de la Plaza.
Ella me dijo que hizo tanto bien que ahora ya no puede ayudar.
Y yo le pregunté del caso.
Respiró.
-Fui pobre toda mi vida; señor. Lo dijo con la voz entrecortada.
Hay muchos factores que hacen que los países periféricos sean los principales centros exportadores ilegales de bebés.
Están allí en la feria de los tiempos. A expensas de buenos vendedores de sueños y de robustos compradores de otros mundos.
Están allí desde que el mercado se tornó incontrolable y devaluó la vida:
Quienes procrean no tienen recursos para afrontar las crianzas, y quienes tienen recursos no pueden procrear por diversos motivos; entre ellos, por la sabia rebeldía de la naturaleza. Y como todo desequilibrio, produce transferencia de riquezas.
Están allí, en las calles, al sol para que reluzcan, para que la inocencia brille, para que un viento los deposite lejos de las penurias de una tierra que para ellos, siempre estuvo, y no es de nadie.
Recordé los informes del Centro de Estudios e Investigación Social "Nelson Mandela" sobre el tráfico de niños en la provincia del Chaco. Habían sido publicados en el 2001. También pensé en las bandas de traficantes que no sólo están integradas por policías, militares, enfermeros, enfermeras, médicos, médicas, o funcionarios de los Registros Civiles; sino por vecinos y familiares de los niños sometidos.
Pensé en el Estado…
Pensé… en ese Estado. O sea, en los niños en adopciones o en los niños en guardas provisorias.
En 1990, un artículo publicado en el diario Norte, de Resistencia, señalaba, "el denunciado tránsito de niños recién nacidos desde Sáenz Peña hacia el resto del país, que obedece a situaciones particulares de marginalidad, evidenció la existencia de un submundo que apunta a solucionar conflictos de madres por un lado- y pareja por otro, olvidándose, por completo, del pequeño que transita franjas de inseguridad que va desde la jurisprudencia hasta lo afectivo.
Damián Varela, uno de los casos típicos del tránsito de criaturas desde esta ciudad, puso en el tapete a través de las denuncias realizadas a la producción del programa Hola Susana la cantidad de pequeños, que en el transcurso de la primera semana de julio de 1990 fueron dados en tenencia a familias imposibilitadas de procrear. Diez de los casos tomados telefónicamente enmarca la impunidad con que se desenvuelve transferencia.
Agustina Belén, caso no resuelto aún con la claridad necesaria, permitió que después de más de sesenta días fuera recuperada por su madre, tras el arrepentimiento de la procreadora. La restitución se logró a partir de que la justicia dispone de la guarda temporaria que interpreta un plazo máximo de un año, para que la criatura donada pueda ser integrada a quien la trajo al mundo. El tiempo, demasiado extenso para quien en esta situación aparece como totalmente olvidado e ignorado como persona, puede sufrir todas las consecuencias de los cambios del hogar, inserción y sentimientos. Nadie, pareciera, hasta aquí dispone tener en cuenta detalles que hacen al futuro de ese niño, manoseado y sujeto disposiciones de mayores.
Como existen casos, que la lentitud de padres, y de padres y justicia llevan a que los trámites finales de la adopción se realicen después de 5 o más años y para ello, se expresa que la tenencia queda firme a partir de la burocracia de los papeles; tiempo en que la madre genética está habilitada a reclamar su devolución. La legislación imperante resguarda situaciones generales de las madres que los procreo y de la familia adoptante, pero deja huecos muy importantes en el pensamiento hacia esa persona que es comercializada - en muchos casos- vilmente. Quienes a su vez, aguardan pacientemente recibir un pequeño en adopción a través de la inscripción en un juzgado, llevan años acumulando expedientes y requisitos; mientras a la par cualquier matrimonio con dos testigos se puede presentar a un Registro Civil y anotar a su nombre a un niño recién nacido.
Sáenz Peña, particularmente retiene en el Juzgado respectivo más de 1.500 expedientes".
En esa línea de pensamiento llegué a la conclusión que los Estados terminan formando la columna vertebral de estos delitos detestables que hieren a la vida misma.
Todo esto se me ocurría, mientras Gregorio hacía un relato mesurado de lo que se sabía del caso Varela.
A priori, me insinuó que no tenía que ver con el tristemente clásico "modus operandi" de las bandas de traficantes y eso me trajo más zozobra aún.
Según el Centro de Estudios e Investigación Social Nelson Mandela, en su documento 25, fechado en agosto del 2001, "el Chaco es una provincia con una relativa demanda de adopción; no obstante ello, la oferta de niños no supera el número de padres, que concurren a solicitar niños para adoptar. Pese a ello la entrega o adopción ha significado que mayoritariamente sean llevados a otras provincias; durante el año 2000 se estima que ocho de cada diez adopciones fueron tramitadas y terminadas a favor de padres adoptivos con residencias en Capital Federal, provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y hasta Tierra del Fuego. Se cree que cincuenta por ciento de los niños desplazados sufrieron graves perturbaciones en tanto los efectos del cambio indebido fueron traumáticos, fundamentalmente por privarse de manera permanente a los adoptados el acceso a la comunicación y al contacto con algunos de los padres.
En el Chaco resulta preocupante el número de adopciones que benefician y aún favorecen a matrimonios que, además de tener su residencia en otras provincias, no se encontraban inscriptos como postulantes, con lo cual se han producido resultados perversos; de la mecánica implementada para la obtención de tales adopciones. Nos permitimos inferir que se ha contado posiblemente con la connivencia de la madre embarazada y eventualmente del padre biológico, a los cuales se les presta "ayuda económica", mientras que paralelamente los juzgados actuantes no sólo se reducían a intervenir formalmente en las tramitaciones, resignando voluntariamente el ejercicio de las formidables potestades derivadas del patronato, con lo cual se saneaban o convalidaban adopciones que debían ser rechazadas de plano, mientras tanto se destacó la intervención de una profesional de la abogacía.
No escapa de este análisis la preocupación manifestada por algunos funcionarios judiciales, aunque pocos, en relación a esta problemática; no obstante ello, la justicia de menores evidencia numerosas fallas que contribuyen a la continuidad del tráfico de niños.
Paralelamente, alienta el tráfico de niños la circunstancia concreta de que la Dirección General de Registro Civil viene incumpliendo sistemáticamente las pautas ordenadas en el actual artículo 255 del Código Civil en materia de inscripciones de niños de padres desconocidos, omitiendo cursar las notificaciones del caso, lo que ha impedido u obstaculizado que el Ministerio Público de Menores procurara la determinación de la paternidad y el reconocimiento del hijo por parte del presunto padre, o en su defecto que promoviera las acciones judiciales correspondientes".
Llegamos a Quitilipi y la cena fue un trámite que disimuló mi decisión. No obstante, durante la noche, la oscuridad fue escenario de la disputa entre seres y sensaciones que empujan a la existencia; y los otros, que seducen con los moldes de las buenas costumbres y "el pasarla bien". Son esos brillos que enceguecen. Son ésos que te guían para esquivar las tormentas humanas.
La noche de Quitilipi fue vital. Simuló una canasta de "hijos de crianza".
Una canasta de víctimas de pedofilia.
Una canasta de prostitución infantil.
Una canasta de trabajadores indocumentados.
Una canasta de hijos sin identidades.
Una canasta de vidas compradas.
Una canasta de transportadores de drogas y contrabandos.
Y saqué al azar, uno o dos casos.
Al otro día, Gregorio seguía cumpliendo su rol.
-¡Tenga cuidado, Pedrito! El caso es muy complicado.
Sin embargo, me aportó el dato más importante. Subimos al auto y fuimos a un barrio bastante alejado del centro de Quitilipi. Eran viviendas precarias construidas por el Gobierno de la Provincia en la década del 80.
-¡Pare aquí un momentito, don Pedro! Me dijo en tono imperativo.
Frené con torpeza.
-Mire. En esa esquina vive la abuela, y el pibe solía pasar temporadas aquí. Habrá tenido entre cuatro y cinco años. Así me dijo este muchacho que no recuerdo el nombre. Yo vine varias veces, y creo haberlo visto al pibe, pero no supe identificarlo.
-¿Pero cuando lo viste vos?; le pregunté ansioso.
-Hace más de diez años. Fue cuando este muchacho me había aportado el dato. Pero ese dato nunca pude verificarlo don Pedrito.
Quedé a las órdenes de él. No sabía qué hacer. No supe qué responder.
El hecho superaba cualquier escrito que yo quisiera emprender. Era algo fuerte que me pegaba en medio del pecho y me brotaban las lágrimas.
Yo reprimía la emoción que quería escaparse por los poros de mi piel. Las cosas se habían puesto tan duras que tuve que respirar, concentrarme, para reafirmar que yo era un periodista dispuesto a cronicar un caso, y no un investigador policial que debía esclarecer un aberrante delito.
Gregorio fue por más y en su estilo me dijo:
-Pedrito avancemos por esta calle de tierra y en la próxima esquina doblemos hacia la derecha.
Recorrimos dos cuadras y estacionamos frente a una alcantarilla. Allí bajamos. El golpeó las manos y nos atendió una mujer que, aparentemente, lo reconoció:
-Buen día señora; saludó Gregorio.
El sol abrazaba con ganas y encandilaba. Si hoy tuviera que reconocerla a esa mujer no podría hacerlo. Me pareció joven.
-Buen día don; respondió la mujer con las manos mojadas. Estaba lavando.
-¿Está..? Y Gregorio terminó la pregunta con un gesto.
-No don. Y en tono pausado se explayó más. -Está haciendo una changa de albañilería en lo de Pérez.
-¡Eeh..! ¿Cuándo regresa?
-Me dijo que volvería a la tarde. Pero está don Ter... Apuntó la mujer
Enseguida interrumpió Gregorio.
-Eeh! ¿Y puedo verlo?
-Sí, pase.
-¿Cómo está?; preguntó Gregorio
-Y ahí está. Dijo la mujer con un tono resignado pero no triste. Era su suegro.
Nos abrió el portoncito. Pasamos a la casa. Para llegar al cuarto donde estaba en cama el anciano, atravesamos un comedor y una cocina. En un austero catre estaba acostado. Se puso nervioso al vernos. Saludó y dejó traslucir que estaba soportando un calvario. Su calvicie iluminada con la luz que entraba a través de una ventana semiabierta mostraba años de sol. Quiso sentarse pero Gregorio no lo dejó. La mujer nos trajo sillas. Nos sentamos y Gregorio le dijo quién era yo. Los tres coincidíamos en sudar como se suda en el Chaco.
Al anciano le habían amputado una pierna. Era hermano de un preceptor que había tenido Gregorio en la escuela. No mentía. A lo sumo podía tener giros del realismo mágico que hay en cualquier ambiente sudamericano. Manejaba con sabiduría los silencios de su tartamudez. Yo me bajé del diálogo. Era muy dificultoso. Sobretodo cuando hablaban del pibe.
Permanecí en silencio, preguntándome a cada rato: ¿Qué hago aquí?
En un momento, intempestivamente Gregorio le dijo:
-No se canse don. Ya nos vamos. Lo saludó y le prometió que volvería a visitarlo cuando esté el muchacho.
Nos despidió la mujer.
Al salir de la casa me di cuenta que ya estaba escribiendo sobre Damián.
Se lo tragó la tierra
La primera vez que visité la casa de Damián estaba el padre sentado en un sillón muy cerca de donde se lo llevaron. Era la postal de la espera. Esa imagen jamás se borrará de mi retina.
Beti presentía el robo de su hijo. Creía que una noche, por la ventana, se lo sacarían a Julio César que había nacido un 24 de marzo.
El nene, con sus pocos años, correteaba en el patio compartido por las casas del barrio que tiene varios nombres, o al menos referencias: 134 viviendas, 713 viviendas o 17 de Octubre. Solía caminar por la vereda muy señorial con sus pantaloncitos cortos y su cara sucia.
-Julio, se me viene a la mente que nos van a robar el nene. Le repitió varias veces Beti a su marido. Tantas veces se lo repitió que le quedó grabado a Julio.
-Pero no; negra. Si justamente nos vinimos a este barrio para estar más cómodos y vivir bien; la tranquilizaba Julio. Una y otra vez.
Había logrado la adjudicación de una casa del plan de viviendas en 1987, y consideraba que había ascendido un escalón más para su familia. Su único hijo, hasta ese momento, Julio César, tenía dormitorio propio.
Pasaron años buenos. Julio seguía trabajando en un taller ubicado en la calle 4, entre 7 y 9, y la cotidianidad de los Varela no era distinta a la mayoría de las familias saenzpeñenses.
Beti quedó embarazada mientras seguía rondándole por su cabeza ese diabólico presentimiento que le iban a robar un hijo.
A esa sensación se le sumó lo que le provocaba la casa nueva que no tenía tapias ni ninguna clase de subdivisiones. Estaba pegada a la de Cabrera que hacía esquina.
Por el otro lado, lindaba con la vivienda de Katavich, a la que le seguía la de Burt, luego la de Eliach. Después, la de Sánchez, la de Ayala, y por último, la de Montenegro.
Sin embargo, lo cotidiano rodeó el embarazo y el parto fue normal.
El 6 de febrero de 1990 nació Héctor Damián en el Instituto Clínico San José, ubicado en la calle 11, de Sáenz Peña, en el Chaco.
Julio recordó:
-Nació en una clínica privada porque yo era amigo de los dueños. Allí nacieron mis tres hijos. La última, María Belén Varela que nació el 20 de enero de 1992. Dos años después que Damián. Siempre en San José. Sólo que, cuando Julio César nació, vivíamos en otra casa. Pero después vinimos al barrio.
El padre de Damián evocó a sus amigos profesionales. A la ginecóloga Mirtha Chirquievich y al pediatra, Lázaro Zenoff, hijo de quien fuera médico forense. Un ginecólogo que trabajó para la policía.
-Él era cliente mío, como también lo fue su hijo. Pero ni yo estaría casado en ese tiempo. Después él se retiró muy enfermo. Falleció hace muchísimo tiempo.
Con el hijo soy todavía muy amigo. Viene y charlamos de todo. El siempre recuerda cuando nacieron mis hijos. Y hasta colaboró con la Justicia aportando algunos datos cuando lo llamaron junto a la doctora Chirquievich.
El recuerdo languidece y por momento queda supeditada a la emoción de un hombre que sobrelleva el dolor con su pecho como estandarte. Julio no se calla y habla como si agradeciera en medio de una mar de incertidumbre.
La familia se había agrandado, y durante los meses siguientes, marzo, abril, mayo y junio del ´90 la casita de los Varela quedaba chica ante tanta felicidad. El bebe desbordaba salud. Gordito, de mirada alegre, recibía sólo amor y cariño, y los padres habían decidido que el tío Rolando Varela sea el padrino.
-Yo lo disfruté cuatro meses y cinco días. Era feliz con mis dos hijos. A Julio le brotan lágrimas no sólo de los ojos pareciera que también llora con el alma.
En junio de1990 se jugó el Campeonato Mundial de Fútbol en Italia. Argentina llegó a la final tras ganar partidos por penales memorables.
Junio fue lluvioso en el Chaco. El sábado 30, Sáenz Peña, como todas las ciudades y poblaciones del país, festejó el triunfo de Argentina por penales ante Yugoslavia en un partido jugado en Florencia. El juego fue áspero y el sufrimiento argentino se liberó cuando el arquero Sergio Goycochea atajó el último tiro de los doce pasos.
Por la noche, el seleccionado anfitrión, la Scuadra Azzurra, también pasaba a las semifinales, ganándole en Roma, por la mínima diferencia, a Irlanda.
El panorama no cambió.
El domingo 1° de julio también amaneció lluvioso en Sáenz Peña. Todo era fútbol. Damián cumplía cuatro meses y veinticinco días. Cerca de las 11, Julio Héctor Varela salió de su casa. Iba a encontrarse en el centro con su hermano Omar para arreglar una transferencia de una camioneta que habían comprado juntos, y estaba en sucesión. Omar es el hermano que le sigue a Julio.
Los Varela son cuatro varones Julio Héctor, Omar R., Ricardo R. y Rolando R., hijos de Ramón B. Varela y Albina V. Ponce.
Días antes, Julio se encontró con el hijo del dueño de la camioneta y le dijo:
-Julio vos sabés que salió la sucesión y queremos derivar la camioneta a ustedes, si es que la van a transferir. Así que por qué no te juntás con tu hermano, que va a hacer la transferencia y busquen un abogado.
Le dio el domicilio que tenía, cerca del aeropuerto viejo de Sáenz Peña, pasando la ruta 16.
Era un camino malo. Esa semana el tiempo estaba lluvioso.
Entonces los hermanos se pusieron de acuerdo para juntarse por la camioneta el domingo.
Julio, por aquel entonces, tenía dos vehículos usados y los había dejado en el taller donde trabajaba, porque no le gustaba sacarlos, por respeto a la gente y para no romper las calles y que lo tildaran de mal vecino, o hablaran mal de él.
Julio optó por la bicicleta pero antes de subir le dijo a su mujer.
-Mirá negra, yo me voy. Son las 11. Me voy a ver qué pasa. Mi hermano me está esperando en la plaza frente a la catedral y de ahí vemos cómo hacemos. Si vamos en colectivo o en qué. Las calles están en muy mal estado.
-¿No vas a venir a comer?; le preguntó Beti.
-No; no me esperes. Dale de comer a los chicos.
-Yo voy a hacer unas pizzas y te espero con los chicos para comer. Respondió Beti.
-No, más vale comé vos; insistió Julio y puso en marcha la bicicleta.
El trámite duró poco. Los hermanos se desocuparon enseguida y Omar propuso ver el mundial.
Ese domingo se jugaban dos partidos correspondientes a los Cuartos de final. A las 12, Alemania enfrentaba a Checoslovaquia en Milán donde los alemanes ganaron por 1 a 0 con gol de Brehme.
-Vamos a quedarnos a ver el partido en la confitería. Propuso Omar.
-Bueno. Respondió Julio.
Caminaron hasta la confitería "Polito" en la esquina de la plaza San Martín, entre las calles 12 y 7, (San Martín y Pellegrini), en cruz con la sucursal del Banco de la Nación. Allí había el televisor más grande de la época.
Se quedaron allí.
Estaban los dos solos mirando el partido. El primer tiempo fue amargo y aburrido.
Ese 0 a 0 parcial inquietó.
-¿Julio, vamos a comer a casa? Omar argumentó su invitación en lo cerca que estaban de su casa.
-No, no, no puedo. César me pidió una revista. Ahora voy a ver si se la compro. Y además, quiero ver el segundo tiempo en casa. Fue la respuesta de Julio.
-Vamos, vamos... Omar insistió sin convicción.
Julio quedó solo y terminó de ver los últimos minutos del primer tiempo. Se tomó unos minutos para pensar en nada o pensar en todo.
Cuando empezó el segundo tiempo del partido entre alemanes y checos, salió a caminar por la calle 12 con su bicicleta al lado. Buscaba un kiosco para comprarle la revista de historietas a su hijo Julio César que aún no sabía leer.
A Julio le gustaba darle todos los gustos a su hijo mayor y recorrió la calle 12 y como no encontró nada abierto tomó la otra cuadra de la calle 10. Pero no había ningún negocio abierto. Todo el mundo estaba prendido a la televisión.
Era domingo, entre las 12,30 y las 13 horas.
Julio subió a su bicicleta e inició el regreso a su casa por la avenida 9 de Julio, pensando que podía haber algún kiosquito abierto para comprar la revista. Estaba obstinado en cumplir con el pedido de su hijo.
La bicicleta avanzaba lentamente. Iba al ritmo de la mirada atenta de un escaparate.
De pronto, Omar lo sorprendió frente a una farmacia. Lo seguía en la camioneta, que -nadie supo cómo hizo para sacarla del lugar donde estaba por el barro.- Era la camioneta que los Varela debían arreglar los papeles.
Omar frenó la camioneta y le dijo:
-Subí.
Julio lo miró y no entendía nada. Ante la displicencia, Omar no aguantó más y casi le ordenó:
-Subí rápido. Subí porque se perdió Damián.
Julio seguía sin entender nada.
-¿Cómo se puede perder; si está con Beti y Julio César en casa?; se preguntó, y preguntó azorado.
Omar le contó, tras lo sucedido, que Sánchez fue corriendo a buscarlo porque no lo podían encontrar.
Apenas pudo subir la bicicleta a la camioneta y un calor interno, de profunda angustia, le hacía sudar las manos.
Subió pálido.
Siguió pálido y creyó, en un instante, que lo llevaban hacia el infierno.
Cuando llegó a su casa encontró muchísima gente y a su mujer llorando. El cuadro testimoniaba la tragedia y no pudo más.
Se desmayó.
El sábado por la tarde la llovizna dio una tregua. A Verónica se le ocurrió ir a buscarlo. La nena que ya había cumplido doce años no tuvo reparos por la siesta.
La siesta como institución en la provincia.
Salió de su casa por la puerta trasera y sin apuro hizo unos pasos, ingresó en la de los Varela, también por la puerta trasera, y casi chocó con Damián que estaba durmiendo en su cochecito. La puerta del dormitorio de los padres estaba cerrada.
Verónica no lo despertó. Le tocó la carita y salió corriendo hacia donde estaba su hermano Enzo, que andaba desparramando energía por el patio tan amplio como casas tenía la cuadra.
-Enzo, vení. Llamaba Verónica
-¿Qué querés?; gritaba Enzo desde un rincón.
El hermano menor de Vero hacía un pozo en la tierra como si estuviese por esconder, o guardar algo muy importante.
Muy importante.
-Vení que Damián está dormido. Siguió demandando Vero.
-Y bueno... murmuró Enzo, encogiendo inconscientemente sus hombros, pero sin dejar de escarbar.
-¡Venííí Ennzo!¡Vení! Sino yo no te presto la revista, ni mis figuritas, ni te voy ayudar con las fichitas.
La amenaza de Verónica de no ayudar a Enzo con las fichitas torció la voluntad del nene. Enzo jugaba sobre una alfombra con botones a los que llamaba fichitas pero que en su imaginación eran jugadores de fútbol, y jugaban pegándole a un grano de maíz que se convertía en esos momentos en una pelota. Durante ese juego, Verónica mantenía los botones que eran los arqueros o, a veces, si era una final de campeonato, Verónica hacía de público, y de barrabrava, con Damián en el regazo.
Enzo dejó su secreto y fue hacia donde estaba su hermana. Vero, con actitud de haber logrado su cometido, propuso:
-Enzo, vamos a despertarlo a Damián y bañémoslo.
-No Vero. No tengo ganas.
-¿Y qué querés hacer?
Pensó y dobló la apuesta.
-Lo llevemos a la esquina para que salude a la gente; impuso Enzo.
Y quiso sacarlo él del cochecito, pero Vero hizo prevalecer su mayoría de edad. Lo llevaron a la esquina siempre por el patio.
Damián siguió durmiendo hasta que Vero lo sentó en su pequeña falda en la vereda. Los tres miraban el paisaje desolado que presentaba unas calles de tierra hechas pantano, una hilera de árboles que acompañaba una alcantarilla que si bien no estaba llena de agua tampoco estaba seca.
A cado rato, Vero y Enzo saludaban al infinito.
-Saludá Vero que ahí va un policía; señalaba Enzo.
Entonces, Vero saludaba y Enzo también, y por un instante, se olvidaron de Damián.
-Saludá Enzo que pasa una enfermera, y un dotor; apuntaba Vero.
Y Enzo saludaba y Vero acompañaba en los gestos.
-Ahí va... Pero a ese no lo saludemos porque es un ladrón; dijo seguro Enzo.
-No. Es una ladrona que le robó un chupete y un sonajero a un nene; corrigió Vero.
-No importa. No lo saludamos; ordenó Enzo.
-Saludemos sólo a los que quieren a los chicos; propuso Vero.
Enzo no le contestó, y sorprendió:
-Ahí viene la tía Chela.
-¡No, Enzo! No es la tía Chela. Es la amiga de ella, que también es enfermera.
-Vero, ponele un nombre a esa dotora.
-Juana.
-No Vero. Dejemos nomás que es la tía Chela. Es la tía Chela que corre, que corre con un bebé. Va para allá. Mirá, mirá. Entrega el bebé a un señor y se va en un auto.
-¡Noo, tonto! Se subió al colectivo...
Pero no Enzo, no es la tía Chela.
-Sí; o no juego más; sentenció Enzo.
-Bueno. Si no querés jugar más. Seguiremos saludando con Damián. Le contestó Vero.
-Saludá Damiancito al policía que va en auto. Y Vero le levantó el bracito apuntando el horizonte que se veía gris gelatinoso, que daba la sensación que detrás estaba la nada.
Por cierto, ni un alma transitaba esas veredas, ni mucho menos esas calles barrosas; mientras Vero y Enzo presagiaban a su vecinito la condición de desaparecido.
Ese domingo, cerca de las 13, Beti dejó las pizzas listas. Luego, se dispuso en cuerpo y alma para atender al bebé: Lo amamantó. Lo bañó. Le cambió la ropa y lo acomodó en su cochecito. Le colocó el chupete y lo tapó con una pañoleta. Luego arrimó el cochecito a la puerta del frente de la casa, -la que da a la calle-, donde a pocos metros habían jugado por última vez Vero, Enzo y Damián.
El cochecito quedó a unos seis metros de la vereda. Ese día había mucho barro. Nadie andaba por las calles. Beti tomó de la mano a su hijo Julio César y fue a la casa de los Ayala que lavaban ropas para afuera a dejarles los pañales de tela de Damián. Estaba a escasos treinta metros del bebé.
Beti intercambió unas palabras con otra vecina, y al regresar se cruzó con Sánchez, un vecino que había salido de su trabajo de sereno en el municipio y venía rápido para ver el partido del mundial. Sánchez, como buen sereno y guardián era en ese momento el único testigo de lo que ocurría en el barrio.
Se saludaron.
Vivía en la cuarta casa de la manzana de Varela. Había salido del trabajo a las 12,15 e intercambió unas palabras con un compañero de tarea al paso y, ese diálogo ocasional, les dio a ambos un panorama inmejorable de la situación.
Vio cuando Beti salió con Julio César y los pañales de Damián para los Ayala.
El y su interlocutor vieron el trayecto que hizo Beti, y también vieron el cochecito de Damián. No se percataron de la presencia de ninguna persona extraña al barrio, y menos que entrara a la casa de los Varela y saliera con el bebé. Tampoco se alarmaron por algo anormal que llamara la atención.
Habría pasado un cuarto de hora cuando Beti entró a su casa y se encontró con el cochecito vacío.
Vacío con el chupete y la pañoleta.
Mal presagio.
Esa imagen la preocupó más de lo normal, porque que no esté Damián no la inquietaba mucho.
Era costumbre que los vecinos se lo llevaran para jugar, para cambiarlo, para cuidarlo. Pero el cochecito con el chupete y la pañoleta fue una fotografía impactante para Beti. Nadie puede saber que pasó por ella; no obstante, algo impactó en el aparente descuido, en la supuesta desidia o en ese estado que muchas mujeres atraviesan detrás de iluminar un parto.
Intranquila salió a buscarlo por la vecindad. Encaró hacia la vecina más cercana de donde ella había dejado los pañales. Y dejó la esquina para lo último.
Estaba tironeada por fuerzas intangibles. Quería y no quería ir. No había, o sí, intuición de madre.
No era un trámite más.
No era una búsqueda rutinaria.
Fue hacia lo de Cabrera con la respiración inquieta. Se la vio por la vereda agitada. No se dio cuenta de ir por el patio, o tal vez, el presentimiento no la dejó.
Preguntó a Teodora, si la Vero lo tenía a Damián. No, le dijo la vecina, la Vero se fue hasta el supermercado. Enzo tampoco estaba. Cabrera y el hijo mayor estaban alcoholizados en la cancha.
Aún había tiempo para arrepentidos.
Creyó que allí estaría.
De la actitud de Sánchez, testigo ocasional, que saludó a Beti cerca de su casa, se dedujo, en primer lugar, que fue posible que una persona muy conocida alzara a Damián.
¿Qué pudo haber visto el testigo que no lo sorprendiera? Pudo haber visto entrar a la casa a chicos que siempre jugaban con Damián.
Era el único bebé del barrio.
Lógicamente, vio algo que era muy común. Algo que no levantó sospechas.
Pudo haber visto una persona conocida que, con total normalidad, y como sucedía siempre, se llevara al niñito para devolverlo después.
Pero también, el testigo no pudo -distracción mediante- haber visto a nadie.
La casa de los Varela no tenía muro.
No tenía tapias.
Alguien pudo sacar a Damián por el patio y ganar la vereda del costado en forma rápida y sin obstáculos.
La vivienda no tenía casi intimidad. Se veían los movimientos familiares desde atrás como desde el frente:
Alguien tiene que haber visto ese domingo a Julio en bicicleta.
Las especulaciones sobre lo que pudo aportar el vecino Sánchez se sumaron a las que provocó la relación del padre de Damián con Teodora: Pese a que compartían el patio y sus hijos se criaban como hermanos, no tenían relación, ni se saludaban.
Varela la trataba de ignorante. Creía que ella se sentía desvalorizada ante él porque tenía auto.
Extraño.
Muy extraño.
Tan extraño que la distancia entre Julio y Teodora se disipaba cuando Beti hablaba con ella. Sin embargo, Beti coincidía con su marido:
Teodora era una persona muy particular.
Una persona callada.
Una persona reservada.
Se pasaba todo el tiempo encerrada en su casa.
No salía.
La única visita que recibía era la de Chela Ávalos, su hermana enfermera, que trabajaba en el hospital de Sáenz Peña.
Teodora, al poco tiempo del robo de Damián, vendió la casa y se fue de la Manzana 137, del Plan 134 viviendas.
El marido de Teodora había incursionado en la política y logró un conchabo en el municipio saenzpeñense. Tuvo una dilatada trayectoria laboral en la empresa energética del Chaco, SECHEEP.
Falleció al poco tiempo.
La última vez que se encontraron fue en el parque temático "Ciudad de los Niños". Ella se mostró enferma. Beti como mamá o abuela postiza de una vecinita. De Damián no hablaron. Es un tema que las une y las aleja.
¿Sabrá algo?
¿Se irá con el secreto a la tumba?
La familia tomó otra forma.
¿Se resquebrajó?
Es una abuela tan singular que, cuando ve homosexuales recuerda como le respondió a Enzo cuando le preguntó por su amiguito Damián:
-Se lo llevaron por el patio y nunca más lo van a encontrar.
Fue dura y comprendió que el silencio también habla.
Y cuando ve a chicas que tienen hijos como conejas, piensa qué hizo ella en la vida para ser testigo de tanta calamidad.
A los cuatro meses y veinticinco días de haber nacido, nadie más vio a Héctor Damián Varela. Literalmente, se "lo tragó la tierra.".
Beti entró en pánico.
El episodio ocurrió cerca de las 13.15, y los Varela se volvieron a ver cuando el bebé ya estaba en otros brazos.
Julio y Beti quedaron perdidos en un dolor difícil de curar. En un vacío eterno.
Estaban rotos. Más por dentro que por fuera.
Tenían motivos para estar así:
El robo de un hijo potencia dudas y circunstancias confusas, exacerba el lado oscuro de las parejas que no deja de ser el mismo lado oscuro de la vida.
A Beti le tomaron la denuncia después de dos horas.
Los vecinos habían avisado rápido a la Seccional Tercera de la Policía, en la Regional de Sáenz Peña, a cargo en ese entonces del comisario Villalba, pero el guardia dijo que no podía hacer nada hasta que no se presentara la madre:
-¡Sí, la madre!
Con quién estaba el bebé.
A quién le robaron el bebé.
¡Sí, la ma-dre! Sentenció el guardia.
Beti fue medicada y, en ese estado, esperó, esperó y esperó hasta que pudo hacer la denuncia:
Eran las 15.
Inmediatamente, los efectivos de la Seccional Tercera de Sáenz Peña hicieron un llamado de radio para todas las salidas de la Provincia del Chaco.
Pero a esa hora Damián podría haber estado todavía en su tierra natal.
Dicen que estuvo dos o tres días porque sabían que en algunos barrios de Sáenz Peña no lo iban a buscar. Sin embargo, las pocas evidencias que quedaron, señalan lo contrario; que lo sacaron rápido de la ciudad y lo trasladaron a otro pueblo que ofició de posta.
La primera sospecha
El operativo policial fue, al menos ampuloso, en los primeros días de la búsqueda de Damián.
Se investigó todo con resultado negativo.
Cada vez que se emprendía un allanamiento se generaba un malón de esperanzas en los Varela, pero cada vez que terminaba se transformaba en otro golpe para la familia.
Las pistas policiales, el azar de los curanderos, las técnicas de los bolazos y las corazonadas populares se mezclaban para mantener la tensión de una familia que no sabía qué hacer ante semejante encrucijada.
El tiempo hizo lo suyo.
El estado de alerta fue menguando. Caía arrastrando lo que podía. No era una caída estética, digna, como una puesta de sol. Era más bien, una caída caótica, enrarecida, que dudaba en darle paso a las sospechas.
Pero fue inevitable.
Las sospechas.
Las sospechas brotaban sin cesar y nadie quedó afuera de ella.
La gente que se había agolpado en la casa de la Manzana 137, Parcela 7, del barrio se dispersaba. Sólo quedaban pizcas de morbosidad de las primeras horas.
Ya se habían cubierto las expectativas.
En ese lapso, Julio aprendió a sospechar del mundo y lanzó una llamarada:
-Porque son ustedes quienes tienen que demostrar que mi Damián les pertenece.
Yo tengo con qué probar que Damián es mío.
¡Es mi hijo!
Lo puedo demostrar con sangre.
¡Con mi sangre!
En 1987, tres años antes del episodio, Julio había salido de testigo de la separación de un matrimonio, donde el padre le ganó la tenencia de los hijos a la madre.
Julio en su declaración respondió las dieciocho preguntas que le hicieron en el juzgado de la misma forma:
"Desconozco".
Entonces, el Juez de Familia que intervino en el divorcio le preguntó, directamente, por qué quería que los hijos estuviesen con el padre y no con la madre.
Julio respondió:
- Porque tienen una hija discapacitada y la madre no tiene los recursos ni lleva una vida como para atender a esa chica. Por el contrario, el padre tiene una buena posición económica con un buen negocio y puede brindarle todas las atenciones que la mamá no le puede, ni le podrá dar a esa hija enferma.
En definitiva el padre se quedó con sus hijos.
Por la intervención como testigo de Julio en el juicio de divorcio y tenencia de los hijos de esa pareja, se corrió el comentario que la madre despojada de sus hijos se vengaría.
La versión que repetían los vecinos era que la madre había dicho: "Así como me quitaron a mis hijos, le voy a quitar los de él."
Esa versión, alimentada y agigantada de "boca en boca", se divulgó recién después del robo.
Antes a los Varela, nunca les había pasado nada.
Aquella mujer se encontró circunstancialmente con Julio varias veces después que perdiera la tenencia de sus hijos, y jamás le dijo una sola palabra referida al conflicto.
Pero curiosamente, el sábado 30 de junio, a horas del robo de Damián, la madre estuvo en el taller donde trabajaba Julio. Llegó al mediodía a pie. Había dejado su Wolkswagen en una casa en la calle 9, que había comprado su ex marido:
-Julio ¿Cómo estás?
-Bien ¿A qué venís?
-Simplemente a visitarte.
De pronto el sábado se volvió lluvia, como lo había sido toda la semana. Y se largó. Llovía de una manera asombrosa sobre ese taller de reparación ubicado sobre la calle 4 donde Julio trabajó durante 33 años.
Julio desconfiaba de la visita y estaba precavido. Se cuidaba porque había salido de testigo; aunque no había hecho nada malo. Solo pensó de buena fe y con buen criterio lo que le parecía mejor para los hijos de la pareja. No había declarado nada en contra de ella, ni a favor del marido.
No había mucho que decir.
La situación que se había generado en el taller era realmente incómoda por todo lo que había ocurrido. Hasta que llegó la hora de cerrar y Julio se anticipó, previendo que la mujer le pidiese que la llevara hasta su casa:
-Mirá Graciela. Yo no te puedo acercar ahora a tu casa porque tengo la goma de la rueda pinchada.
Fue una excusa de Julio.
Una excusa.
Una mentira.
Tenía miedo de cargarla en el auto y que pasara algo. Hasta ahí fue precavido el padre de Damián.
-No, no, -le contestó Graciela-. Yo pasaba por aquí nada más. Voy a ver qué vamos hacer con mi ex, con ese local de la calle 9; y quería preguntarte: ¿Cómo andás con los chicos? ¿Están chochos con el nuevo; no? Refiriéndose a Damián.
-Más vale. Respondió Julio. Le demostró chochera por lo que estaba viviendo en su casa.
Se miraron. Ella posó su vista en un almanaque. El seguía en lo suyo.
Pasó un instante.
Se saludaron y Graciela se fue bajo la lluvia sin paraguas. No le importó mojarse. Aunque la lluvia había aflojado.
Graciela fue investigada.
Tiempo después, la mujer declaró que ese sábado, 30 de junio, por la noche había viajado a dedo desde Sáenz Peña hasta Resistencia, y que el domingo, mientras robaban a Damián, visitaba a un novio que estaba preso.
En la alcaidía de Resistencia quedó asentado el horario de entrada y la requisa de la visita. Compró cigarrillos y firmó el acta a la hora que entró:
12 horas.
Y permaneció hasta las 16.45 horas.
Julio supuso, convencido que lo que decía no era exactamente lo que creía, y reflexionó:
-Evidentemente Graciela no fue la autora material. Pero podría ser la autora intelectual.
Esto es así. Hasta aquí es así.
Eso hasta ahí.
Antecedentes le sobran. Fue una mujer de una vida muy especial. Fue detenida por robo. Fue detenida por drogas, y por un montón de cosas más.
Entró en concubinato con un ladrón que fue procesado y detenido en Roque Sáenz Peña y, posteriormente, trasladado a Resistencia.
El marido la dejó cuando su sospecha se hizo realidad. Lo guampeó durante muchos años y todo eso se comprobó.
A mí me llamó la atención.
Está todo asentado.
¡Tiene que ser demasiado grande el complot y valer demasiado mi hijo para que esta mujer pueda comprar a la policía..!
¿Me entiende?
Recuerdo que era media gordita. Fácil de palabra. Se quedó con la Casa Bergantiño en la calle 10, entre 3 y 5, frente a la Clínica Sáenz Peña. Era el negocio de sus padres adoptivos, unos viejitos españoles que afilaban cuchillos.
Ella entró ahí como empleada y al pasar tanto tiempo se quedó como hija, porque el hijo de Bergantiño tenía más dinero que el viejo Bergantiño incluso.
Y hoy por hoy se hizo cargo Alfredo, su ex esposo.
Julio escupía las palabras sin respiro. Sacaba conclusiones.
Iba.
Venía.
Pensaba, y pensaba…
Sacó cálculos e hizo conjeturas…
Hasta que una corazonada le marcó el rumbo:
Aquella mujer poco tendría que ver con el robo de su hijo Damián.
Desnudo por Corrientes
El robo de Damián fue el primer caso que se conoció en el Chaco. Y generó una desesperación colectiva.
Había una sensación extraña en los días posteriores al robo que nadie quería reconocer. Una psicosis colectiva.
Era el único tema de conversación en la ciudad.
Había desconcierto.
Fue raro y los vecinos intentaban aplicar la lógica y se preguntaban:
¿Para qué robar uno, con lo que implica eso? Si en cualquier lado de la provincia se pueden conseguir "pendejos" de una manera más ágil y menos riesgosa.
Esa era precisamente una de las razones que había dejado sin sentido, sorprendida, a la sociedad saenzpeñense. Ni hablar de la policía, que se había quedado sin manual práctico y que nunca había tenido que investigar un caso como éste. No sabían qué hacer, ni siquiera por dónde empezar.
Las suspicacias ganaron las calles y las confusiones hicieron estragos en las familias.
Bajo presión y con la desesperación a cuesta, los procedimientos policiales se hacían a ciegas. A su cargo estaba un comisario que tenía como principal colaborador al subcomisario Rolando Sanabria.
El subcomisario era quien iba a la casa de los Varela, hacía las veces de nexo entre la institución policial y la familia. Llevaba y traía novedades.
En Sanabria se concentraba el desconcierto de los investigadores y la desesperación familiar.
Sanabria era la impotencia en carne y hueso.
Sanabria era un uniforme desbordado por el delito.
Sanabria era la ley rendida a los pies de los delincuentes.
Pero Sanabria también encarnaba el voluntarismo.
El subcomisario se sinceró con Julio, y le dijo.
-Vamos a probar todo Julio. No nos vamos a quedar con nada en el buche. Vamos a ir al que adivina, al que tira las cartas, a los brujos, a lo que sea.
Y Julio embargado por el dolor era la desesperación en carne viva. Los nervios y la angustia empezaban a tallar en su cuerpo que se iba a reducir a piel y hueso. Si le decían subite al árbol y tirate de cabeza, lo hacía.
Durante una conversación sobre el caso, la tía del subcomisario, conocida como "la Mecha", le sugirió al investigador que pruebe con su religión. Que envíe a la familia al templo de Corrientes que era el más avanzado.
-Acá no te digo; porque somos todos medios chapuceros. Pero en Corrientes son infalibles, Rolando. Haceme caso chamigo; aseveró la Mecha.
Sanabria no dudó y en una de las visitas a Varela, le propuso viajar hasta Corrientes.
-Julio mirá; en Corrientes, existe una religión, de esas raras, que la llaman Umbanda.
-Eeeh!
-Yo quiero llevarte. Quién sabe sino nos dan la pista, o por lo menos, nos orientan, viste.
Julio ni lo dudó.
Y salieron, bien temprano, para Corrientes.
Iban tranquilos y sin muchas expectativas. Se habían puesto en la cabeza que era una prueba.
Rolando Sanabria, Omar Varela y Julio llegaron a un templo chiquito ubicado en el barrio Pirayuí de la capital correntina.
Allí, fueron recibidos amablemente por un hombre vestido de blanco.
Era el Pai.
Sanabria expuso el caso, y Julio se presentó como el padre damnificado.
El Pai explicó cómo trabajaba y se puso en situación. Apenas preguntó detalles del caso, y pidió un gallo colorado.
Los saenzpeñenses salieron a buscar el gallo.
No sin cierto desconcierto, los familiares de Damián se fueron al centro para llamar por teléfono a Sáenz Peña y pedir que mandaran un gallo colorado.
El pueblo entero se movilizó apenas recibió el pedido desde Corrientes, casi con la misma velocidad con la que las radios y un rodante, que alguien había alquilado por dos horas, difundían el recado.
Mientras la comitiva esperaba en un bar correntino, los gallos comenzaban a llegar a la casa de los Varela.
Gallos chicos.
Gallos medianos.
Gallos grandes.
Gallos viejos.
Gallos jóvenes.
Todos colorados.
La cantidad de gallos era increíble.
En la casa de los Varela ya no había lugar para seguir amontonándolos.
¡Había tantos gallos!
Largas filas se comenzaban a formar, y todo parecía estar abarrotado. Cerca de las 17 ya no se recibieron más gallos.
Los vecinos que habían venido del otro lado de la ciudad cargando sus aves, se enojaron porque no le recibían la contribución. Y la protesta fue creciendo hasta que empezaron a dejar sus gallos en la vereda, y molestos, murmuraban por debajo. Querían ser solidarios y protagonistas de la búsqueda también.
El concierto de cacareos era ensordecedor. El plumerío empezó a carretear por las veredas del barrio 17 de Octubre, y la gente no se iba.
En ese entonces, dejando el caos detrás, un cliente del taller de Julio salió hacia Corrientes con tres gallos elegidos por la pinta nomás.
En Makallé, se detuvo a cargar combustible y se enteró de que una patrulla de Gendarmería estaba realizando controles en la rotonda de acceso a Resistencia. Entonces, entendió que por razones de seguridad debía quedarse con un gallo solo.
Lo eligió al azar.
De todas maneras los tres estaban buenos.
Los otros dos se los regaló al playero de la estación de YPF. Le explicó que se lo dejaba porque tenía miedo que lo demorasen los gendarmes, quizás confundiéndolo con un participante de riñas clandestinas o algún contrabandista.
-¿Y para qué sirven?; preguntó el playero de la estación.
-Para la olla; le contestó el llevador del gallo.
-Y bueno, déjemelo. Lo vamos a probar.
-A la vuelta me decís, si estuvieron sabrosos.
Siguió el viaje, pasó el puesto de control sin problemas, y aprovechó el cruce del puente General Belgrano, que une Chaco y Corrientes, para revisar el plano que le habían hecho para llegar adonde lo esperaban Julio, Omar y Sanabria.
Llegó.
Se abrazaron.
Julio le preguntó por el viaje. El llevador le contó con lujos en detalles lo que había pasado en Sáenz Peña, que dejó dos gallos en Makallé y que el viaje fue rápido y bueno.
¡Gracias a Dios!; exclamó Julio.
-¿Y el gallo?; preguntó Sanabria.
-Está en el baúl.
Abrieron el baúl y estaba el gallo en una bolsa. Había aguantado el trajín.
-¿Querés tomar algo?; invitó Julio.
Hubo una ronda de café. Fueron al baño. Julio se preparó.
Y salieron para el templo.
Estacionaron bien enfrente.
Bajaron tímidamente.
Julio traía el gallo en la bolsa.
Lo recibió el Pai.
En la puerta quedó el resto de la comitiva.
Julio ingresó y le dio el gallo al Pai, todavía con curiosidad por saber que pasaría.
La previa a la ceremonia incluía despojarse del reloj, dejar el encendedor en una mesa.
En esos menesteres estaba Julio, cuando vio ingresar a un montón de mujeres, todas vestidas de blanco. Una de ellas se le acercó y le pidió con muy buenos modales que se desnudase completamente.
Julio tenía que presenciar el acto de sacrificio desnudo.
Quedó desnudo.
¡Des-nu-do!
El acto empezó.
Las mujeres bailaban.
Y bailaban.
Y bailaban.
Y bailaban, cada vez con más intensidad hasta que impresionaron a Julio. Por momentos creía que más de una se desmayaría.
Casi lo marearon de tanto baile alrededor de él.
Después de un rato, al baile también le sumaron los gritos.
Y gritaban.
Gritaban.
Gritaban, cada vez más fuerte hasta que lo ensordecieron.
Y Julio estaba ahí, por momentos creía que más de una perdería la voz.
Paradito.
Paradito y desnudo.
Completamente desnudo, con los ojos bien abiertos.
No quería tiritar.
Apretaba los dientes, y sólo pensaba en encontrar a su hijo Damián.
Sorpresivamente, el Pai sacó un machete que Julio no vio, y un seco machetazo terminó cortando el cogote del gallo.
La cabeza voló.
El golpe fue tan certero que hizo pestañear a Julio.
Saltó sangre.
Y lo salpicó tanto que le dio asco.
Pero más repulsión le dio el ver que una de las mujeres vestidas de blanco volcaba la sangre del gallo sobre una batita de Damián, aquella que le habían pedido.
Repentinamente, todo fue silencio sepulcral.
Julio esperó que le dijesen que la ceremonia había finalizado, se limpió como pudo y se vistió.
El Pai se le acercó y le dijo:
-Vuélvase a Sáenz Peña. Directamente a su casa, y espere noticias.
Se saludaron y Julio se retiró.
Al salir, Sanabria le preguntó.
-¿Cómo te fue?
-Bien nomás.
-Desde afuera se escuchaban unos alaridos bárbaros.
-Sí, las mujeres gritaban.
-¿Pero te fue bien entonces?
-Sí, bien. Al menos no me pidieron plata; respondió Julio.
No contó todo, porque le parecía verso de curanderos.
El regreso no fue bueno, Julio viajó callado. Parecía derrotado.
Sanabria, presentía que Julio estaba viviendo la derrota, le recordó:
-¿Te acordás Julio cuando fuimos a ver un viejito que tiraba las cartas en el barrio Oro Blanco?. Ese, que en definitiva, lo que hacía era jugar al solitario con las cartas, y te preguntaba a vos: ¿A Damián se lo llevó una rubia?... ¿Una mujer de patas gruesas?...
Y vos, ya bien embroncado, le contestaste:
-Pero qué se yo, si supiese quién lo robó voy a buscarla y la traigo de los pelos.
-Ese, que después nos quiso cobrar cincuenta pesos por cada tirada de cartas, y había tirado como diez veces…; agregó Sanabria.
(Disimulaban reírse de bronca).
-Hasta que tu hermano Rolando lo agarró del cuello y le dijo: ¡Qué vas a cobrar vos!. ¡Ladrón! ¡Hijo de puta!
Apuntaron a la madre
Beti rompió su silencio activo. Trajo mate a una apacible tarde de Sáenz Peña:
-A mí no me nace nada. Porque hasta el día de hoy me cuesta creer lo que nos pasó. Lo que me pasó, porque yo era la que estaba con él en ese momento.
Ella habló.
Juró y perjuró que no presentía nada.
Que aún hoy no intuye nada.
Que ya no sueña.
-Yo creo, y me lo imagino vivo, porque para qué se lo van a llevar. A esa edad, para matarlo no se lo van a llevar. Yo quiero que él esté bien; espero que Dios me de la oportunidad de verlo algún día.
Me lo imagino parecido a él; dice mientras señala a su esposo Julio.
Beti vuelve al pasado. Se mueve por el tiempo con la misma soltura que tiene cuando prepara el mate.
-Mi vecina Teodora estaba en su casa cuando robaron a Damián. Y yo fui y le dije:
"¿La Vero lo trajo a Damián?".
-No Beti, la Vero no está. Se fue al supermercado; me dijo.
Y yo le comenté que Damián no estaba.
(Se silencia nuevamente, como si ya hubiese revelado demasiado).
Beti tampoco llora. Sólo se lamenta con gestos y baja la mirada. Está custodiada por su hijo Julio César, acompañada por Julio. Su cuñado Rolando no la quiere mirar.
Silencio, un silencio que también juega su papel en esta historia.
Julio, que no quiere que Beti se ahogue, tomó la palabra para advertir sobre un episodio que habría ocurrido horas después del robo.
-Un primo mío, que estaba aquí con nosotros, llamó al pibito, a Enzo, de aquí al lado, y Enzo le comentó que su mamá, la Teodora Ávalos de Cabrera, le dijo: "Se lo llevaron por el muro, no lo van a ver nunca más".
Y entonces mi primo le contó a ella, a Beti; y nosotros ampliamos la denuncia.
Volvió el silencio sólo para que Julio volviese a romperlo.
-El marido, don Cabrera, siempre andaba en política, pero no tenía relaciones con la policía.
Esa última acotación sonó más a una respuesta para sí mismo que un aporte al relato de su mujer, que estaba más animada esa tarde.
Quería fijar posición. Quería romper con su imagen enigmática. Presumía que los investigadores le habían puesto el ojo. Ella quería dar su versión, y defenderse, si era necesario.
-Durante los cinco meses siguientes a la desaparición de Damián, mi mamá y mi suegra estuvieron conmigo porque yo estaba "loca".
Fue ese tiempo.
Días pesados.
Días negros.
Beti no quiere volver a esos días. Pero todavía giran en su cabeza.
Pareciera que la pena para esta mujer es una maldita gota de miel que la baña. A veces gira su cabeza también. Eso se nota. Se nota a la distancia.
Gira con las penas, y más gira y más valen sus lágrimas.
Tomó fuerza y expresó angustiada:
-Una época a la que no quiero volver, aunque por ahí vuelve por mi cabeza. Pero me superé.
La única culpa que sentí fue haber dejado ese momento a Damián. Fue la única culpa que sentí.
¿Culpa?; se repreguntó.
Y se respondió como si estuviera frente a un tribunal.
-Vivo para mis hijos. Yo a toda mi familia la quiero. Soy una persona que vive para su marido y sus hijos. Nunca me gustó salir, y menos que menos, ahora que tengo cincuenta años.
Así que yo vivo para ellos.
Mi matrimonio gracias a Dios siempre estuvo bien. Julio nunca me sacó en cara nada por lo que pasó con Damián. El nunca me reclamó.
No sentí otra culpa que no fuese esa.
Afloraron las dudas o callaron los entuertos. Eso quién lo podría indagar.
Después de todo había sido el mismo Julio, quien una vez le había dicho a su padre que la única forma de saber si un chico era su hijo, si Damián era su hijo; era mediante estudios.
Y para comparar los patrones genéticos habría que encontrarlo primero.
Enorme tarea.
La duda se había despertado.
Y en Julio se había planteado, qué era lo mejor, morir con la duda o encontrarlo y develar el misterio.
El padre perjuró que quiere la verdad y afirmó que está preparado para hacerle frente.
Beti con voz pausada dijo que todo esto de la duda surgió de un comentario que la policía tomó como pista investigativa.
-Cuando pasó lo de Damián la señora de acá al lado, la señora Katavich, tenía los hijos que eran camioneros y fletaban algodón en la época de la cosecha; y paraban los camiones frente a nuestra casa. Pero eran hijos de Katavich. Y cuando pasó todo esto, la gente que no me conocía salió a decir:
"Seguro que se lo llevó el padre que es camionero". Pero eso lo decía la gente de otro lado. Incluso, la gente de otros barrios.
En una oportunidad, una hermana mía se peleó en la clínica San Roque porque escuchó el comentario ese.
Creo que estos camioneros eran de Corrientes.
Este comentario no era de la gente que nos conocía. Era de gente de otros barrios".
En medio del relato, Beti rompe y recuerda:
-Damián es mi bebé. De nadie más…
Yo tengo guardado el ombliguito de Damián en la heladera.
Aún hoy.
Y tenía el chupete también, después no sé donde fue a parar.
Julio también completa el cuadro de situación.
-Así que si yo quiero hacerme el análisis y ver si es compatible, lo puedo hacer con ese ombliguito. Es decir, yo voy y se analizan mis cromosomas. Nuestros patrones genéticos se sacaron ya hace varios años en Córdoba, donde se hacían estos estudios. Entonces con un estudio de ADN, se determinará si es hijo mío y de ella.
Y de última si es hijo de ella sola, porque es lógico ¿no?. Es decir, si mis cromosomas no están ahí, entonces se la detiene a ella.
¿Me entiende?
"Venga para acá, usted tiene que decir con quién se acostó". Entonces ahí va a tener que cantar.
Ya no sería mi hijo.
Será mi hijo de apellido, pero genéticamente ya no.
Biológicamente ya no.
Esta posibilidad me la dijo el doctor de Córdoba cuando investigamos al pibito Diego Acosta, que encontramos en Barrio Maipú, en Córdoba.
Si, supuestamente, ese pibe hubiera sido Damián iba a coincidir los 23 cromosomas de ella. Así determinaríamos si era Damián.
Incluso la desaparición de Damián coincidió con la adopción de un torero español que salía en las revistas que tenía un hijo adoptivo. Con ese torero se descubrió que el nene también era de Sáenz Peña.
Pero no era mi hijo.
Beti afrontaba la conversación estoicamente, como si estuviese bien que su marido tuviera dudas acerca de la paternidad.
Respiró profundo.
Hizo un movimiento corporal involuntario, y añadió con voz apenas audible:
-También se dijo que yo regalé a Damián porque no quería tener más hijos.
Se dijeron barbaridades.
Al año que nació Julio César yo me coloqué el espiral para no tener más hijos. Al tiempo, decidimos que yo me lo sacara. Nos sacamos para que Julio César no sea solo. Fue de mutuo acuerdo, y estábamos concientes los dos.
Los dos quisimos tener a Damián.
Se decían barbaridades…
Julio aportó lo suyo.
-Sí, se decían barbaridades. De mí decían que se trataba de la venganza de una amante para hacerme daño. Y yo nunca tuve amantes. Cualquiera sabe que yo de lunes a lunes estaba en mi casa.
Nunca nada raro.
Mientras Julio hablaba, el espíritu mecánico rondaba y admitía algunas canas al aire. Dejaba entrever las más importantes:
Una prima y la cuñada.
Pero cómo decirlo.
No había certezas; si pasó algo, o si fue un intento.
¡Qué difícil!
¡Qué difícil se hizo desechar la pasión de uno u otro!
La revancha.
Julio y el mecánico.
Julio solo.
El mecánico solo.
¿O Julio y el mecánico eran la misma persona?
Julio siguió su relato:
-Otra de las cosas que llegué a comprobar era que por causarle un mal a alguien, decían cosas para sentirse satisfechos que lo molestaran a esa persona.
Se decían barbaridades.
Después de todo el despiole, nos aconsejaron que no tengamos más hijos por el estado nervioso que teníamos.
-Así, y todo, quedé embarazada; arrancó la mujer.
-Tirarlo no lo podía tirar.
Yo dije que venga como venga. Si venía enfermo igual me lo iba a quedar. Pedí que Dios me diera fuerza. Yo no iba a tirar un hijo.
Estábamos los dos nerviosos.
Muy nerviosos.
Fuimos a la ginecóloga y al pediatra, y éste me dijo que todo iba a salir bien.
Así nació la nena.
Mi hija.
Cuando María Belén tenía cuatro años me volvió a agarrar una depresión fuerte. Fuertísima.
Otra vez giraba la cabeza de Beti. Le giraba como un trompo.
Fueron años.
-Estuve como dos años así. Era una cosa tan fea, que yo lo único que pensaba era salir a la ruta.
Y matarme.
O que me agarrara la corriente eléctrica como si fuese un accidente doméstico.
Aunque, a veces, me venía como una luz y dejaba la basura a un costado. Era cuando pensaba que tenía que vivir por y para mis hijos.
Vivía acostada.
Tirada.
Sin hacer nada.
Sin siquiera con ganas de bañarme.
Me costaba abrir los ojos.
Un día saqué fuerza de donde no tenía y le pedí a Dios morir o que me salvase. Pero así no quería estar más.
Fue un pedido del alma.
Un pedido desesperado.
Ella no recuerda, por eso no lo contó. Cuando hizo el pedido a Dios su cuerpo se arqueaba.
Parecía una contorsionista.
Beti se tomó las manos y explicó:
-Gracias a Dios me superé sola.
Sola, pidiéndole a Dios.
Sola iba a la Iglesia y pedía que me sanara o me matase.
Gracias a San Pantaleón me sané.
San Pantaleón.
A pesar que nunca quise tener una hija mujer; mi hija me sacó adelante.
Ella me ayudó mucho a superar la situación.
Me dio sentido, me dio cosas para hacer.
Ella fue mi compañera.
Vigilia de anónimos
Julio Héctor Varela sufre el calvario de tener un hijo robado
La carátula del expediente es tan fría, tan cruel, como desidiosa. Lleva el polvo de los dieciocho años. El expediente voluminoso está en un armario, archivado, como cualquier trámite en cualquier juzgado del país. En este caso, en el Juzgado de Instrucción N° 2, de la ciudad de Presidencia Roque Sáenz Peña, en la Provincia del Chaco, donde espera como tantas otras causas vulgares la infinitud de la nada:
"Supuesta sustracción de menor con autores ignorados".
El peregrinar de los Varela empezó con los llamados telefónicos y los datos que surgían por el mismo fenómeno mediático del caso.
Esa psicosis colectiva que se potencia entorno a los episodios que, como éste, son producidos por las sociedades que se golpean, por las sociedades que se mutilan, por las sociedades que se flagelan a sí mismas.
La búsqueda se inició con los pocos datos precisos que había dejado Damián:
Nació el 6 de febrero de 1990. Pelo castaño. Piel trigueña. Lunar mancha tipo mogoloide debajo de la costilla derecha en el momento del robo que sucedió el 1° de julio de ese año.
Los datos eran innumerables:
Que había un chico que apareció de la nada y lo tiene una familia pudiente en Resistencia.
Que había otro que tiene la misma edad de Damián y no estaría anotado en el Registro Civil de Machagai.
También un matrimonio con un hijo que lo escondió en Pampa del Infierno.
También había otro caso sospechoso en Pampa del Indio.
Hay todavía uno. Una pareja que va de compras a General San Martín y presenta a un chico como ahijado.
Otro caso en Charata.
Dos en Villa Ángela.
Varios en Corrientes.
En Córdoba.
En Rosario.
En Catamarca.
En Yapeyú.
Otro en Santa Fe.
Unos cuantos en Buenos Aires.
Hay una lista en Formosa.
Otra lista en Salta.
También venden niños en Jujuy.
Unos cuántos en Santiago del Estero.
Varios en Mendoza.
Otra lista en Tucumán.
En Misiones…
Y así, los Varela viajaron por gran parte del país.
Más de la mitad del país. Iban de un lado para otro.
Una esperanza siempre alimentaba otra. No importaba cuán fehaciente era el dato que aparecía, ni quién lo traía, ni dónde aparecía.
Hasta hubo exhortos a países limítrofes.
A todos lados, iban.
Iban casi ciegos de esperanzas. Necesitaban ocuparse tiempo completo por Damián. Era una forma de seguir conectado a ese hijo.
En realidad, nunca tuvieron una pista verdadera sobre Damián. Hubo datos sobre chiquitos. Sobre varoncitos chaqueñitos…
Pero no.
Nada.
Damián se había transformado en una incógnita.
La policía se alejó del caso, y la justicia solamente trabajaba con datos que aportaba la familia.
Muchas veces los Varela caían en la trampa de algunas personas que, con tal de ver a sus enemigos o adversarios en problemas, decían que allí estaba el pequeño.
Otras veces, eran chicos ilegalmente adoptados. Casos donde se habían fraguado partidas de nacimiento. Que simulaban nacimientos normales en el campo, sin asistencia. Otros que habían sido regalados o vendidos en hospitales.
Todos los casos fueron investigados.
Pero Damián seguía siendo una incógnita.
A los veinticuatros días del robo, la novedad la dio un papel que parecía de envoltura de zapato. Mal cortado, como si lo hubieran hecho con una tijera sin filo. Estaba arrugado. En la parte de arriba decía con letra cursiva
"Varela"
Y después con letra de imprenta dibujada señalaba:
"Quedate tranquilo que a tu hijo lo mataron y nunca los vas a encontrar".
Con una mala caligrafía y errores ortográficos, sentenciaba:
"Buscalo y te vas a dar cuenta".
Como amaneció con el rocío le costó despegar el papel doblado a Julio, y una vez que lo secó y leyó fue al Juzgado e hizo una declaración testimonial.
Cómo no podía ser de otra forma, Julio empezó a tomar cuerpos caligráficos a un montón de gente sospechosa.
El padre era, a esta altura, el que más demostraba interés, seguía desesperado y se había volcado por completo a la búsqueda de su hijo.
Pasaron diez días de ese primer anónimo cuando cayó otro. También un fin de semana. En la víspera de un 1° de mayo.
Julio estaba distendido porque no se trabajaba al otro día, y tuvo un presentimiento. Pensó que alguien podría venir con algún dato de Damián.
Se sentó en un sillón frente a la ventana, sacó su escopeta y se dedicó a fumar mientras esperaba. De vez en cuando echaba un vistazo por la ventana.
Todo estaba normal.
Se asomaba el amanecer y el sueño lo derrotó. Casi dormido fue al dormitorio de los chicos, donde estaba César, y dejó la escopeta.
No descansó mucho Julio.
A la media hora golpearon las manos en el frente de la casa.
Se levantó Beti para atender.
-Es el señor Pavela. Dijo Beti, con tono de molestia por la hora y porque era feriado.
Pavela era dueño de un autoservicio, que mientras viajaba hacia Resistencia había sufrido un desperfecto en su auto.
Julio, que siempre tuvo un criterio amplio para la atención a sus clientes, no dudó.
-No importa. Respondió a su mujer.
Se levantó y mientras se asomaba por la puerta, saludó:
-Eh!, Pavela.
-Disculpá que te levanto Varela. Pero se me quedó el auto. Contestó el hombre.
-¿Qué auto? Preguntó Julio.
-El Mercedes Benz; respondió Pavela.
-Eh! Bueno dijo Julio cuando levantó su cabeza por arriba del muro, y algo atrajo su mirada. Fijó la vista en un papel ubicado en un rincón sobre el pasto.
Salió como un cohete de la casa.
-¡Pavela! Ahí nomás quedate. Vos vas a ser testigo. Le apuntó con el dedo.
Pavela se asustó.
-No. Yo no quiero saber nada. Dijo el cliente.
-Quedate tranquilo; le dijo Julio.
Agarró el papel que estaba humedecido. Pensó que lo habría o habrían tirado después de la seis de la mañana. Julio no supo nunca.
El estuvo de guardia y no había pasado nada.
Eran meses en que el dolor era una aguja que punzaba el corazón hasta sangrar, punzaba el alma hasta que la angustia ahogaba las palabras, y agrietaba la psiquis hasta el umbral de la locura.
Después de tanto dolor, ya nada era igual.
Julio abrió el papel y era otro mensaje con la misma caligrafía y los mismos errores ortográficos que el primer anónimo. Sólo que éste estaba sobre un papel oficio y decía:
"Varela, quedate tranquilo que a tu hijo lo matamos y nunca lo vas a encontrar" "Ese pibe que vos vas a ir a ver a Córdoba, andá y traélo y fijate que no es tu hijo".
Estaba escrito a mano, tenía la letra dibujada. Hasta se habían tomado ese trabajo, de adornar la letra. Todo era desconcierto.
-Tenía un montón de errores. Recordó Julio.
Evidentemente, quien había escrito ese mensaje sabía que pronto los Varela iban a viajar a Córdoba para ver un niño de origen chaqueño, que, casualmente, tenía características similares a las de Damián.
¿Estarían asustados, al menos, preocupados, los ladrones de su hijo?
No. Lo cierto es que el plan de desconcierto seguía cosechando éxitos.
Adelante de Pavela, Julio mostró a sus hermanos el anónimo y el primer día hábil, que fue lunes, denunció el hecho.
El anónimo fue como una bocanada de aire. Pese a que en el momento alimentó la ira de Julio; más adelante, fue lo que le devolvió la esperanza de que quienes se llevaron a Damián aún estuviesen cerca.
Ese día habló con el secretario de la jueza.
El reencuentro entre un padre y una hija
La presencia de un hombre rompió con la rutinaria tarde de los anímicamente golpeados Varela.
Parecía una tarde más hasta que el hombre se acercó al barrio, y en la puerta de la casa, muy educado, preguntó:
-¿Disculpe señora, esta es la vivienda de la familia Varela?
-Sí señor.
-¿Está el señor Julio Varela?
-No. El volverá para la cena. Yo soy la señora ¿Necesitaba algo?
-No, señora. Necesito hablar con él. Pero si no hay problemas volveré más tarde. Alrededor de las 9. Dijo, mirando el reloj.
-Bueno señor. No hay problemas. Venga nomás.
-¿Usted le avisará que yo volveré?
-Sí señor.
-Por favor, avísele. El no me conoce. Yo vengo de Villa Berthet.
-Bueno señor.
-Hasta luego.
-Adiós señor.
Julio apareció con la luna. Le dio un beso a Beti, se higienizó y buscó una silla para sentarse en la mesa.
La cena llamaba.
La cena se hacía esperar.
-Negro, esta tarde vino un hombre de Villa Berthet a buscarte. Dijo que volverá.
-¿Qué quería, Negra?
-No me dijo. Pero me dio la impresión que tiene que ver con Damián. Señaló Beti, desinteresada, como al pasar.
De pronto, alguien golpeó las manos. Atendió Julio.
-Buenas noches ¿Usted es Julio Varela?
-Sí señor.
-¡Ah! Mire, yo soy Cardozo, de Villa Berthet. Vine esta tarde y su señora me dijo que venga a esta hora.
-¡Ah! Sí, sí, sí. Me dijo mi señora que usted me anda buscando.
-Don Varela, mire yo estoy aquí, en su casa, porque tengo datos sobre un nene que tal vez sea su hijo Damián.
-Bueno. En principio gracias por llegarse hasta aquí. Pase don Cardozo. Estamos por cenar.
¿Quiere cenar con nosotros?
-No, no, no; don Varela, le agradezco muchísimo su hospitalidad. Le aceptaré un vasito de agua nomás.
-Cómo no. Dijo Julio.
Beti le alcanzó el vaso de agua. Julio lo invitó a que tomara asiento y le preguntó:
-¿Don Cardozo, usted vive en Villa Berthet?
-Sí, don Varela.
-¿Es pariente de los chamameceros hermanos Cardozo de Quitilipi?
-Somos parientes muy lejanos, don Varela. Yo soy nacido y criado en la colonia de Villa Berthet.
-¡Ah! Y los datos son de un pibe de allá.
-Sí. De Villa Berthet. Está con una familia muy conocida de allá.
Don Cardozo dio más precisiones del pibe sospechado. Julio se comportó como lo hacía con todos los que aportaban algún dato sobre una posible pista.
Y convencido expresó:
-Iremos con la Justicia para averiguar. Nosotros no descartamos ninguna posibilidad y le contó anécdotas de su derrotero.
…Y lo de la pista de baile en Sáenz Peña, agregó Julio, fue la única hipótesis que no indagamos.
Y le explicó por qué no indagamos don Cardozo.
Nunca lo investigué porque no creí. Esa es la verdad.
Esa es la única explicación.
No recuerdo como se llamaba la pista de baile.
La bailanta estaba en un barrio medio jodido de acá, y yo tenía que llegar a esa barriada y preguntar por la pista. Ir y presentarme, y decir quien era yo.
Cuando yo dijera soy Julio Varela iba aparecer la persona que me llevaría hasta donde estaba el chico.
Yo descreí. Porque si ese hombre sabía dónde estaba Damián tendría que haberlo dicho antes. Si sabe perfectamente que lo estamos buscando.
Que es un chico robado.
Que no es un chico entregado.
Que no es un chico dado.
Que no es un chico vendido.
¿Por qué calló?
¿Por qué calló tanto?
¿Qué buscaba?
Pensé que me iban a embarrar. Que podían hacerme una cama. O podían extorsionarme con alguna porquería.
Era un ambiente muy jodido…
En esto hay que tener mucho cuidado don Cardozo. Porque así como hay gente buena, muy buena, como usted; hay también gente mala, muy mala, muy peligrosa.
Sobretodo hay que tener cuidado con la gente envidiosa, con la gente traicionera.
Don Cardozo asentía.
Luego hubo distracciones.
Julio se encargó de cortar las risas con una pregunta sobre la visita.
-Usted sabe, don Cardozo que, cuando le pregunté por los hermanos Cardozo, me acordé que nosotros tenemos una nueva pariente de apellido Cardozo.
-¡Eeeee!
-Sí. Un primo mío de apellido Suárez, que era viudo se casó hace unos meses con una chica de apellido Cardozo.
Si usted me permite, le voy a contar la historia de mi primo.
La primera mujer de él, de primo Suárez, Marta Segovia, era enfermera y trabajaba en el hospital 4 de Junio, aquí en Sáenz Peña.
Y mire, don Cardozo, como son las cosas, justo a un año del robo de mi Damián, el 1 de Julio de 1991, -a mi Damián lo robaron el 1 de Julio de 1990-, un enfermo alcohólico que estaba internado recibió un medicamento nuevo y le hizo mal, y bajo un "delirius tremens", le pegó cuatro puñaladas a Marta y la mató.
-¡Qué desgracia!
-Sí, la mató.
Y bueno, mi primo soportó toda la situación. Después comenzó de nuevo y rehizo su vida. Era joven.
Y bueno, conoció a esta chica Cardozo y se volvió a casar.
-¡Eeeee! Mire usted cómo son las cosas… ¿Y cómo se llama la chica, porque yo creo que tengo parientes en Sáenz Peña?
-¿Negra, cómo se llama la mujer de mi primo Suárez? Preguntó Julio a Beti.
-Claudia. Respondió Beti, despacito, apenas audible. Pero en Cardozo retumbó como un eco amplificado y levantó una polvareda de expectativas.
-¡Ah! Sí Claudia. Claudia se llama. Hasta tenemos fotos del casamiento, don Cardozo.
Andá Negra y traelas; así le mostramos. Una de esas es pariente. Dijo un osado Julio.
Beti se fue al dormitorio y regresó con un álbum de fotografías.
-Mire don Cordozo. Esta es Claudia Cardozo y él es mi primo Suárez. Lo señaló con firmeza.
Cardozo quedó estupefacto. Su camisa no podía disimular, ni frenar, ni tapar su frecuencia cardiaca. Se puso rojo.
Miraba las fotos.
No lo podía creer.
-Don Varela, es mi hija.
-¡Su hija! ¡No! ¡No. Qué bárbaro! Admirado Julio abría los ojos.
Se levantaba y se sentaba.
Se agarraba la cabeza.
-Don Julio, la ando buscando desde hace dieciocho años. Cuando yo me separé de mi mujer, ellas se fueron de Villa Berthet y nunca más nos vimos.
-No le puedo creer, don Cardozo!
¡Mire lo que hace Damián…!
Hubo lágrimas.
Emocionado Julio decidió organizar una fiesta para que don Cardozo se reúna con Claudia.
-Yo le doy mi palabra don Cardozo que usted verá a su hija.
Se prepararon.
Los Varela organizaron una cena festiva. A Claudia no le dijeron que iba un hombre que era su padre.
Era toda una sorpresa.
Julio, por su parte, quería saber cómo era el reencuentro de un padre con su hija después de tanto tiempo.
¡Dieciocho años!
Julio quería ver.
Julio quería sentir.
Julio quería ser protagonista de cualquier manera.
Julio quería saber cómo era ese encuentro.
El encuentro.
El reencuentro.
De padre a hija, de hija a padre.
Por su cabeza pasaba el sueño que iba a vivir una experiencia que después sería el aprendizaje que él necesitaría.
Una preparación para lo que él deseaba vivir.
Y para eso sigue preparándose.
Llegó la noche.
Estaban todos, menos Damián.
La velada sería filmada y fotografiada.
El clima era por demás cordial y entre risas y anécdotas apareció el postre.
Julio como anfitrión sacó el tema de los apellidos y empezó agradeciendo el aporte a la búsqueda de su hijo que el hombre de Villa Berthet hizo a pesar de ser un extraño a la familia.
Y preguntó:
-¿Cómo era su apellido?
-Cardozo; respondió el hombre.
-¿Y vos también sos Cardozo, Claudia…
¿No será tu papá este hombre, no?
-No es mi padre. Contestó la mujer, muy segura por fuera, muy insegura por dentro. Tiritaba.
En ese momento se cruzaron las miradas y no se dejaron de mirar. Y se miraban sin decirse nada. Hubo una atracción. Fue como un imán.
Cardozo se acercó a Claudia y ante cualquier gesto de cariño, quiso hablar con ella.
Se retiraron a un rincón y sin molestias estuvieron dialogando hasta casi el amanecer.
La guitarra quedó esperando porque Cardozo también era uno de esos musiqueros de las sombras que tan bien describe el trovador misionero Joselo Schuap.
Julio estaba atento a todos los detalles del encuentro.
Nadie se quería mover de su lugar.
Un chamamé sonaba despacito como si respetara lo que estaba sucediendo. Suárez estaba desorientado.
Claudia reconoció a su padre.
La pista Córdoba
A raíz del caso Varela la policía detuvo a varios matrimonios sospechados de tener hijos adoptados en forma irregular. Y Julio era informado de cada procedimiento.
-Vamos a viajar a ver si es tu hijo. Le decían.
Entonces, viajaba una comisión policial y los Varela.
Pasó el tiempo, y la familia estaba contenida por las muestras de solidaridad de la gente, de los medios de comunicación y de la preocupación policial.
Pero nadie se percató que todos los casos que la policía investigó estuviesen fuera de Sáenz Peña y su radio de influencia.
En ese contexto, donde la opinión pública se inclinaba a creer que a Damián se lo habían llevado a una metrópolis, surgió la pista Córdoba.
Julio recibió una carta desde Salta que le llamó la atención. Se la enviaba una señora llamada Elsa que pedía hablar lo antes posible con él.
Elsa manejaba el péndulo, -que para Julio, en esa época, era como que le hablaran de extraterrestres-. Nunca había sentido hablar del tema. Sólo conocía el péndulo de los relojes. Nada más.
La mujer, que le aseguró practicaba una religión distinta a la católica, también le pidió a Julio que viajase a verla.
Y le anticipó que necesitaba que llevase un mapa del trazado urbano de Sáenz Peña, otro de la provincia del Chaco, un mapa de Argentina y, si podía conseguir, uno de Córdoba.
Los Varela pedían algo para encontrar a Damián y la gente colaboraba sin límites. Lo que pedían; lo conseguían. Si alguien decía que había que sacar uranio de allí o de allá, la gente se abocaba masivamente a sacarlo. Como si se tratase de un mandato inevitable y necesario.
Hoy mismo, pese a que pasaron 18 años, la gente por Damián se reúne y se pone a disposición.
Con una desesperación a cuesta Julio viajó con uno de sus hermanos a Salta. Se entrevistaron con Elsa y participaron de una sesión de rezos y en un ambiente de trance se desplegaron los mapas sobre una mesa.
El péndulo comenzaba a moverse.
Al cabo de unos minutos de un mutismo que daba miedo Elsa levantó su cabeza y dijo segura, firme con una convicción envidiable:
-Su hijo está en Córdoba capital.
La afirmación de Elsa fue para Varela una extraña mezcla de expectativa y desaliento.
Era lindo, pero imposible encontrarlo.
-Era como saber que tu hijo está en Buenos Aires. Pero Buenos Aires es inmenso. Pensó Varela.
A Julio, sólo una cuadra le quedaba lo suficientemente grande para investigar.
No pudo más y, azorado, como buscando más información, soltó:
-Córdoba es grande.
-Sí; le respondió la mujer. Y agregó:
-Está en Barrio Maipú. Entre las calles Zaragoza, Cartagena, Huelva y Tarragona.
El entusiasmo se apoderó del rostro de Julio.
Finalizó la sesión.
Se saludaron con la misteriosa mujer y salieron hechos un manojo de interrogantes. Pero llevaban en el corazón una sensación rara con palpitaciones.
Durante el viaje de regreso, pensaron cómo hacer para llegar a Córdoba. Al barrio Maipú. A las calles Zaragoza, Cartagena, Huelva y Tarragona. ¿Cómo no ser evidentes, sospechosos?
Volvieron a Sáenz Peña y acudieron al secretario del juzgado. Un hombre franco, correcto, buena gente, con quien los Varela se habían criado juntos.
El funcionario dijo con toda sinceridad:
-Mirá, lo que ustedes lograron en Salta no le sirve a la justicia.
Julio, desesperado, apurado contestó:
-No sé, no sé…Yo quiero que aparezca Damián.
Poné que me llegó un anónimo.
A las semanas el exhorto salió de Sáenz Peña y llegó a Córdoba.
En la jurisdicción de la Seccional 12, de la Policía de la Provincia de Córdoba, se hizo cargo de la investigación el cabo Ricardo Tabares.
Pasó el tiempo, y Julio debió templarse a la fuerza.
-Me decían que se estaba averiguando. Pero el tiempo pasaba; recordó.
De repente, recibió un llamado telefónico.
-Varela, te habla el cabo de Córdoba que recibió el exhorto: ¿Cómo era la criatura? -por aquel entonces ya habían pasado más de ocho meses-.
Julio contestó:
-Ahora ya no sé cómo debe estar. Pero mi hijo cuando nació, a los dos meses, mi mujer lo tendió en la cama y me dijo: "Tiene un lunar", y yo también tengo un lunar. Y agregó: "Damián tiene una manchita debajo de la costilla izquierda, más oscura que la piel, y del tamaño de una aceituna"…
Para Julio, el rasgo característico de Damián era ese lunarcito, pero poco después los dermatólogos le confesaron: "Vos no hables de lunar. Acá el único que puede hablar de lunar soy yo, porque estoy facultado para eso. Porque te vas a pegar un chasco Julio. Por ahí, tu hijo a los dos años, o tres años ya no lo tuvo más.
El cabo escuchó el relato. Quedaron en seguir comunicados.
Ya en la siguiente charla, el policía cordobés le dijo: "Vamos a manejarnos en clave".
Julio le preguntó:
-¿Querés que viaje ya a Córdoba?
No aguantaba más, quería tener en sus brazos nuevamente a su hijo.
-No, no. Estoy detrás de un pibito. Yo ya te voy a mandar una foto; lo tranquilizaba el cabo.
No tardaron en llegar al domicilio de los Varela una serie de fotografías, que casi tumban a Julio de su silla.
-¡Este es Damián!; decía Julio, sin sacar la vista de las fotografías. Y pasaba una y otra. Y volvía a mirarlas. Investigaba las imágenes y analizaba:
-Esta parte. La de arriba es Damián. Pero el mentón, la boca, y la nariz. O sea, la parte de abajo del rostro no me lleva a nada.
-Otra cosa, Beti -le decía a su mujer- ¡Es peludo! Entre nosotros no hay nadie peludo.
Las esperanzas chocaban contra el sentido común.
No había certezas.
Tras mantener una nueva conversación telefónica con Tabares, donde el matrimonio planteó sus serias dudas, el policía cordobés decide llamarlo:
-Venite. Vení a Córdoba. Yo ya me voy a manejar con el Juzgado.
Así fue que Julio salió para Córdoba. Siempre acompañado.
Llegaron a la Seccional 12 de la policía y preguntaron por el cabo Tabares.
Tabares se presentó ante el padre de Damián. Se mostró atento, pero distante. Ambos conversaron lo justo y necesario. El cabo se disculpó y entró a una dependencia, de la que recién volvió a los diez minutos.
Era hora de ir hasta el Barrio Maipú.
Manejaba él. Recorrieron la distancia entre la dependencia policial y el barrio con tranquilidad. El automóvil encaró por la Avenida Sabattini y dobló por una calle llena de árboles. Sólo las palabras crudas de Tabares rompieron la pasividad del viaje:
-Miren esa casa hermosa. La revestida de piedras negras. Ahí está el pibe; disparó sin merodeo.
No hizo falta más. Julio recordó de inmediato el péndulo de Elsa. Aquellas palabras.
¿Acaso no fue ella quien le había dicho que su hijo estaba en el barrio Maipú?
-¿Dónde quedan las calles Zaragoza, Cartagena, Huelva y Tarragona? Preguntó Julio.
- Aquí, a una cuadra y media. Contestó, ligeramente, sin importarle, el cabo.
Julio quedó sorprendido.
Estaba anonadado.
Se preguntaba para adentro:
-¿Cómo esa mujer salteña podía saber desde allá, que había una criatura aquí; y errarle por tan sólo 150 metros?
¿Cómo Elsa, con un mapa y con esto del péndulo me dijo lo que me dijo?, ¿Cómo podía saber algo así?
A Julio no le entraba en la cabeza. Cuando terminó de recorrer su asombro, le preguntó al cabo.
-¿De qué se trata todo esto Tabares?
-Es un chaqueñito…
Y es de Sáenz Peña. Lo dijo entre dientes el cabo.
-¡Es mi hijo! Vi las fotografías. Reaccionó Julio.
-Quedate tranquilo. Ya vamos a llegar. Le contestó Tabares.
La comitiva llegó a la casa de Barrio Maipú con los papeles. La jueza ordenó allanamiento y reconocimiento del menor.
Los códigos procesales de cada provincia tienen diferentes formas de realizar el reconocimiento de un menor. El Chaco tiene una forma. Córdoba otra. En cada lugar es distinto.
Así se llegó al reconocimiento. Julio creyó ir con toda la cancha. Llevaba frescos los consejos que le habían dado en el Juzgado de Sáenz Peña.
Le habían dicho:
"Si se trata de Damián, abalanzate, agarralo. Aunque te lo tengan que arrancar de tus brazos. Porque se puede complicar. Cinco metros que cedas y desaparece. Son terribles los cordobeses."
Por orden de la jueza cordobesa el niño se encontraba con sus tres añitos en una salita de algún jardín de infantes, junto a él se hallaban cincuenta pequeñitos, todos vestidos iguales.
Le leyeron íntegramente los esquemas a Julio.
Le dijeron:
-Usted tiene que estar a ocho metros de distancia con un policía al que le señalará: que chico cree que es su hijo.
Julio entró con la jueza a la salita donde estaban los chiquitos vestidos iguales.
El pibito estaba reacio. Parecía sentirse desubicado, como "sapo de otro pozo" rodeado de los demás "changuitos", parecía hasta molestarle la situación que vivía.
Estaba "patas para arriba"; pensó Julio.
Beti le dijo a su marido:
-Ese es el de la foto.
Lo sacó a pleno. Ese era.
Y fue justamente ella quien anticipó:
-No es Damián.
Sin embargo, Julio dijo:
-Ese pibito.
Se miraron todos. Había tensión en el ambiente.
Lo trajeron.
Y Julio preguntó:
-¿Le pueden levantar la remerita?
Los asistentes de la justicia le levantaron la remerita.
-No. Por el lunarcito; le salió espontáneamente a Julio. Pero los Varela no podían informar que hubo una investigación previa. Debían mantener en secreto los avances hechos por su cuenta.
Julio dijo, entonces:
-En la nariz veo una similitud.
Ante la duda, la justicia cordobesa ordenó hacer un examen de ADN.
En 1990, el examen de ADN determinaba sólo un 66,9% de la paternidad de la criatura. Otro estudio, el HLA, determinaba el 99,9%. Casi sin error.
Hoy ese estudio determinante cuesta $300. Pero en aquel tiempo era carísimo y corrió por cuenta de Julio Varela.
El estudio HLA se realizó en un laboratorio Inmunogenético e Histocompatibilidad de Córdoba, ubicado en el tercer piso de un edificio sobre la calle Independencia y costó tres mil dólares.
Se hizo con un cabellito, una gota de saliva y una gotita de sangre.
Los resultados fueron negativos.
Julio exclamó:
-Es el día más triste de mi vida. La tristeza más grande que sufrí. Tenía la esperanza que fuera mi hijo Damián.
Pidió disculpas a las autoridades y a los padres adoptivos.
El cabo Tabares ya se había transformado en un sagaz investigador y le comentó a Julio cómo había llegado al pibito.
-Recorrí la zona y con la colaboración de unos diarieros, pregunté a la persona clave por el chaqueñito.
Y me respondió:
-A ese chaqueñito lo trajeron de la ciudad de Presidencia Roque Sáenz Peña, y está mal adoptado. Pero como el papá pisa muy fuerte entre los aeronáuticos cordobeses se tapó todo.
Yo volví a preguntarle:
-¿Por qué pisa fuerte?
-Porque es de la Fuerza Aérea, y su mujer, la mamá adoptiva, es bióloga; me respondió la señora.
Por su parte, los diarieros coincidieron en que el chiquito había nacido en Sáenz Peña que tiene una mamá biológica muy humilde, casi indigente que vive en el Chaco, en un obraje, con once hermanitos del niño.
En una segunda entrevista con la mujer clave, Tabares supo que el chaqueñito había nacido en un obraje con la asistencia de una partera, y la madre se lo regaló a una enfermera. Esa enfermera se lo vendió a un señor, de apellido Saver que, en ese momento, era uno de los obrajeros más importantes de Sáenz Peña.
Saver lo recibió ya con un acta de nacimiento fraguado y con falso domicilio. Listo para ser vendido al matrimonio cordobés en seis mil dólares.
Esto pasó en 1990.
Julio y Beti volvieron con los brazos caídos a Sáenz Peña.
Estaban derrotados.
Beti cayó en una depresión severa.
Después, pasó mucho tiempo y aparecieron más datos.
La posta de la búsqueda cayó en manos de los hermanos de Julio.
El ya no podía.
Solo se dejaba llevar para todos lados.
La pista catamarqueña
La abuela de Damián, Albina V. Ponce de Varela, lanzó un llamado desesperante en un clima abrumador donde las calles de la búsqueda se habían quedado sin salida.
Sin salida.
El llamado desesperante de la abuela fue publicado en el diario Norte de Resistencia; mientras Julio ofrecía como recompensa su auto o 500 dólares para quien aportara un dato fehaciente.
Se habían quedado sin fuerzas y la policía se iba alejando.
La publicación de la abuela impactó en la sociedad y despertó curiosidad en los medios de prensa nacionales. Interesó a la producción del programa televisivo que conducía Susana Gimenez.
La productora de Telefe, Eva Montes de Oca logró comunicarse con un referente saenzpeñense como era Néstor Duca y éste allanó la vinculación entre Telefe y los Varela.
Un día de 1993, casi a tres años del episodio, lo llamaron a Julio al taller donde trabajaba.
-Buenas tardes, soy Eva Montes de Oca y le hablo de la producción de Susana Giménez.
Ella está dispuesta a ayudarlo en la búsqueda de su hijo. Está conmovida por el caso. Pese a que "Hola Susana" es un programa de entretenimientos, le gustaría que viajara con su familia a Buenos Aires.
La participación del ciclo televisivo en el caso Varela sacudió la modorra chaqueña y el despliegue que desató fue sorprendente.
El 12 de julio del 93, STC y Telefe, en dúplex, salieron al aire desde Sáenz Peña, quedando como la primera transmisión en directo, vía satélite, que se realizó desde la ciudad termal para el país.
Susana lanzó una campaña nacional para encontrar bebes robados y ofreció 15.000 dólares de recompensa. A esa suma se le añadió 8.000 dólares que había ofrecido la producción del programa radial, "Radio Mañana", de LT7 de la emisora de Corrientes, que conducía Natalio Aides, para quien aportara datos que permitieran dar con el paradero de Damián.
A la producción televisiva de Susana Giménez llegaron doce denuncias concretas. Todas fueron investigadas, pero las pistas emblemáticas fueron las de Catamarca y Rosario.
El dato sobre un niño adoptado en la ciudad de San Fernando de Catamarca, de nombre David, lo aportó una mujer que donaba la recompensa al hospital de esa ciudad.
El dinamismo que insufló la producción de Telefe a la investigación fue tremenda.
El exhorto lo llevó personalmente Eva Montes de Oca al Juez interviniente y puso a disposición de la justicia catamarqueña el dinero necesario para la investigación.
Los Varela salieron en avión hacia Catamarca con el patrocinio de los mejores abogados penalistas de la Provincia.
Habían llegado con la esperanza intacta. Julio, apenas pisó suelo catamarqueño, dijo al diario La Unión:
-No tengo otras noticias, aparte de las que salieron en los diarios.
La Justicia catamarqueña comisionó a un grupo de policías para ir hasta la provincia del Chaco a llevar una documentación entre las que había fotos, a las cuales tuve acceso mediante una citación, que nos hizo ver la jueza, a mí y a mi esposa, para tener una idea de qué pibe se trataba y luego de cotejar con una foto de mi hijo mayor de ocho años de edad y la de mi hija menor de un año y medio en ese momento con la de mi Damián que ahora tiene tres años y medio, advertí que sí había muchas similitudes, declaró Julio Varela.
"Lo que llama poderosamente la atención es una coincidencia de la mancha o lunar que tenía Damián", relató el padre del menor.
Varela dijo, he venido a hablar con el Juez Álvarez, y ver cuáles son los pasos que se van a implementar para ver lo que se puede sacar en claro de esta situación".
Y aclaró, "mi presencia en Catamarca no es para perseguir a nadie.
Simplemente tengo derecho a equivocarme.
El hecho de mirar una foto y pedir el reconocimiento visual del menor y si quedan dudas pedirles al juez, que se acceda a un análisis genético para determinar la paternidad de la criatura", no es perseguir a nadie.
Por último, dijo Varela, ya dirigiéndose a los padres que adoptaron a David, "yo entiendo a la familia catamarqueña por lo que están pasando, pero quisiera que se pongan por un instante en mi lugar. El lado mío.
El lado mío.
La expectativa de acercarse un hipotético hallazgo de Damián contagió a toda la población que esperaba novedades todos los días.
El 15 de julio de 1993 se produjo el allanamiento a una finca de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca, ordenado por el juez de feria de Sáenz Peña, Edgardo Álvarez.
La posibilidad que el niño de Catamarca sea Damián crecía minuto a minuto. Crecía al compás de las noticias.
Crecía con el pulso de los estados de ánimo y se alimentaba de ilusiones, y a menudo de ilusiones que rallaban el delirio.
Delirio colectivo.
Los adoptantes se habían negado a someterse a las pericias. No querían que se realizara el contacto visual ni los análisis hemogenéticos con la familia Varela.
El clima se iba enrareciendo entre las familias. Se cruzaban serias acusaciones alentadas por distintos allegados en ambos lados. El tenor de lo que se decían llegó a un punto que obligó a la Justicia a poner freno porque la pelea pasó a ser más importante que el esclarecimiento del caso.
Las acusaciones entorpecían los pasos judiciales.
La pesadilla de Sáenz Peña se había prolongado hasta Catamarca y cobraba más víctimas.
En ese contexto, el fiscal de la causa, Juan Carlos Reynaga, dispuso día y hora para la prosecución de las sorprendentes medidas solicitadas desde el Chaco, aunque más sorprendía la actitud de la justicia catamarqueña.
El ambiente daba lugar a la prensa para que presagiara otro hecho similar al caso María Soledad Morales, adolescente que había sido asesinada el mismo año del robo de Damián.
Las diligencias ordenadas desde el Chaco se llevaron a cabo de una manera confusa.
Había muchas contrariedades.
Julio Varela estaba desconcertado.
Se utilizaron artilugios, y varios automóviles para trasladar a los Varela hasta donde estaba David.
La siesta era un genuino reflejo del mes de agosto en Catamarca. Un hombre se presentó ante Julio, y sin identificarse, pero con muchos indicios que era funcionario judicial, requirió su presencia en el juzgado.
-Señor Julio Varela.
-Sí señor.
-La jueza Mary Buenader de Walter los requiere a usted y a su esposa en el juzgado.
-Bueno señor.
-Me acompañan, por favor; dijo el funcionario con una aridez que no desentonaba con el paisaje de esos días.
El funcionario trasladó a la familia saenzpeñense en un Fiat Regatta desde la puerta del hotel Arenales, donde se hospedaba la comitiva chaqueña, hasta una esquina.
Siempre por la misma calle.
Detuvo el automóvil y le dijo a los Varela que tenía cosas que hacer.
-Por favor, bájense y suban a ese Renault 18. Casi fue una orden.
El Renault 18 estaba estacionado muy cerca del Regatta.
En ese automóvil se encontraba la jueza Mary Buenader de Walther, quien los recibió sin cortesía ni buenos modales. Apenas subieron al Renault 18, les dijo:
-Me limito a hacer lo que dice el exhorto.
La magistrada, al volante, los trasladó hasta la finca ubicada en Maipú 40.
En la vivienda estaba la familia tenedora del niño investigado, la abogada Andrada y otras personas más que Varela no pudo identificar.
Allí estaba.
¿David ó Damián?
Allí lo vieron Julio y Beti.
La jueza Mary Buenader de Walther labró un acta que referenció la participación de los Varela, sin identificar si existió el reconocimiento o no del nene que se encontraba allí.
Cada vez era más David y menos Damián.
Julio lo intuía pero no quería que las esperanzas se desvanecieran así, tan pronto, y de una manera tan extraña.
Allí les mostraron una nenita de unos cinco años de edad, y luego, un chico que jugaba y corría por allí.
Era David.
En medio de discusiones, la jueza dejó hablar solamente al fiscal Juan Carlos Reynaga y al Defensor de menores de apellido Molina.
Varela estuvo obligado a no hablar y se limitó a reclamar que le muestren el lunar. Los funcionarios judiciales se lo negaron.
Julio insistió. Pero no tuvo respuesta.
Sólo lo llamaron para firmar el acta donde quedó sentado las características que tenía Damián en el momento que lo robaron.
En ningún momento le preguntaron si David era su hijo. Si lo encontraban parecido o no.
Tampoco le dijeron a Julio si se iban a hacer las pruebas, las pericias hemogenéticas.
La magistrada puso más distancia. Irónicamente se dirigió a Julio:
-¿Quiere que mande sangre en una bolsita?
Yo le aseguro, señor Varela, que lo que yo designo, así se hace y así se hará.
Los chaqueños retornaron al hotel.
Julio Varela calificó de una parodia de reconocimiento al procedimiento al que asistió para identificar visualmente Al nene:
-No se respetaron las normas procesales de Catamarca.
No se hizo una rueda de personas ya que solamente intervinieron un varón y una nena.
No se hicieron las actas ya que actuaron dos reconocedores.
No se dejó constancia sobre el resultado del acto, o sea, si se reconoció o no el niño.
Además la jueza permitió la presencia de personas que luego no figuraron en el acta.
El procedimiento se llevó a cabo en el estudio jurídico de la abogada de la familia adoptante, María del Rosario Andrada, y la niña que intervino en el reconocimiento era la sobrina de la abogada.
Por su parte, la jueza Buenader de Walther siguió en su postura: Áspera y terca con los Varela.
Buenader de Walther entendía en la causa como colaboradora de la justicia chaqueña para la concreción de las medidas pedidas por el exhorto de los jueces Daniel Freytes y Manuel Zeballos. A Zeballos le correspondió la causa abierta tras la denuncia de Varela para que se investigue la adopción de David.
La conducta de la jueza confundía aún más. Los eufemismos y las evasivas alentaban los enigmas.
Los fantasmas brotaban y brotaban alrededor del hotel Arenales.
Había más fantasmas que los que la realidad podría permitir. O que los protagonistas pudieran soportar.
¿Existieron?
¿Hubo?
Tal vez, influyó en la conducta de la jueza, la acordada que había dispuesto la Corte de Justicia de Catamarca, ante la presentación de la abogada de los padres adoptivos, para que "no haya filtración de información a los medios periodísticos".
La Corte dispuso exigir "el máximo de prudencia a los magistrados y funcionarios judiciales para evitar la filtración de información".
En los días previos al reconocimiento, y cuando hechos derivados del caso tomaban fuerzas en la prensa, la Jueza Buenader de Walther dijo que no había recibido ninguna nueva notificación del juez chaqueño. Que estaba investigando pero que no tenía prevista la realización de medidas concretas. Que estaba en la etapa de cumplir ciertos pasos que exigía la ley provincial catamarqueña de menores.
La jueza se desmentía con los hechos. Realizó el acto de reconocimiento.
En tanto, Zeballos se despachó con una rápida aseveración:
-Me declaré incompetente porque si no habría dos jueces con una misma investigación.
Es Freytes a quien le corresponde investigar.
De todos modos, había tomado ciertas medidas en la causa, y estaba efectivamente investigando.
Por otro lado, los pasillos en construcción del edificio de los Juzgados de Instrucción - que eran cuatro en Catamarca en 1990- en Maipú y Junín, estuvieron inundados de pasos apresurados y de visitas relacionadas con el expediente.
El caso Varela había despertado interés en la opinión pública catamarqueña por las demoras que tenía en esclarecerse.
El director del Hospital Interzonal de Niños, Guillén Juárez, anduvo por el juzgado aunque nadie supo decir, concretamente, el motivo de su visita.
Algunas fuentes tribunalicias aseguraban que había acordado con la Jueza el trámite de la extracción de sangre para los análisis.
También el Juez Zeballos tuvo en Tribunales, e incluso una alta fuente policial aseguró que se había tomado varias medidas de peso en el caso.
En San Fernando del Valle de Catamarca todo se conocía. La gente, desde 1990, se había acostumbrado a situaciones irregulares, a que la justicia era muy lenta o que nunca produjera hechos esclarecedores.
Los catamarqueños sonreían con la picardía precordillerana, con la picardía de quienes se sienten sabedores del mal. Recordaban el caso María Soledad Morales cuando discutían las demoras injustificadas en el caso Varela.
Para ellos, era una fija que las cosas iban a tener una demora larguísima. Tediosa.
Irritante.
E incluso, que la demora iba a ser infinita y que el caso nunca tendría definiciones concretas.
Sin embargo, el esclarecimiento fue llegando con forceps.
-No se trata del mismo niño; dijo la abogada María del Rosario Andrada, patrocinante de la familia que había adoptado el niño, y lo remarcó enfáticamente.
Después agregó:
-Actúo en representación legal de los padres adoptantes del menor, que erróneamente se lo señalaba como el niño secuestrado en la provincia del Chaco, y ese sentido, quiero que la comunidad reflexione, pues no se trata del mismo niño.
Lo digo con la convicción absoluta, ya que he podido acceder a numerosas pruebas y comprobar personalmente lo que estoy diciendo. Lo que será aportado como prueba a la jueza en su oportunidad.
La abogada, aprovechó la oportunidad para echar por tierra una serie de rumores y sospechas que se habían originado.
-Lo grave es que de manera irresponsable una diligencia procesal que debió haberse cumplido con las máximas garantías de seguridad y reserva, fue pública.
Supuestamente se dio esto porque hubo infiltración en el personal policial o judicial, circunstancia que dirimirá la Corte de Justicia, dado que los medios de prensa, -aparentemente-, fueron convocados a una medida que, por su naturaleza, debió preservarse en resguardo de la identidad del menor, en resguardo a la identidad de los padres adoptivos, y en abierta violación a la Ley 3908, que en su articulado contienen el resguardo a la persona y bienes del menor.
La abogada Andrada también dijo que se afectó la reserva que debe haber sobre el trámite de la adopción, y las normas de la Convención sobre los Derechos del Niño; y esto que pretendía ser el cumplimiento de una medida judicial, se tornó en un polémica, creando la confusión en la ciudadanía.
-No puedo dar el nombre de los padres adoptantes, ni las circunstancias precisas, categóricamente, afirmo que el niño que se investigó en Catamarca, no tiene nada que ver con el menor secuestrado en Chaco.
Inmediatamente, la abogada agregó:
-Mis afirmaciones se sustentan en numerosas pruebas que obran en mi poder, como los certificados expedido por un profesional pediatra a los pocos día del nacimiento, en el que se lee a manera de recomendaciones
Colocar B.C.G. antes del mes de vida…
Acostarlo de costadito o boca abajo…
Curar el ombligo tres veces por día con gasita y alcohol…
A partir de los 15 días…";
De estos tengo muchos ejemplos.
Estas pruebas hablan a las claras que el niño fue entregado en guarda a mis clientes, apenas horas de nacer.
En cambio, el niño que busca la jueza del Chaco, tenía aproximadamente cuatro meses de vida.
Obviamente -continuó la abogada - un niño de cuatro meses no puede ser curado del ombligo, y haberse aconsejado vacunar antes del mes de vida, y tomar medicamentos antes de los quinces días de existencia, porque se entiende que el menor a esa época se encontraba aún con sus padres.
Más adelante, la abogada aseguró que el trámite de adopción fue realizado normalmente sin irregularidad alguna. Es más, obran en mi poder y se encuentran a disposición del Juzgado numerosas pruebas documentales que certifican lo que digo.
Entre ellos, fotografías del menor que, apenas contaba con días de nacimiento, junto a sus padres y de numerosos testimonios de gente que ha tratado diariamente con ellos, durante el año de guarda, como así también de profesionales que lo atendieron.
Finalmente, María del Rosario Andrada dijo:
-Le pido a la prensa la cautela necesaria para el tratamiento de este tema. Como también que ninguna medida se hará de manera compulsiva y se han efectuado presentaciones ante los Tribunales. Y al mismo tiempo queda claro que no solamente vamos a colaborar con la justicia, sino que también se van a realizar todas las acciones judiciales contra quienes pretendan falsear la realidad de los hechos.
Por último se aclaró todo y los estudios determinaron que la "conexión Catamarca" era falsa.
Causó un verdadero revuelo.
Desde la producción de Telefe se buscó contener a los Varela que ya no resistían más golpes.
El golpe afectó muchísimo las investigaciones.
Las investigaciones realizadas habrían llevado a determinar que durante los tiempos de la desaparición de Damián, en San Fernando del Valle de Catamarca, se incorporó al seno de una familia un niño que, siguiendo los detalles de una mujer, tendría características parecidas.
De allí, entonces que el juez de instrucción chaqueño, Daniel Freytes, envió a la justicia catamarqueña un exhorto para que investigara la posibilidad de que se tratara de una misma persona.
En estos menesteres, actuó el Juez de Instrucción en feria, Edgardo Alvarez, quién realizó los procedimientos y peritajes que correspondían a los efectos de dilucidar la particular situación.
A esa situación se la definió como una confusión y que nada tenía que ver el niño chaqueño con el sospechado por la justicia.
Algunas situaciones casuales, y fechas del alguna manera coincidentes, aparte de algún informe falso, habrían orientado la investigación hacia Catamarca, creando una especial zozobra a una familia que jamás esperaba que la casualidad y que la sustracción de un niño en otra provincia argentina, los pondría en un brete judicial.
A tal punto llegó la investigación que hizo peligrar la intimidad y la salud mental del niño.
En esa circunstancia se barajaron comentarios de todo tipo y hasta especulaciones por demás peligrosas.
Lo cierto es que la documentación obtenida por la justicia prueba que el niño catamarqueño forma parte de una familia perfectamente constituida y que fue adoptado en 1990, con todos los recaudos que exige la ley.
Los cónyuges solicitaron a la justicia catamarqueña, a fines de 1989, la adopción del recién nacido, para lo cual fueron sometidos a los estudios sociales, como así también a la presentación de certificación de esterilidad.
Entre julio y agosto de 1990, la Justicia les entregó el niño que había nacido 24 horas antes en un establecimiento asistencial provincial.
Todo ello estuvo registrado bajo escribano, como así las presentaciones y las respuestas de la justicia.
Por su parte, la madre biológica aceptó la cesión del bebé.
Luego del período de guarda transitoria, la Justicia dictó sentencia firme un día entre septiembre y octubre de 1991.
La adopción plena del menor igualmente tiene todas las certificaciones, razón por la cuál, a los pocos días fue cambiado su apellido en el Registro Civil de Catamarca.
A partir de allí, todo siguió el curso normal.
El bebé cumplió los tres años de vida en 1993 y vive aún hoy en Catamarca, recibiendo el amor de padres que le tributan el cariño que merece cualquier hijo.
Por supuesto, que durante esos días, sufrieron todos los traumas que puede generar una investigación de tamañas dimensiones y trascendencia pública, que hasta pudo abrir las puertas de la intimidad con el consiguiente peligro para el niño.
¿Cuáles fueron las diferencias entre David y Damián?
Las características físicas y rasgos no coincidieron. Tampoco las fechas. Nada hizo suponer que el niño sea el mismo y que lo hayan hecho viajar desde el Chaco a Catamarca.
Damián había nacido en febrero de 1990.
La pista Rosario
La Jueza Cosgaya de Instrucción N° 12 de la ciudad de Rosario ubicó un niño que guardaba similitudes con Damián, cuyas características fueron difundidas ampliamente por el programa televisivo Hola Susana y los diferentes medios de prensa.
Cosgaya tenía una fuerte presunción que el niño investigado por ella podía ser el robado en Sáenz Peña tres años atrás.
La presunción de la Jueza rosarina afianzaba una pista que estuvo en la mesa de los investigadores policiales apenas ocurrido el robo.
En julio de 1990, entre las distintas direcciones en la pesquisa de seguimiento estuvo la que hacía referencia a la presencia de un camión que vendía "naranjas o mandarinas".
Los policías recordaron que, en un primer momento, el camión fue sindicado como posible autor del robo del niño. Había un dato coincidente, los vendedores ambulantes eran originarios de Rosario, y en esa oportunidad, si bien, se siguieron los pasos de los naranjeros no se habría detectado la presencia de una mujer entre ellos.
Todos coincidían que en la primera etapa del robo participó una mujer.
La pista de los naranjeros volvió a ser considerada a partir de un apellido que se manejó en los niveles tribunalicios y que nunca trascendió.
El apellido y las naranjas eran de un allegado a Varela.
Las naranjas y las mandarinas rosarinas.
De cualquier manera, surgió como detalle relevante que los padres adoptivos señalaron que el niño era originario del Chaco, pero de la localidad de La Leonesa. Aunque no pudieron acreditar los documentos, ni los nombres de los progenitores.
En ese contexto, el juez Daniel Freytes envió vía telefax un exhorto donde solicitaba medidas inmediatas.
El requerimiento sustanciado tenía tres puntos:
Recibir declaración expectativa no jurada a la pareja que tenía el nene.
Realizar el reconocimiento del menor por parte de los damnificados Julio Varela y Ramona Beatriz Contreras.
Avanzar, en caso de ser positivo el reconocimiento visual, con las pericias hemogenéticas y con la extracción de sangre al menor.
El exhorto del juez Daniel Freytes, enviado por telefax, fue un adelanto del requerimiento que llevaba Julio Varela a Rosario para ser presentado ante la jueza Cosgaya.
Otro viaje.
Otra esperanza.
Rosario es una ciudad que está tan lejos como tan cerca del Chaco.
Hay una fuerte conexión.
En Rosario no hay compasión por los chaqueños.
En Rosario hay tantos chaqueños como calles de tierra. Hay tantos chaqueños como barrios desconectados del monumento a la bandera.
Una bandera que no cobija a todos por igual.
En Rosario no hay oraciones ni santos que protejan a los indefensos.
A Rosario, el Chaco llegó en tren Belgrano.
Rosario no los expulsa, pero les cobra un alquiler.
Un alquiler para amortizar el desarraigo.
El desarraigo que cambia tonadas y amarrona más las aguas del río Paraná.
Las barrancas ya no son litoraleñas.
Los chicos robados son hijos de nadie.
Desde el Chaco se van.
Julio tenía miedo que el nene desapareciera.
La detección estaba asegurada. Existía una consigna policial en el domicilio de la familia donde vivía el menor investigado y se aguardaba el contacto para determinar si era Damián.
¿Damián en Rosario?
En la ronda de niños se dispuso de pequeños con vestimentas y edades similares. Los Varela debían reconocer al supuesto hijo buscado.
El hijo buscado en Rosario.
El trámite se cumplimentó rápidamente y Varela se descompuso ante quien consideró que era su niño.
Julio aseguró a la jueza Cosgaya que el pequeño que tenía frente a sí era su hijo.
Se descompuso de la emoción.
-¡Es mi hijo! Decía con vehemencia.
Si bien su deseo era sincero, su pálpito no.
Julio vivía cada examen como si fuera el preciso.
El último.
El de la resurrección.
La jueza Cosgaya, resolvió la realización de las pericias hemogenéticas en Rosario y solicitó la participación de profesionales para la extracción de sangre.
La sangre volvió a decirle "no" a los Varela.
Otra vez la sangre.
La sangre.
Rosario.
Otra vez Rosario.
Los padres adoptivos presentaron una serie de documentos que acreditaron el origen del menor.
Lo habían traído del Chaco.
Rosario había penetrado los montes.
Los rosarinos habían llegado hasta La Leonesa.
Los Varela, otra vez, con la cabeza gacha.
La confianza volvió a flaquear.
El río corría cada vez más fuerte para los Varela, pero el mar que lo esperaba, se alejaba más para Julio.
Antes había un puerto para partir a cualquier lado por Damián.
La Justicia archivó una causa.
Esta vez cumplió.
Aunque Julio dijo que no, porque no pudo.
¿Qué me estará cobrando la vida para esconder de esta forma a mi hijo? Se preguntaba Varela, mientras volvía a Sáenz Peña.
La pista Yapeyú
Tras un tiempo, la pesquisa saenzpeñense siguió una línea investigativa abierta que los llevó hasta el Registro Civil de Yapeyú, en la provincia de Corrientes.
Los nuevos datos aportados a la causa surgieron a través de una carta que había llegado a manos de los Varela; con un remitente a nombre de "Graciela".
La carta aportaba datos sobre un nene que residía en la provincia de Buenos Aires y que, de acuerdo a lo difundido, respondía a las características de Damián.
Yapeyú iba a ser un eslabón más de la peregrinación de los Varela que empezó tras la desaparición de su hijo.
Julio y Beti iniciaron una procesión por varias provincias argentinas de acuerdo con los distintos datos que les iban proporcionando; y de esa labor penosa, obstinada, se puso al descubierto una red de transferencia de niños, que eran llevados desde el Chaco bajo distintas formas de adopción.
Así se conocieron datos precisos, importantes e insospechados sobre un mercado no reconocido que generaba la comercialización de niños y todo un esquema montado en función de madres solteras que otorgaban sus hijos a familias de otras provincias del país.
La Justicia saenzpeñense solicitó a la delegación local de la Policía Federal para que arbitrara los medios necesarios y determine "todos los antecedentes posibles sobre la identidad de un niño que habría sido anotado en el Registro Civil de la localidad de Yapeyú, en la provincia de Corrientes".
La causa, en manos del juez Daniel Freytes, demandó que se investigara lo relacionado con un pequeño que respondería a las características de Damián Varela, quien habría sido registrado en esa localidad y que estaría residiendo en la provincia de Buenos Aires.
El niño que se investigó había sido anotado en Yapeyú, en febrero de 1991, y llevado a Buenos Aires.
Efectivos de Policía Federal confirmaron ante el Juez de Instrucción 1, Daniel Freytes, que existían una serie de irregularidades en la inscripción de un niño en el Registro Civil de Yapeyú (Corrientes).
Uno de los elementos de peso que manejaban los investigadores federales, se refería a que los padres que anotaron al bebé no eran de Corrientes: llegaron de Capital Federal y no existía asistencia médica alguna de embarazo, ni de nacimiento.
El avance investigativo verificaba los aportes de la carta de Graciela.
Varela había recibido una carta anónima, presuntamente firmada por Graciela, que le informaba que en el Registro Civil de la localidad de Yapeyú, en la provincia de Corrientes, había sido anotado Damián con otro nombre por una familia proveniente de la Capital Federal.
Con este elemento, Varela se presentó ante el juez Daniel Freytes, con lo que se reiniciaron las investigaciones sobre la ubicación del niño y se solicitó la colaboración de la subdelegación de la Policía Federal.
Pesquisas federales se trasladaron a Yapeyú y detectaron en el Registro Civil que existía la inscripción de un pequeño en la fecha que hacía referencia la carta de Graciela, como que los supuestos padres habían llegado de la Capital Federal.
También se había determinado que no residían en el pueblo.
Tampoco había antecedentes de asistencia profesional del embarazo, ni del parto del pibe.
En definitiva, en Yapeyú, no conocían al matrimonio porteño, ni había residido nunca en el pueblo.
La primera parte de la investigación coincidió en un todo con lo expresado en la carta anónima.
Entonces, las investigaciones se dirigieron hacia la Capital Federal, donde vivía la familia.
El matrimonio fue ubicado.
El Juez Daniel Freytes envió una citación a la familia para que aclare la situación.
El matrimonio fue indagado sobre su paso por Yapeyú.
Sobre identidades, y cómo obtuvo el niño.
Damián no era correntino.
La pista que no se investigó
Una amiga de la prima de Varela trajo la noticia. Había una enfermera jubilada que tenía datos sobre el paradero de Damián en Pampa del Indio.
La prima no tardó en visitar a Julio y alentar la versión que traía en voz de esa mujer que conocía de chica.
-Julio, esta mujer es seria. Y me lo dijo con tono dramático.
-¿Y qué sabe? Preguntó Julio que ya se había predispuesto a desconfiar.
-Ella no sabe nada. A ella le llegó el chisme porque el fin de semana estuvo en Pampa del Indio y salió en una conversación el tema de Damián. Entonces, dijo que era amiga de un familiar del chico. A raíz de ello, una de las mujeres que estaban presente, le señaló: Si querés yo te consigo los datos que circulan por aquí para que se los llevés a la prima del padre.
Ella dijo que sí y esperó. Pasaron unos días, y le habló por teléfono una señora que decía que hablaba en nombre de la mujer que participó en Pampa del Indio de la conversación del chico robado en Sáenz Peña.
Se presentó como una enfermera jubilada que trabajó muchos años en el hospital 4 de Junio y conocía a los Varela, y que sabía donde lo tenían a Damián.
Ella le preguntó:
-¿Te animás a contarlo?
-Sí. Puedo decirle cómo tienen qué hacer. Le respondió.
-¿Cómo?
-Que vengan a Pampa del Indio y pregunten donde queda la pista de baile El Tropezón.
Allí que se presente Varela.
El padre del chico.
Que diga quién es, y una persona se le arrimará, y disimuladamente lo llevará hasta donde lo tienen al pibe. A la casa de una familia que está emparentada con un policía, que creo que es comisario.
-¿Comisario?
Sí, sí un comisario que trabajó en Sáenz Peña y fue muy conocido.
Sobre la pista de baile… que no tenga miedo, dígale.
Es un patio de un almacén que me parece está en el campo, a unos cuatro kilómetros más o menos, de Pampa del Indio.
-¿De Pampa del Indio?
Sí, de Pampa.
Eso es todo. Yo voy a estar atenta a lo que pase. Dígale que después me daré a conocer. Ahora no. Porque no es conveniente.
-Gracias prima. Ya veremos qué hacer. Le dijo Julio.
Y lo analizó con su hermano Rolando y con Beti.
A los Varela no les cerraba.
Julio no creía. Más bien desconfiaba.
Y en el análisis, se preguntaban:
¿Recién a los siete años, vienen con que saben donde está Damián?
¿Por qué no hablaron antes?
¿Van a robar un pibe en Sáenz Peña para llevarlo a Pampa del Indio, al campo, con qué necesidad?
¿Qué necesidad?
Para mí nos quieren distraer:
…Eso de que yo tenga que ir a una pista de baile solo, sin Rolando, y que me presente como el padre de Damián y que aparecerá una persona que no sabemos si será, un hombre o una mujer para llevarme a la casa donde lo tienen al chico, me parece un cuento.
Yo, particularmente, descreo y hasta tengo miedo.
Sí miedo.
Tengo miedo, no me da vergüenza, porque que sé yo, con quien me voy a encontrar en una pista de baile, en medio del campo.
A mí me parece que es una locura lo de esta señora.
No sé si será una venganza de ella para quienes lo robaron, o una avivada de ella sola, o que quiere aprovechar la situación.
Qué sé yo.
…Pero yo no me voy a arriesgar ni pondré en riesgo a mi familia.
Y lo repito descreo, porque como lo dije antes, si esta señora enfermera jubilada sabía dónde estaba Damián tendría que haberlo dicho antes.
Si sabe perfectamente que lo estamos buscando.
Que Damián es un chico robado.
Que Damián no es un chico entregado.
Que Damián no es un chico dado.
Que Damián no es un chico vendido.
¿Por qué calló?
Por miedo.
¿Por qué calló tanto?
Por miedo.
¿Qué busca?
¿Dinero? ¿Venganza…?
No sé.
Yo descarto esta pista porque no creo y tengo miedo. Dijo Julio.
Los demás Varela asintieron que había que tener cuidado.
La pista de los comisarios
El ex sargento de la policía del Chaco, Nicasio Alegre, involucró a los comisarios Andrés Valentino Gauna, Héctor Julio Mañanes, Gabriel Gauto, y a los subcomisarios Rubén Darío Maidana, y Saúl Fortunato Gómez, entre otros policías, en delitos que se cometieron en Sáenz Peña, entre 1986 y 1990.
Alegre prestó declaración testimonial los días 7 y 10 de mayo de 1993 en la causa abierta de oficio por el juez Daniel Freytes caratulada "Doctor Sudriá Oscar s/informe" tras una denuncia pública que había hecho Alegre en una carta dirigida al entonces ministro del Interior, Gustavo Béliz y que fuera publicada por diversos medios de prensa.
En esa carta, el ex sargento adelantó lo que después ratificaría ante el juez Freytes sobre ilícitos ocurridos en Sáenz Peña y en los que estaría involucrado personal policial.
En la presentación ante el Juzgado de Instrucción N° 1 Alegre se refirió a la causa del robo de un automóvil coupé de Drago Michunovich, al intento de homicidio y robo de Humberto Mustafá y al robo de una criatura del barrio 713 Viviendas que sería el pequeño Damián Varela.
Ratificó además, que recibió amenazas en reiteradas oportunidades y consideró que la justicia lo perjudicó en su trabajo cuando fue acusado del robo de un televisor por el que fue juzgado.
Alegre involucró al jefe de la Unidad Regional, comisario Andrés Valentino Gauna en el robo al domicilio de la doctora Muñoz de Deza ocurrido en 1990.
Allí los ladrones se habían llevado algunas cosas y dejaron otras para una segunda visita.
Alegre fue dejado allí de guardia cuando intervino la policía en el hecho delictivo.
Aproximadamente a las 3,30 de esa madrugada se detuvo ante la vivienda de Muñoz de Deza, un Ford Taunus celeste, que dijo que era propiedad del comisario Gauna. Del vehículo bajaron Gauna y un delincuente conocido como Chipá Godoy.
Gauna le dijo que iba por orden del juez de Instrucción N°2, Oscar Sudriá, a retirar las cosas pero, ante la negativa de Alegre, se retiró pidiéndole que no hablara.
El ex sargento relató también que cuando Gauna ya había sido designado como jefe de la Unidad Regional II, de Sáenz Peña, en febrero de 1990, robaron un automóvil Ford Taunus coupé negro al comerciante Drago Michunovich y Gauna ordenó que se recorriera la ciudad pero que no se detuviera a nadie.
Por ese entonces, según la versión de Alegre, estaba en vigencia una circular que indicaba que todos los casos de robos de automotores debían ser informados a la brevedad al comisario Gauna.
Por el aporte de algunos informantes la policía recuperó el vehículo de Michunovich en parte, ya que fue desarmado en la zona rural cerca de Pampa Grande y fueron arrestados dos delincuentes de apellido Ramella y Garibaldi.
Alegre interrogó a Garibaldi, quien le informó que detrás de todo el caso estaba "el jefe Gauna" e incluso pidió hablar con él en reiteradas oportunidades.
Garibaldi también le dijo que los vehículos que sustraían iban a parar a Paraguay y a Santa Fe, y que el Juez Sudriá a cargo del Juzgado de Instrucción N°2, -según los comentarios de Gauna-, sabía todo.
Gauna habría dicho que él nunca había hablado con el juez, pero reiteró que "Sudriá sabía todo" y que le advirtió a él "vas a tener problemas en tu trabajo".
Alegre acusó también al comisario Gabriel Gauto, quien fuera jefe de la Unidad Regional II en 1986, al subcomisario Rubén Darío Maidana, al chofer de la Seccional de la policía, Juan Alberto Espíndola y a dos delincuentes conocidos como Santeche y Bergolio, que por entonces estaban detenidos, en la Alcaldía local, por el intento de robo y asesinato de Humberto Mustafá y de su madre ocurrido el 23 de mayo de 1986.
Alegre dijo que aquellos personajes tendrían el plan de robar documentos que Mustafá tenía en su poder y matar luego al hombre y a su madre.
Aclaró también que desconocía los motivos por los cuales el plan fue frustrado y contó que el propio Mustafá reconoció luego a Bergolio como uno de los participantes en el fallido intento y que éste le contó "íntegramente" sobre las intenciones de los asociados.
Alegre destacó además, que fueron muchos los que sabían que esa noche del 23 de mayo Santeche y Bergolio fueron sacados de la Alcaldía por los tres policías.
El ex sargento de la policía brindó además precisiones sobre el robo de Damián, mientras se disputaba el Campeonato Mundial de Fútbol de Italia. Contó que un mediodía de "junio o Julio" de 1990, cuando regresaba en bicicleta de una carnicería ubicada sobre la ruta 95, vio a un Peugeot marrón con vidrios polarizados que había pinchado un neumático de una de las ruedas izquierdas.
Del vehículo bajó el comisario Andrés Gauna y él se acercó, lo saludó y le ofreció ayuda.
Lo ayudó.
Cuando estaban cambiando el neumático apareció una Coupé Toyota Célica metalizada que hacía señas con las luces, y Gauna, le hizo señas de que siguiera.
Al rato, cuando estaba ajustando los bulones de la rueda escuchó el llanto de una criatura dentro del Peugeot, pero debido a los vidrios polarizados no pudo distinguir nada.
Al terminar, lo volvió a saludar y se alejó por el Ensanche Sur. Regresó por la calle 28, y a la altura de las calles 13 y 15, lo alcanzó el Toyota. Se le puso al lado, y un hombre que le apuntaba al estómago con un arma con silenciador, le dijo:
-Sargento, vos no viste nada…, lo de la criatura. Luego, despacito, siguió su marcha. Siguió de largo.
Alegre sostuvo que no conocía al hombre que lo amenazó desde el Toyota, pero que lo había visto en dos oportunidades en el juzgado junto a Gauna.
Sobre el vehículo Toyota, señaló que lo vio varias veces circulando por Sáenz Peña, y en algunas de ellas, lo conducía el subcomisario Saúl Fortunato Gómez.
Después dijo que por lo de la criatura recibió amenazas.
Alegre denunció también el Juzgado N°1, que recibió amenazas reiteradas contra su vida y la de sus hijos a través de llamadas telefónicas generalmente hechas entre las 3 y 4 de la madrugada.
Finalmente, el 19 de agosto de 1991 recibió una notificación de que sería trasladado a la jurisdicción de Presidencia de la Plaza.
Alegre, no podía dejar Sáenz Peña porque vivía solo con sus hijos; entonces, se fue a hablar con Gauna a su domicilio y "muy enojado" le dijo:
-Me tiene que arreglar esto de mi traslado. Si no me arregla se va a saber quienes son los verdaderos delincuentes de Sáenz Peña.
Pocos días después, le informaron que su traslado había quedado sin efecto.
Julio Varela se sorprendió ante las denuncias de Nicasio Alegre:
-Me embarró este policía, este sargento Alegre, porque él era el secretario del jefe Andrés Gauna y recién apareció a los dos años, a los dos años del robo de mi Damián, diciendo que sabía donde estaba mi hijo.
¡Habían pasado dos años del robo!
El robo de mi Damián fue en 1990, y él apareció en 1992.
Y entró a hablar.
A denunciar.
A acusar.
Quiso aprovechar el programa de Susana Gimenez, diciendo que tenía datos.
El había sido retirado de su trabajo porque había comprado cosas robadas de un secuestro de la policía, y le hizo juicio a la Provincia para reintegrarse.
Creyó que hablándome yo podía presionar al Gobernador diciéndole:
-¿Por qué no lo toma a Nicasio Alegre?, me está por dar un dato sobre Damián.
Él me dijo que tenía datos de mi hijo, y fuimos a su casa a hablar con él, y le dije, que no iba a transar.
Que no iba a transar con él.
Yo estaba con mi hermano Rolando.
Casi le pegué.
Le dije que hablara. Porque sino lo iba a meter preso.
En su casa, directamente me dijo, que si él se reincorporaba a la policía, me iba a dar datos sobre el lugar donde estaba mi hijo.
Después me dijo que fue Gauna, quien lo llevaba en el auto al chico.
Pero acusó a Gauna dos años después.
Para ese entonces Gauna ya estaba muerto.
Había fallecido.
No se pudo hacer nada
…
Pero Alegre, aún vive en Sáenz Peña.
Varela tiene su propia versión de la denuncia de Nicasio Alegre.
Alegre asegura que ese día domingo, 1 de julio de 1990, él se fue a comprar carne a una carnicería ubicada en la Ruta 95, a unos siete u ocho kilómetros de mi barrio, del barrio donde fue robado Damián.
Para ir a comprar la carne, Nicasio Alegre agarró su bicicleta y salió:
- ¿Por dónde inició la ida? No sé.
Pegó la vuelta, y cuando tuvo la posibilidad de entrar por la calle 31, volvió por la orilla de la ruta hasta desembocar acá, en la calle 17, que en aquel entonces el terreno no estaba loteado, pero la calle estaba abierta.
Esa calle estaba abierta pero era imposible que transitara un vehículo ese día. Ese día, por ahí, no pasaba nadie. Lo aseguro. Por la lluvia.
Era imposible.
¡Imposible!
Después dijo que cuando regresaba encontró un vehículo empantanado o pinchado, o algo así. Y sintió el llanto de una criatura, de un chiquito.
Que en el vehículo estaba el comisario Gauna, quien le ordenó:
-Vos no viste nada. Rajá nomás.
Rajá.
Entonces, él siguió y tomó la avenida 28, -que es la céntrica-, y mientras iba por la 28 apareció un Toyota Corolla.
No tuvo en cuenta que era imposible el tránsito de un vehículo por la 28.
La 28 no estaba pavimentada y su estado era deplorable.
Varela acompañaba su relato reflexivo con gestos que marcaban más aún su desgracia.
Su inocencia.
Su genética pueblerina.
-Del Toyota Corolla le hicieron seña con un arma; seña con un arma, como diciéndole que él no había visto nada.
¿Habrá visto?
¿Habrá visto y se calló. Fue un cómplice más?
Yo le desconfío.
El siguió en su bicicleta hasta su casa.
El, supuestamente, vio al comisario y escuchó al chiquito en el automóvil, porque conocía el Peugeot 504 de su jefe, de Gauna.
Yo creo, y mis hermanos comparten conmigo, que quiso aprovechar el movimiento mío con Susana Giménez: para salir, para hablar y presionar; presionar para reintegrarse a la Policía.
El sólo quería reintegrarse a la Policía.
El dijo que no habló antes porque lo amenazaron. Que no habló por temor a que le hicieran algo a su familia.
¿Lo amenazaron?
¿Qué familia tiene este tipo?
Cuando fuimos a la casa y él me hizo la propuesta de que yo hablara en la Gobernación; lo denuncié.
Encendió un cigarrillo. Hizo una pausa.
-Y lo citaron.
Y atestiguó lo mismo que antes.
Pero todo quedó en la nada porque no se podía investigar.
No se podía investigar porque Gauna estaba muerto.
Del Toyota Corolla no dio ninguna precisión.
Todo era ambiguo.
Nada.
Y había veinte mil Toyotas Corolla en Sáenz Peña.
Después, nos pusimos a analizar; y analizando nos dimos cuenta que Alegre se estaba refiriendo al Toyota Corolla del Juez Oscar Sudriá.
Nada más, ni nada menos que del Juez Oscar Sudriá.
¡Quería embarrarme!
El comisario Saúl Fortunato Gómez se encontraba en Pampa del Infierno, lo habían trasladado a esa localidad, cuando salió a defenderse de las acusaciones del ex sargento.
Gómez acusó a Alegre de "extraterrestre", de mentiroso, y de falta de moral para hablar en contra de los funcionarios policiales y de las instituciones.
El comisario señaló entre otras cosas que los dichos de Alegre eran totalmente falsos, incoherentes y viciados de enormes contradicciones.
Son dichos que se dicen movidos evidentemente por un enorme resentimiento y por venganza.
Es habladuría.
En su denuncia al Ministerio del Interior dijo que al conductor del automóvil Toyota Corolla, lo vio hablando varias veces con el comisario Fortunato Gómez, y que lo vio dos veces con el comisario Gauna, en el Juzgado.
Luego, durante el programa de Telefe, que conduce Susana Giménez, dijo que me vio manejando el Toyota Corolla.
Estas contradicciones son inadmisibles e inaceptables, ya que no se puede afirmar una cosa en el mes de marzo y luego cambiar totalmente los dichos en un programa de televisión.
Lo que pretendió Alegre con esto, es solo dañar la moral de las personas en forma gratuita.
En otra parte de sus declaraciones, Gómez aseguró que es una persona de valor, justicia y honestidad, por ello, dijo que cuando estuvo a cargo de la jefatura de la Unidad Especial de Investigaciones de la ciudad de Sáenz Peña, trató de desbaratar las bandas que se dedicaban a delinquir en esa ciudad.
Paradójicamente, dijo Gómez, resultó que uno de los implicados en una de esas bandas era, en ese entonces, el cabo primero Nicasio Alegre y otros sujetos que componían un grupo bien orquestado que se ocupaba de llevarse lo que no era lo suyo.
Fue así que los agentes honestos secuestraron del domicilio de Alegre, un televisor color que no era suyo.
La justicia lo condenó y posteriormente la fuerza lo alejó de sus filas.
Alegre fue cesanteado y no por capricho de los funcionarios policiales, como él dijo.
Gómez agregó; el señor Julio Varela, padre de Damián, el niño desaparecido en 1990, puede más que nadie ratificar el denodado esfuerzo que realicé junto a mis hombres cuando su hijo desapareció.
La aparición de este aventurero, de este fantoche de Alegre no aportó nada a lo realizado y sólo confundió y quebrantó a la gente que siempre ha confiado en la policía.
Alegre pretendió mostrarse como una víctima
Con esta aparición, en la televisión y en los medios escritos, Alegre sólo pretendió convertirse en una cosa que no es.
Todos los que lo conocen saben que fue cesanteado de la policía del Chaco por tener una conducta indecorosa.
Nunca fue víctima, sino todo lo contrario.
Pasarán muchos años y no volverán a existir nuevos Nicasio Alegre para alegría de nuestra gente, que con argucia, falsedad y desfachatez y falta de hombría, movilizó a un canal de televisión nacional a la ciudad de Sáenz Peña para relatar hechos que nunca cometí e imputándome en forma directa sin medir el daño moral que me ocasionó.
No tengo odio.
No tengo rencor.
Sólo pido a Dios que ilumine al señor Alegre, para que no siga vociferando cosas sin fundamentos, dañando gratuitamente a personas e instituciones.
Gómez sentenció:
-"Alegre es fantasioso.
Esta acusación, que me involucra, fue la primera de los hechos que Alegre inventó y no pasará mucho tiempo más, y comenzará con otra fantasía.
La mentira y el invento son las dos cualidades más sobresalientes de este sujeto".
Por otro lado, Gómez quiso hablar como vecino y como funcionario público, a todas las personas que lo conocían y supieron de su accionar; para decirles nuevamente que los relatos de Nicasio Alegre eran irreales, soñados por él y constituyeron una blasfemia, que no lo afectó en los más mínimo, pero que lamentaba el tremendo daño que le había causado a la institución policial.
A la defensa de Gómez se sumó la del comisario de Campo Largo, Rubén Darío Maidana que envió una nota a El Diario, dirigida al ex sargento Nicasio Alegre, donde entre otras cosas acusa al ex policía de haber formado "una banda policial", con menores de edad, para delinquir en Sáenz Peña.
La carta del comisario campolarguense, decía textualmente:
"En virtud a que todavía se halla atemorizado por las amenazas recibidas, haré conocer a la opinión pública algunos puntos que usted, Nicasio Alegre, olvidó mencionar:
Olvidó decir, que usted junto a otros ex policías, en el año 1989, formaron una "banda policial" y utilizaron a un menor de apellido Flores para cometer innumerables delitos contra la propiedad en Sáenz Peña.
Olvidó decir, que los comisarios que usted calumnió, tuvieron la misión de investigar y desarticular esa banda que tanto daño hizo a la comunidad saenzpeñense y al prestigio de la repartición policial.
Olvidó decir, que los comisarios que usted calumnió, también tuvieron la desagradable misión de informar a los damnificados, que sus domicilios fueron saqueados por un menor apoyado por malos policías.
Olvidó decir, que el televisor secuestrado en su domicilio, estaba groseramente forrado con una cuerina azul, ocultado bajo trapos viejos y en venta al 30% de su valor real.
Ese televisor que no pudo reducir a tiempo, fue su condena. A usted lo condenaron sus actos delictivos no el accionar policial o judicial.
Mis expresiones tienen fundamentos.
Se basan en documentos existentes en los tribunales intervinientes y no son el producto de una animosidad personal.
Y prueba de ello, cada uno de los comisarios que usted calumnió en la actualidad están parados donde les corresponde.
Por último, si el precio a pagar por haber participado en eliminar un mal
elemento de las filas policiales es recibir estas calumnias, las acepto como tal.
Cualquiera podría pensar que la cita estaba pactada.
En la última visita a Sáenz Peña me acompañó Carlos de Bianchetti, un ingeniero químico que supo pasar por las filas del Ejército. Egresó como Subteniente de Reserva y siempre le gustó el arma de Inteligencia.
Se lo conoce con el apodo de "Cheto" por obvias razones.
Él conducía el automóvil en el que nos trasladábamos hacia Resistencia.
La ruta 16 se transformaría en la vía de escape, en la vía de exploración, en las pistas posibles que podrían haber quedado detrás de una desgracia que no es precisamente la muerte.
Que no es la muerte.
Que son pistas con destino.
Que son desgracias que nos muestran a cielo abierto que la muerte es una prolongación de la vida misma.
Que la muerte no es un estadio del dolor o de pena.
De la casa de los Varela salimos en silencio.
Algo nos había pasado.
Nadie sale igual de la casa de una familia distinta.
Hasta la ruta 95 fuimos amortiguando el golpe. Íbamos pensando. Había mucha tela para cortar. Detalles jugosos del caso. Ninguno de los dos quería salir de su propia película.
En la rotonda de la ruta 16 una comisión policial nos detuvo.
-Buenas noches, control caminero. Dijo el oficial a cargo de la patrulla.
-Buenas noches. Respondió el Cheto.
-¿A dónde se dirige? Preguntó el policía.
-A Resistencia.
-¿Tendría lugar para llevar a un oficial?
-Sí; hay lugar.
El Cheto le abrió la puerta de atrás y un hombre menudo, morocho, subió con un bolso. Saludó y se acomodó.
-¿Está listo? Le preguntó el Cheto.
-Sí, sí señor.
Arrancó el automóvil y cuando se logró la marcha crucero, le pregunté al Cheto:
-¿Qué te pareció la charla? Le pregunté, haciendo referencia a la visita que le habíamos hecho a los Varela.
Me respondió enseguida como si había captado la atmósfera:
-Yo presentí en la charla que hay dos mujeres claves en este asunto.
Una es la madre.
La madre… Algo más debe saber o, debe presentir.
Ella estaba con el bebé.
Ella es la madre.
No sé, capaz que me equivoque, pero para mí la madre es muy importante.
Y la otra persona es la vecina. Esa tal Teodora tiene que saber cómo se lo llevaron.
Porque si esa señora Teodora no participó; al menos, fue cómplice o testigo.
No tengo dudas.
Al chico no se lo tragó la tierra ni se esfumó. Por algún lado lo sacaron de la casa.
Y, sino me equivoco, creo que la vecina después se fue del barrio.
-Sí. Reafirmé.
El Cheto asintió y agregó además;
-Quedaron varios cabos sueltos con los vecinos. Porque la pregunta lógica es:
¿Para qué van a robar un bebé, cuando podrían obtenerlo con menos riesgo en cualquier barrio o en cualquier campo?
-Yo no estoy tan seguro. -Le dije-. Es un caso muy especial. No estoy seguro que el móvil del robo sea su posterior venta.
Quiero decir que no es un simple robo. ¿Me entendés Cheto. Sospecho que tiene otro aditamento que puede ser pasional, de venganza o qué se yo.
El policía iba en silencio. Escuchaba.
Escuchaba atentamente.
Mientras tanto recordé lo que pensaba Rolando Varela.
-Cheto, ¿vos sabías que el tío de Damián, Rolando, nunca descartó la hipótesis que apunta a los hijos de Teodora?.
-¿El que llegó en el Fiat 147?.
-Sí ese.
Él supone que los pibes se lo llevaron, como era costumbre, y a uno de ellos, a la nena o al nene, se le cayó el bebé accidentalmente, se le desnucó y no supieron enfrentar la situación y lo hicieron desaparecer.
La madre lo hizo desaparecer.
-Sí, pero si hubiera pasado eso, los chicos se hubieran quebrado en algún momento. Dijo en tono reflexivo el Cheto. Y agregó, eran pibes muy chicos. En algún momento iban a contar.
-Bueno, mirá al tío de Damián, no se le puede sacar la idea de la cabeza de que Damián está muerto.
-¿Qué el bebé está muerto?
-Sí. El cree que la madre de los chicos hizo desaparecer el cadáver de Damián.
Sin embargo, los padres no conciben que Damián esté muerto.
Para ellos está vivo. A tal punto, que Beti dijo:
-Yo sé.
-Yo siento.
-Mi hijo está vivo.
Y Julio también aseguró:
-Mi hijo Damián está vivo.
-¡Está vivo y está bien! Eso nadie me lo saca de la cabeza.
En ese contexto de conversación, le di a entender que podía ser que Damián se haya (hubiera) criado en Sáenz Peña.
Beti me miró. No sé qué me quiso decir. Por ahí pienso que me quiso dar la razón. Por ahí pienso que la sorprendí.
Julio, sí, se sorprendió y no disimuló en los gestos. Se pasó la mano derecha por la cabeza, encendió un cigarrillo, y dijo:
-Reconozco que nunca se me ocurrió la idea de que pudiera estar en Sáenz Peña.
-Aunque dudo en realidad que esté en Sáenz Peña.
-Para mí se lo llevaron a una gran ciudad con una familia rica.
-Yo le digo siempre a mi mujer, a Beti, que nosotros no somos ricos pero a él no le faltaba nada, ni le iba a faltar, igual que a mis otros hijos.
Julio desató la fantasía popular que a menudo disimula la pérdida de bebés en las regiones pobres.
El policía seguía quieto en silencio. El Cheto mantenía su estado reflexivo.
-Es un caso complicado; dije.
Y tirándome sobre el asiento me puse en una posición más cómoda para recordar mi breve contacto telefónico con el comisario Saúl Fortunato Gómez:
-Buenas tardes, don Gómez.
-Buenas tardes, señor.
-Mire yo quería hablar con usted, porque tengo entendido que participó como policía en dos casos muy impactantes para la opinión pública del Chaco.
En la emboscada a los bandoleros rurales, Isidro Velázquez y Vicente Gaúna, en 1967, y en las investigaciones sobre el robo de un bebé llamado Damián Varela en 1990.
-No señor. En el caso Velázquez y Gaúna yo no participé. Sí trabajé en el caso del pibe robado en el Barrio de las 713 Viviendas de aquí, de Sáenz Peña.
-¿Y qué recuerda don Gómez?
-Hemos investigado todo sin resultado. Los padres del pibe andaban con los curanderos y esas cosas.
-Yo no recuerdo mucho porque ahora estoy jubilado. Estoy disfrutando de mi jubilación y de mis nietos.
¿Usted de donde me habla?
-Le hablo desde Córdoba.
-¡Eeeh! De ese caso recuerdo que él que más se movía era el padre del chico. Él estaba muy interesado en esclarecer el robo. Pero la madre del chico colaboraba poco.
-Se decía, -porque nosotros no pudimos investigar, no pudimos meternos en la vida privada-, se decía que la madre andaba con unos camioneros, y que uno de ellos se llevó el pibe.
-Se hablaba que era el verdadero padre. Pero de ahí…
-¿A usted lo involucraron en el caso?
-Sí. Pero ya pasó y no quiero hablar de eso. Ya le dije antes señor, ahora estoy jubilado, disfrutando de mis nietos, y no quiero ni recordar lo que pasó.
A Gómez se lo sintió contrariado, molesto, ante la pregunta sobre lo denunciado por el ex sargento Nicasio Alegre.
-Lo que pasó señor es que yo estaba al frente de Investigaciones y desbaratamos una banda que cometía robos a propiedades en esa época y nos dimos con la sorpresa de que uno de los integrantes de esa banda era este suboficial Alegre, quien luego por venganza me involucró.
Una frenada brusca del automóvil provocó un intervalo. La ruta 16 a la altura del empalme con la ruta 4, cerca del acceso a Quitilipi, era un infierno.
El tránsito pesado era tedioso.
Se circulaba a 40 kilómetros por hora.
Cuando se normalizó el viaje, yo abrí el diálogo con el policía.
-¿Qué grado tiene oficial?
-Soy Subayudante. Lo que sucedió es que yo era suboficial y me dieron la oportunidad de rendir el ascenso para ser oficial.
-¡Ah. Qué bueno!
-¿Y ustedes son abogados? Preguntó el policía.
-No, no. Se apuró a responder el Cheto.
-¿Y a qué viajás a Resistencia? Le pregunté.
-A visitar a mis padres.
-¿Desde cuando trabajás en Sáenz Peña?
-Desde 1990. Fue mi primer destino. Aquí tengo mis hijos, mi ex mujer.
-¿Tuviste otro destino?
-No.
-Entonces, vos sentiste hablar del robo de un bebé. De Damián Varela, en 1990.
-Sí, sí claro. Yo era nuevito. Recién llegaba a Sáenz Peña. Me destinaron a Investigaciones.
Trabajé con el comisario Gómez.
-¿Con Saúl Fortunato Gómez?
-Sí, fue mi jefe.
-¿Y qué sabían ustedes del caso?
-Nunca se supo nada en realidad.
-Dentro de la policía se le cargaba las tintas a la madre. Pero nunca se supo nada, fehacientemente, nada. Y creo que desde los mismos jefes empezaron a sospechar de la madre del chico.
-¿Pero qué investigaban ustedes?
-Y nosotros investigábamos los datos que nos aportaban los vecinos y los familiares.
-¿Ustedes no tenían pistas propias?
-Sí, pero teníamos mucha cautela. En esa época los jefes policiales de Sáenz Peña eran muy mujeriegos.
El finado Gauna, el jefe que se mató en un accidente automovilístico era terrible. Tenía más mujeres que tiras. Él y otros comisarios tenían muchas amigas enfermeras y se vivía un ambiente jodido. Uno se cuidaba. Investigaba hasta por ahí nomás porque si uno se metía a fondo podía pisar callos de algún jefe.
Y si pisabas algún callo, te esperaba un traslado.
Venían los traslados compulsivos.
Por ejemplo, si me hubiesen trasladado a mí de Sáenz Peña me hubieran perjudicado tremendamente, porque yo tenía mi casa y mis hijos aquí.
Era jodido.
La policía de Sáenz Peña en esos años estaba bajo la lupa de la jefatura.
En una oportunidad mandaron de Resistencia a un investigador de apellido Aranda y creo que también anduvieron policías federales.
Después hubo una movida.
Trasladaron a todos los jefes.
Se hablaba de corrupción.
Se hablaba de vicios.
Decían que eran jefes que se habían formado durante la dictadura militar y que no se llevaban bien con la democracia.
Decían que en esa época se egresaba de la Escuela de Policía del Chaco con el certificado de impunidad bajo el brazo.
Decían que no se acomodaban.
Entonces, parece que se resintieron y empezaron a desafiar al sistema desde pequeñas bandas que operaban en Sáenz Peña.
Cuando escuchaban que el país estaba bajo el imperio de la ley, o que había que respetar los derechos humanos, o que necesitaban una orden de la justicia para intervenir o para los procedimientos, se ponían locos.
¡Locos!
Por debajo, la gente los acusaba de delitos contra la propiedad. Que participaban en robos de automóviles. Que participaban en juegos clandestinos. Que cobraban peaje a las chicas.
Y, aparentemente, en un hecho "mejicanearon" a un pinche, y éste se las habría cobrado dando a conocer algunas correrías.
La acusación del pinche involucró a varios comisarios y subcomisarios, y en el caso del bebé robado, directamente acusó al finado Gauna y a Saúl Fortunato Gómez.
Según el pinche en un operativo cerrojo que se llevaba a cabo el día del robo, que creo que era domingo, estaba él y cayó Gauna que llevaba supuestamente un bebé en su automóvil. Lo dejaron pasar porque era el jefe.
La impunidad de la jefatura.
Y parece que ese bebé era el robado a la familia Varela. Luego, dicen, que lo llevaron a Pampa del Indio.
¡A Pampa del Indio!
En el ajuste de cuentas no hubo piedad.
El silencio dio un respiro.
El automóvil llegaba a Machagay y yo propuse tomar un café en el hotel Le Park, y de paso saludaría a mi amigo, el viejo Leopoldo Jordan.
El Cheto aceptó y estacionó frente a la puerta del hotel. Nos bajamos y el policía no se movía. Tuvimos que insistirle para que nos acompañase.
"El viejo Leo", así le digo yo, cariñosamente, por el respeto y el afecto que se ganó como uno de los militantes montoneros más inteligente que hubo.
En la cárcel se ganó el apodo de "bembero" en alusión a la primera radio rebelde de Cuba, La Bemba, porque era un apasionado en la búsqueda y en el invento de novedades y noticias que, luego hacía circular entre sus compañeros de celda.
"El viejo Leo" no estaba pero tomamos café. El policía compartió la mesa con nosotros.
-Aquí también hicimos un operativo por el bebé robado. Allanamos una casa. Dijo el policía.
El Cheto lo miró, e invitó:
-¿Vamos?
Salimos y retomamos la ruta 16 en el mismo momento en que yo alenté al policía para que recuerde a qué datos tuvo acceso en el caso Varela. A esa altura ya no tenía reparos.
-Una noche me tocó compartir servicio con un compinche, y en reserva, mate va, mate viene, me dijo:
-Sabés que este fin de semana me visitaron la cuñada y el compadre. Y salió el tema del pibe robado en el barrio de las 713 Viviendas. Me aconsejaron que me haga el burro.
-Ella conocía bien a la prima de los Varela que me contó que los jefes están entreverados con varias enfermeras, y uno de ellos, las había prepeado para que le consiguieran un bebé.
-Necesito un bebé de buena apariencia para unos parientes.
Y Juana que estaba en el entrevero, le dijo sarcásticamente:
-¿Por qué no te llevás el hijo que tenés en el barrio de las 713 Viviendas?
-Todos sonrieron y él se pavoneaba como un gallo colorado.
-Mientras el policía contaba con lujo y detalle el entrevero entre jefes y enfermeras, yo me imaginaba al comisario dándose el lugar de macho latinoamericano, de un "latin lover" mal entrazado.
-¡Aah, sí! Reaccionó Juana.
La amante pasó del sarcasmo al rojo furia de celos.
-Te vamos a conseguir uno. Dijo con ánimo de revancha.
Se miraron con la complicidad que da vestir muchas horas guardapolvos blancos.
Siempre manchados.
Siempre sucios.
Y de allí surgió el plan del robo de ese pibe que parece que no era hijo del jefe. Sino que una compañera de trabajo celaba y estaba envidiosa de Juana, entonces le hizo creer que era guampuda, porque compartía el amante con una mujer del barrio con quien había tenido un hijo.
La bronca le hacía salir espuma de la boca a Juana.
Las enfermeras hicieron causa común con la despechada y comprobaron que había un solo bebé en ese barrio, por lo tanto, dedujeron que era ese.
Recabaron toda la información posible sobre la madre y los movimientos familiares, hasta que, finalmente, orquestaron el golpe.
En los hechos hubo una serie de actitudes de verdaderas malvadas. Hubo malicia. Algunas de las mujeres que intervinieron sabían que la amante de Gauna no era la madre del bebé sino otra vecina. Pero nadie dijo nada.
Juana también contó con la colaboración de otras personas.
Ese día, una de ellas corrió con el nene hasta una esquina donde la esperaba un subcomisario en su automóvil, y luego lo llevaron a Pampa del Indio.
¡A Pampa del Indio!
Y de vez en cuando lo llevaban a Quitilipi.
¡A Quitilipi!
Después dijeron que al pibe lo tenían en General San Martín, o cerca. Por aquellos lados.
Y a veces lo traen a Sáenz Peña.
Lo último que se supo fue que al pibe lo hacían pasar como ahijado del jefe.
¿Ahijado de Gauna?
Ni sí, ni no.
-¡Qué interesante esa pista, oficial!
¡Parece una novela de enredos! Le dije yo.
E inmediatamente, recordé lo que había escuchado de la boca de aquel viejo que visitamos con Gregorio en Quitilipi.
Los datos coincidían.
-Pero fueron todas versiones que nunca se pudo constatar, ni tampoco se investigaron. Aclaró el policía, quien enseguida quiso contar otra versión.
Otra versión.
El Cheto sacó el pie del acelerador porque estábamos en Presidencia de la Plaza. En la estación de servicio -que creo es de la familia Rey- Bajé a comprar agua. Compré para los tres, pero yo me reservé una botella. Había mucho que tragar y mi boca no tardaba en ponerse pastosa.
Seguimos la marcha, y el policía era quien manejaba los tiempos de la conversación que en tramos se reducía a un monólogo jugoso.
-Pero también corrió una versión por Sáenz Peña que involucró a otro jefe que solía darnos sermones, y no se cansaba de nombrar a Dios.
No sé si estaba loco, o creía que nosotros no sabíamos quién era él.
Cuando nos cagaba a pedo e invocaba a Dios, nos mirábamos entre los compañeros porque siempre había uno que traía "la última del jefe".
En la policía se decía que la mujer de él siempre estaba enferma, y que no podía tener hijos. Que había adoptado dos chicos y que en la época que robaron al pibe, la mujer se había emperrado en tener un varoncito.
El jefe buscó, pero era muy puntilloso muy jodido para eso. No quería cualquier pendejo. Había encargado a todas las enfermeras, y una amiga con derecho a roce que tenía, le preguntó si se animaba a sacarle el hijo al mecánico Varela que vivía en las 713 Viviendas.
-Si me gusta se lo saco. Dijo el jefe haciendo gala de su falsa hombría y de la impunidad que se le había pegado en la piel en los años de plomo.
La amiga lo llevó hasta la casa de la vecina de los Varela, y allí el jefe lo vio al bebé. Lo había traído la Vero para cambiarlo y jugar con él.
Al jefe le gustó.
-Tiene ojos chicos. Está triste este bebé. Dijo examinándolo a distancia como conocedor de ganados.
-¿El cabello es castaño oscuro; no?
-Sí. Parece que sí. Le respondió su amiga en colaboración con la dueña de casa.
-¿Ojos?
-Para mí son marrones; contestó la amiga. Y la dueña de casa, agregó.
-Marrón oscuro.
-Nariz chiquita.
-Boca chiquita.
-Sí (acá va coma) le va a gustar a la rayada. Refiriéndose a su mujer.
-Queda en tus manos. Le dijo a su amiga.
-Pero vos me tenés que ayudar. Que creés que sos. Y después tendrás que darme algo a cambio.
-Eso ya vamos a hablar. Todavía tengo a favor algunas cosas.
-No te hagás el loco conmigo. Mirá que yo no soy la loca de tu mujer.
-Sí ya sé. ¡Vos sos una viva!
Sonrieron.
-Por eso ando con vos. Retrucó la amiga.
Se largaron una carcajada.
La Vero seguía jugando con Damián.
Ya estábamos en Makallé. Habíamos pasado la estación de peaje y el policía aportó un dato importante.
-Dicen que cuando la mujer se llevaba corriendo al bebé lo vio una chica, una tal Marta Gutiérrez, pero no se fijó bien y no pudo brindar muchos detalles.
-Ella volvía a su casa con una amiga y la cruzó a la mujer que iba con el bebé en brazos.
A la altura de Puerto Tirol, me animé a preguntarle:
-¿Oficial, y no lo habrán vendido?
-También puede ser. No es descabellado, porque en esa época, pasaba cualquier cosa.
Pero dicen que hay muchos pibes en Sáenz Peña que no están anotados en el Registro Civil.
Las iglesias evangélicas son las que más información tienen sobre estos casos. Hay varios policías que son pastores en esas iglesias.
Habría que ver.
Hay un comisario que va con su familia a uno de esos templos, va con un hijo más que todo.
-¿Con quién?
-Con un hijo
-¿Cómo se llama?
-Creo que le dicen Saulito.
Al Cheto lo embargó la desesperación de llegar a Resistencia. Tanta era la desesperación por llegar que en la rotonda de ingreso casi seguimos para Formosa.
Cuando entramos a la ciudad, el Cheto le preguntó:
-¿A dónde se baja maestro?
-¿Ustedes siguen para el centro?
-Sí.
-Déjeme enfrente de la Casa de Gobierno. Allí tomo el ómnibus que me deja en el barrio; explicó el oficial, señalándonos algo.
Llegamos a la esquina señalada. Nos dimos la mano, pero ni un dato más. Después pensé que pudo haber sido una norma de seguridad.
Había hablado como para desahogarse. O tal vez, no sabía que las aberraciones no prescriben.
El Cheto ni lo quiso mirar. Lo saludó con la mirada fija hacia delante.
Otro mundo
Nadie estaba seguro ¡Quién lo podría estar, con tanta fantasía!
¡Con tantas promesas!
¡Otro mundo!
En Pampa del Indio empezó otro derrotero de un viaje que terminó en una casilla de latas en el asentamiento Los Pumas, en Rosario.
¿Metamorfosis?
¿El destino?
Todo empezó en la Pampa, cuando las familias dieron el sí al sueño de viajar. No sabían a dónde.
Las tierras. Siempre las tierras.
Llegaron a Rosario con ojos grandes de no saber dónde estaban, y qué hacer. También los ojos grandes para ver otro mundo.
Estaban juntos. Siempre juntos.
La violencia se nota en la ciudad. Y la violencia no es dulce. La sabiduría ancestral es pisoteada por la viveza del cemento y las luces de neón.
El nuevo lugar fue el asentamiento Los Pumas. Otros llegaron más tarde, y se amontonaron en el piso.
¿Por qué aquello era tan barato?
¿Quién alquila tan caro el mundo?
La violencia se nota.
A veces cuesta vivir.
A veces cuesta un poco.
A veces cuesta mucho.
Y otras veces se hace imposible.
Otro mundo.
A veces se está gordo de pobreza: Y se está saciado, pero no alimentado.
A veces se necesita. Y se entra en deuda. Deuda que se hace permanente. Deuda que se hace ulcerosa. Deuda que molesta.
Otras veces, nos embarga el abandono: Y se presenta la promiscuidad. Es cuando se desconoce la frontera y la osadía abre la puerta trasera de la vida. Se vende un hijo. Se roba un chico. Se viola una nena. Se suicida la humanidad, y el amanecer es hoy.
Y se hace insoportable la miseria.
Sobretodo bajo el zumbido de las balas, o cuando silban los vicios y las estampidas duelen.
Los sin dientes se ríen.
Y las balas se cruzan de vereda.
No son balas revolucionarias, no son de guerras convencionales.
Son balas marginadas de quienes se tirotean con la desgracia. De quienes saben que nunca podrán comprar una camioneta Land Rover, ni podrán hacer uso de ese bienestar.
De quienes saben que trabajar es una condena en un mundo aceptado a la fuerza.
La lluvia de balas persiste en la villa miseria que se extiende por toda la ciudad.
Desde una ventana las vecinas vieron todo, pero no vieron nada.
¡Uy!¡Uy!¡Uy..!
Salió un niño corriendo de la casilla de doña Beti que, como todas las casillas del barrio, está sin alma. En algunas humean los cariños que se cocinan con leñas de supervivencia.
-¡Es el hijo de Beti! ¡Es Damián!
-No tía. Es un pendejo rubio de ojos celestes. Parece que se lleva algo.
-Pero no nena. Es morochito. No ves los ojitos negros, los ojitos vivaces, la piel trigueña, el pelo castaño.
-Y una bala lo persigue, tía.
¡Uy! Le veo el impacto en su espalda. De aquí parece que el orificio está muy cerca de la columna vertebral.
Cayó.
¿Será una balacera por el Paco?
Está llorando.
Un llanto, un gemido, despertó a una madre. Por detrás, va la Beti.
-Ahí va desesperada. Vení nena. Mirá lo que está pasando.
Se largó. Corrió. Revoleó las chancletas. Colgó su gordura desidiosa en los alambres de púas del viento y lo alcanzó.
No lloraba. Apenas un gemido. Lo alzó en brazos y se cubrió de sangre, moco y lágrimas de su hijo.
Como por arte de magia apareció un Peugeot 504, con vidrios polarizados, sin patente y gomas lisas. Alguien abrió la puerta y Beti se metió con su hijo.
Todo fue un instante.
La balacera se detuvo para dar paso al chillar de las gomas del auto. Lo trasladaron directamente al hospital porque en la salita de primeros auxilios la enfermera estaba atendiendo otro parto.
La Negra daba a luz a su tercer hijo.
En el barrio había silencio y miradas cargadas.
Los vecinos que se acercaron al hospital dicen que si se salva, quedará postrado.
¿Se salvará?
De todas maneras, será otro mundo.
Otro mundo.
El caso Pampa Bandera
En Pampa Bandera nadie llora. Hay un pecho gigante que se aguanta todo. Parece un muro que se endurece ante los sentimientos. Y sobretodo, cuando las manifestaciones son bien genuinas. Allí vive la familia Villa. No importa cuál de las hijas de los Villa; una de ellas, hoy mayor de edad, saltó ese terrible obstáculo. Y lo pudo. Y vaya si lo pudo, que vivió la pasión y el amor a cuenta de todos los que se quedaron detrás de ese muro.
El padre había llegado de España y en el Chaco cambió el hambre por la crianza de cerdos. Lo único que trajo en cosas del saber. Trabajaba tan bien, con tanto empeño, como su hija, la que saltó el muro, gozaba con los hombres.
Tenía la misma cantidad de cerdos en el corral que hombres que habían pasado por la cama de su hija.
Sólo una vez bastó para siempre: Padre e hija se rezongaron duro ante la mirada gélida de la madre que permaneció muda como una tapia.
La hija embarazada le garantizó al padre que el problema estaba solucionado. El sólo tenía que soportar verla en estado de gravidez. Acompañar la angelical metamorfosis que sufriría ella, sin preguntar de quién era.
Así pasaron las nueve lunas como si nada hubiera ocurrido.
La rutina era un tornado. No hubo novedades, ni sorpresas. Lo mismo de siempre era arrollador.
En la casa de los Villa nada había ocurrido y la hija no cambió de hábitos.
El día llegó.
Ella no salió de su habitación. No llamó a nadie. En cuclillas y haciendo fuerza lo expulsó.
Tenía la esperanza que naciera muerto, pero sobrevivió. Se cortó la placenta, se puso un trapo para detener la sangre y descansó lo que pudo. Un rato.
Había hecho mucha fuerza.
Estaba preocupada por el llanto aunque nadie escuchó. El trabajo los aislaba.
La ocupación.
El padre y la madre presentían. No querían salir del chiquero. Al asomarse la luna no hubo más excusas.
Cuando entraron a la casa, cada uno se envolvió en la rutina doméstica. La hija seguía encerrada en su cuarto.
Esa noche no salió ni a cenar. El acuerdo tácito no permitía ninguna pregunta.
Ella se mantuvo despierta. A veces dormitaba y lo abrazaba para callar el llanto. En un descuido se vio las tetas hinchadas y probó amamantarlo.
Era para que callase.
Lo miró varias veces como preguntándole.
¿Para qué viniste?
Sabía que a las cinco ya había movimiento en la casa. Calculó que estaría cerca y se apuró, lo acomodó desnudo en el centro de una sábana que ató sus cuatro puntas y salió rápidamente. Parecía que llevaba una muda de ropa sucia. Caminó hasta el chiquero, como si estuviera tirando basura lo echó a los cerdos, que disimularon el último llanto masticándolo sin pausa.
Ella se dio vuelta y tiró la sábana ensangrentada en un tambor que se utilizaba para la limpieza del corral.
Después inició el regreso más tranquila. Entre el chiquero y la casa había casi cien metros. En esos metros fue reponiéndose y demostrando haber cumplido con el acuerdo:
El problema estaba solucionado.
Con jactancia y como si llegara de un baile se sentó a la mesa donde estaba su padre mateando.
En silencio le alcanzó un amargo. Ella interpretó que su padre había admitido que sabía solucionar sus problemas y que de aquí en más, ella era de otro mundo.
Su madre vivaba el fuego de la cocina a leña. La pava estaba negra. En su infancia en Extremadura, en España, los puercos vivían con ellos en un establo. Era una mañana nostálgica para la madre que no sabía por qué habían vuelto esos recuerdos tan lejanos.
Los días pasaron como pasan en la geografía chaqueña. Con más penas que glorias.
Ella no respetó la cuarentena. No sabía. Y si hubiese sabido era igual. Ya no tenía nada que respetar. La vida era eso y nada más.
Estaba convencida que con su padre la deuda se había saldado.
Ahora, el turno era de Moncho. Lo persiguió, acortó distancia, encaró, y le hizo sentir el aliento en la oreja.
Moncho era corto, pero de carne. Cuando le acercó los labios y le vio las piernas, no resistió, y se dijo asimismo, -perdón gallego- porque lo respetaba mucho al padre de la muchacha.
El Moncho no tenía respiro. No tenía sosiego. Estaba enconchado. Le cambió la vida.
Y una de esas siestas caprichosas, cuando la tierra quema lagartijas, ella encontró al Moncho en las cuatro bocas y con una sonrisa le dijo:
-Me parece que vas a ser papá.
El Moncho abrió los ojos y se atragantó con saliva. No tenía ni una gota de caña para pasar el mal trago.
-Yo no, vos serás. Le respondió con la cara roja como su pañuelo.
-No te preocupes, le decía ella entre caricias. Está todo solucionado.
El Moncho guapeó la circunstancia y no se lo vio más por la zona. Le avisó al patrón que se tenía que ir por unos días y a la vieja que quería hablar con su hermana Paulina. Atravesó campos y montes, iba de tramo en tramo, y apareció en Sáenz Peña para sorpresa de Paulina. Ahí se quedó, y entre changas y changas, aguantó el chubasco sin saber qué estaba pasando en su pago. Mientras tanto, ella seguía en la suya, con su panza en forma, conquistó a Walterio.
Estaba casado pero desde que la conoció le tuvo ganas y, la oportunidad, llegó. Walterio era de cuatrerear de vez en cuando y desaparecía a menudo de su rancho.
Había conseguido una compañía ideal porque ella no le hacía asco a las andanzas. Pero, como mujer caliente, de rasgos campestres y actitud latina, lo sedujo totalmente a Walterio y lo volvió más que celoso.
Era impensable ver a un corajudo como Walterio tan pendiente de ella. A tal punto, que en varios almacenes de campaña hubo peleas por la forma de mirar de algunos parroquianos.
Las condiciones impuestas por Walterio era que no quería que tenga el hijo que no era de él, y que aún ella llevaba en su vientre.
-Está bien, yo por vos, hago cualquier cosa. Le dijo ella. El estaba recostado sobre un quebracho joven. Eso lo entonó y sacó de su cintura un trago.
-Dame unos meses, lo tengo y nunca más lo verás. Walterio aceptó.
Una mañana apareció una camioneta buscando mano de obra para cargar unos camiones a pocas leguas de donde se afincó la pareja. Walterio aceptó el trabajo, pero si iba con su compañera. A la hora, él era uno más de los changarines que acarreaban bolsas, mientras ella se acercó a la casa del patrón, pidió un vaso de agua, y buscó la forma:
-¿Señora, no sabe quien quiere un bebé?
La dueña de casa, la miró y le preguntó:
-¿El tuyo? Y le clavó la vista en la panza.
-Sí
-¿Y por qué lo querés dar?
-Porque no lo puedo mantener.
-Mirá, hay una familia en Quitilipi que quiere adoptar un bebé. Yo conozco a la señora. Es buena gente. Pero recién la veré el fin de semana.
-Bueno, pregúntele.
-Vos, ¿para cuando esperás?
-Creo que me falta poco. Un mes más o menos.
-¿Y quién te atiende?
-Yo nomás.
Walterio quedó con trabajo por una semana y esa noche, la señora le comenta a su marido lo conversado con la muchacha.
-Es bien parecida la chica. Al concubino le di trabajo. Comentó el colono mientras se lavaba la cara y se higienizaba.
-Este sábado voy a hablar con la Eloida Villalba. Ella anda buscando un nene para adoptar.
-Comentale nomás. Pero que ella venga y arregle con la chica. Porque viste como es este asunto. Los comedidos salen siempre mal.
El sábado bien temprano Teodora se fue para la casa de los Villalba. Tocó timbre y salió Eloida. Se saludaron. Eloida la invitó a pasar:
-Qué sorpresa Teodora. Pasá vamos a tomar unos mates. Recién se acaba de ir Tito al campo.
-Nosotros llegamos anoche.
-Ah!
Y mientras Eloida preparaba el mate, Teodora elogiaba las reformas que habían hecho los Villalba a la casa.
-Hacemos lo que se puede Teodora. Viste cómo está la situación.
-Si nosotros también nos embarcamos en una construcción en el campo y no sabemos si seguir. Para colmo el Cacho está estudiando en Corrientes y es todo un presupuesto.
-Debe ser.
Eloida pasa el primer mate cebado. Teodora lo toma, se cuida que no chille, y va al tema.
-Vos seguís con la idea de adoptar.
-Sí. Pero me tienen de aquí para allá. Parece realmente un parto, Teodora. ¡Es increíble! A uno que quiere hacer las cosas bien se la hacen difícil, engorroso. Parece que todo está hecho para quienes roban, trafican, delinquen. Tito y Yo no queremos comprar porque después es tremendo. ¿Viste?
¿Por qué me preguntás?
-Te pregunto, porque el otro día, creo que fue el jueves, mi marido se trajo gente para cargar el camión y llegó una pareja, que la chica está embarazada. Está por tener ya. Y en un momento, se me acerca a pedirme un vaso de agua y me pregunta sino sabía de alguien que quisiera un bebé. Y enseguida me acordé de vos.
Eloida tuvo un momento de reflexión que disimuló con el quehacer del mate.
-¿Y la chica está bien?. ¿Está atendida?
-Yo le hice algunas preguntas y la miré. Pero no me atreví a más. Ella parece de una familia bien. Está bien comida, bien vestida. Es joven. Pero cuando le pregunté quién la atendía me contestó que ella nomás.
Mirá, conversalo con Tito y si deciden algo háganse una escapada. Nosotros el lunes nos vamos al campo.
-¿Ellos están allá?
-Sí porque hay trabajo por una semana. Teodora se aprontó para irse. Le dio un beso y le dijo:
-Me voy Eloida porque tengo que pasar por la carnicería. Eloida la besó y quedó que lo conversaría con Tito, y cualquier cosa se iba a dar una vuelta a la tardecita.
Así fue.
Anochecía en Quitilipi cuando los Villalba estaban en la puerta de la casa de Teodora.
-Un ratito nomás. Mirá, decile a la chica que vamos el miércoles a conocerla.
-Bueno, bueno. Pero decile a Tito que se baje.
-No, vamos a cenar con el padre Guillermo, así lo consultamos también.
El padre Guillermo era un sacerdote franciscano que conocía muy bien la idiosincrasia chaqueña.
El lunes Teodora llegó al campo y llamó a la chica. Le anticipó que el miércoles venía una pareja a conocerla.
Ella no se inmutó. Dijo un seco y escueto:
-¡Eh!
El miércoles tempranísimo la renoleta de los Villalba partió de Quitilipi hacia el campo. Cerca del mediodía, Eloida y Tito se acomodaban en la galería de la casona de Teodora. La conversación era mate a mate sobre una mesa de pan casero, queso de chancho y embutidos caseros. La espera no fue tensa.
Ella golpeó las manos.
-Pasá nena. Le dijo Teodora.
La panza y el rostro bonito de la chica seducían. Hubo un esplendor. La ternura se hizo presente e impactó en Eloida, y después se supo que también impactó en Tito.
La hicieron sentar, y en un clima amable, se conocieron.
La muchacha soportó estoicamente una lluvia de preguntas, y de miradas que fueron tan inquisidoras como insinuantes. No quiso almorzar. Sólo bebió agua.
Ya distendidos, Eloida le preguntó:
-¿Y vos, nena, qué querés por el chico?
-¡Nada! Que se lo lleven.
-Pero vos, después vas a querer verlo. O te podés arrepentir.
-No, no, no. Yo me voy a vivir a otro lado. A Buenos Aires. Allá tengo parientes.
-¡Ah! Y otra cosa ¿Dónde lo vas a tener?
-En la pieza, en la casa de mis papás.
-¿Y quién te va a atender?
-Yo nomás. Siempre los tengo sola.
-¿Cómo? ¡Ah! Ya tuviste otros.
-Sí. Uno.
-¿Y dónde está ese chico?
-No sé. Me parece que se lo llevaron a otro país.
-¡Ah! -Suspiró Eloida y mirándolo a Tito, le dijo:
- Bueno, pero si querés darnos, vamos a hacer bien los papeles y te llevaremos a que te atiendan en una clínica.
-No hace falta. Una vez que yo lo tenga, vengo, le aviso a la señora y ustedes vienen a buscarlo.
-Pero si pasa algo.
-No se preocupe. Está todo solucionado. Se van a llevar un lindo bebe. Se lo prometo.
-¿Y lo papeles?
-Lo hacen ustedes. Yo no existo.
Ese era un obstáculo para los Villalba.
Al finalizar la changa la muchacha desapareció con su pareja.
Los Villalba no tuvieron tiempo de planificar nada en el pueblo cuando Teodora ansiosa le avisó que estaba la chica con un nene precioso esperándolo en el campo.
Las circunstancias empujaron a Eloida y Tito. Se vieron, en un abrir y cerrar de ojo, con un niñito en su poder.
Cuando los Villalba se encontraron con el chico fue un momento indescriptible. A Eloida le salió del alma:
-Parece un sueño.
-¡Qué lindo es! Repetía Tito, besándolo.
-Vio. Yo se lo prometí; dijo ella, con la misma jactancia que tuvo al sentarse a la mesa de su padre después que los chanchos comieran su primer hijo.
Los Villalba la llevaron hasta su rancho y de la emoción y por agradecimiento, Eloida bajó la guardia y le dio el domicilio.
-Por si necesitás cualquier cosa; le dijo.
El regreso a Quitilipi fue veloz, no cabía una incertidumbre más. Las dudas escarbaban la alegría.
El nene era precioso, pero lo tenía que ver un médico y había que comprarle ropa.
Todo había cambiado para los Villalba.
Otro mundo.
En tanto, ella, apenas bajó de la renoleta encaró hacia donde la esperaba Walterio. Y lo miró, como diciéndole:
-Cumplí.
El parecía un pavo real. Ella una desafiante. Deambularon por la zona a pura changa hasta que se cansaron.
Ella pedía más.
El ya no le podía dar tanto.
Atravesaron situaciones críticas. Walterio se acordó que cuatrereando no le había ido mal. Estaban en la casa de un amigo en La Escondida y se fueron sin saludar.
En Machagai volvió al ambiente y la primera experiencia con ella fue en la Colonia de Aborígenes. Luego le tocó el turno a Napalpí, y en la tercera, cayeron en Presidencia de la Plaza.
Estuvieron presos por varias causas. Incluso por el homicidio de un ganadero
que ocurrió en Las Breñas donde jamás estuvieron.
Presos, y separados.
Cada uno en un mundo.
Otros mundos.
Pasaron más de tres años.
Salieron por buena conducta y se encontraron por casualidad en Sáenz Peña. Ella apenas logró la libertad se fue a la estación del ferrocarril como si fuera a pasar un tren que la llevase a su lugar en el mundo. El ya estaba en ese mojón del pasado pueblerino. Asomaba de lo que había quedado de un baño público. El reencuentro fue a toda máquina.
Ya no eran los mismos.
Deambularon. Se reían. De vez en cuando se agredían pero no pasaba a mayores.
Esa noche durmieron en un aguantadero que le habían apuntado a él en la alcaidía. Ella aprendió a fumar.
Y fumando recordó donde estaba su hijo.
-Seguro que son caretas. Son unos pitucos con olor a perfume. Mirá, vos aquí conmigo cagándote de hambre y tu hijo comiendo con postre. Le dijo, en tono de reproche Walterio.
Ella encogió los hombros, y sólo atinó a responder:
-Y… Bueno. Aunque sea él.
Hubo un instante para la ocurrencia.
A Walterio se le ocurrió Quitilipi.
Quitilipi.
-¡Vamos!
-Andá, presentate en lo del "punto ese de Villalba" y pedile dinero.
Si te mañerean, amenazalo con que le vas a decir al chico que vos sos la madre. Se van a cagar esos perejiles y te van a dar. Te van a dar. Haceme caso. Decile que necesitás ayuda.
A dedo llegaron hasta la rotonda de la ruta 16.
A dedo llegaron hasta el acceso de Quitilipi.
Y caminaron.
Walterio esperó en la plaza, donde tuvo tiempo de cambiarse varias veces de banco para que la policía que estaba enfrente no sospechara de él. Pidió un faso a un transeúnte, lo encendió y fumaba como si estuviera esperando cobrar un subsidio otorgado. Se cambió varias veces de banco hasta quedar frente a frente con la imagen de San Antonio de Padua que salía ileso, como pidiendo permiso, de una iglesia quitilipense atacada de humedad.
Mientras tanto, ella iba hacia lo de Villalba.
Cuando la vio Eloida se quiso morir, pero sacó fuerza de donde pudo.
-Hola nena. ¡Tanto tiempo!
-Cómo le va señora.
-Bien. No te hago pasar porque ya me estaba yendo al colegio.
-No importa. ¿Cómo está la cría?
-Bien. Muy bien. Ahora está en el colegio.
-Es parecido a mí ¿No cierto?
-Sí, sí. Dijo de cumplido Eloida y se notó mucho como bajó la vista.
-¡Eh! Siempre pensé que era parecido a mí. Pero ahora vengo porque ando necesitando unos pesos. Ella ya tenía la viveza a flor de piel y cuando pidió la ayuda también bajó la vista.
-Pero, mi marido no está ahora. Expresó Eloida.
-¡Eh…! Bueno… ¿Cómo hacemos? Porque yo ando con ganas de decirle al nene que yo soy la madre.
La reina del "shopping de las niñas"
La ciudad de Córdoba es conocida en el triste mundo de la Trata como el "shopping de las niñas" por ser un importante centro receptor y de reventa de niños y niñas de Argentina.
Amaneció. El olor delataba que la muerte estaba cerca de Mabel. Con poco aliento le ordenó a su hija, de cinco años, la Vero, que prepare su ropita. Ropita escasa de tela y llena de penurias.
Vero aún no tenía síntomas de tuberculosis, ni de mal de chagas. Apenas desnutrida. Pero muy bonita.
¡Muy bonita!
La nena obedeció a su madre. Fue llevada hasta las tumbas de sus hermanos y sin querer vio dónde sería enterrada Mabel en pocos días más. Vero no lloró. Se despidió de los restos de sus hermanos con el dedo en la boca.
-Ahora vamos… Viene el patrón. Le dijo el tío que dejó de cavar la tumba que será para su hermana.
Una camioneta Ranger se asomó como un halcón en el rancho.
-Buenas a todos ¿Cómo están?
-Bien. Contestó tímidamente el tío de Vero, quien se adelantó a recibirlo; mientras Mabel y la nena se quedaron quietas.
Las dos sabían que nunca más se iban a ver. No hubo lágrimas ni resistencia. Era el fin para una, y el comienzo para la otra.
¡Noooo! Parece haber cantado la lechuza que observaba y daba fe de lo que veía, como escribana posada en el único y escuálido árbol del rancho.
Era el fin para las dos.
-¿Está lista la nena? Preguntó el patrón. Tenía la estampa de un ganador. Tenía la mirada del Poder. Sus botas de cuero pisaban.
Aplastaban.
Mostraban sin disimulo la arrogancia del éxito.
-Sí don; alcanzó a decir Mabel. Y Vero caminó hacia la camioneta sin entender para qué se iba. Para qué dejaba su cama en Campo Toril.
Quién puede olvidarse de ese rostro.
¡Por favor!
Vero era tristeza.
¡Por favor!
Vero era resignación.
¡Por favor!
Vero era impotencia.
¡Por favor!
Vero era muerte.
¡Por favor..!
Con sus ojos le decía a Mabel:
-Me muero con vos, mamá.
La camioneta salió despacio sin levantar polvareda. La nena miraba para atrás y no sacó la vista de la silueta de Mabel que languidecía. El patrón disfrutaba el momento. Encendió la radio y un chamamé saltó a escena. Le invitó con un caramelo a Vero y la nena lo rechazó porque la naturaleza es sabia.
En el hotel de Castelli esperaba un grupo de íntimos. La señora había pedido a su marido no ir hasta Campo Toril porque no quería conocer el lugar ni los familiares de Vero.
La recibieron como un trofeo. Le dieron una bienvenida como se les da a los que ingresan a una secta.
Vero no entendía nada, ni quería saber nada. La saludaban gente desconocida y le apuntaban:
-Este es el tío Julio. Y una morisqueta de sonrisa.
-Yo soy la tía Paulina. Dijo una mujer que destilaba perfume francés.
-Ese es tu hermano Enzo. Dale un beso. Le dijo la señora que, esperó el saludo de todos, para decirle, sentados en la mesa, que ella era su nueva mamá María, y con cara de asco, le explicó que el hombre que la trajo era su nuevo papá Yiyo.
Ahora vamos a viajar. Un largo viaje hasta un lugar que se llama Córdoba, donde ahí tenemos la casa, y ahí vamos a vivir. María fue bastante didáctica. Aunque para Vero era igual. No escuchaba.
El viaje era sin regreso. Era hacia otro mundo.
Otro mundo.
Desde donde no se vuelve.
El viaje se hizo interminable.
Yiyo aburrido. María con asco. Enzo autista y Vero que no se durmió. El resto de la comitiva viajaba en dos autos.
En Sáenz Peña, cargaron combustible y tomaron café. En Villa Ángela, se anticipó el calvario. El griterío dentro de la camioneta fue terrible. Vero se asustó. Nunca había visto semejantes lobos.
Semejantes lobos.
Otro mundo.
La hermosa casa de barrio Urca en Córdoba no lograba disimular lo que se vivía puertas adentro. Vero se acomodó pese a que le iba mal en el colegio. Iba a un establecimiento escolar tan selecto, pero tan selecto, que quedaba fuera de la realidad. Los niños que egresaban del Other World College se sometían a un proceso de reinserción social que no siempre terminaba bien.
Ella vio como le asestaban catorce puñaladas a Yiyo en la puerta de su negocio. Dicen que fue una por cada amante que tuvo. Otros hablan que fue una por cada estafa que hizo en la zona ¡Pobre Vero, no sabía..! No sabía el daño. Sus compañeritas no hacían lo que ella hacía con su papá Yiyo o con el maestro.
María descubrió que Yiyo, su ex marido, le habría penetrado por la cola a Vero durante una siesta, cuando ella se había negado a mantener relaciones con él porque la situación entre ellos estaba muy mal. El hecho ocurrió en la casa de barrio Urca.
María mantenía una causa por estafa con Yiyo. Estaba separada de hecho dos años antes que ocurriera el hecho con la nena. Además, en una oportunidad, se había peleado a los golpes con su esposo delante de ella.
El asesinato de Yiyo impactó en una Vero desprotegida que seguía tironeando sus días sin defensa, aislada, golpeada.
María presentó su novio a Vero una noche calurosa de Córdoba donde los grillos desplazan a las cigarras y sólo faltan los monos que chillen para llamar al deseo.
Y desde ese momento no se separaron más. Era un trío.
Vivían con las historias a cuesta.
¡Vaa! Ellos decían que vivían y el novio se puso el saco de concubino.
Era el concubino.
Y se posesionó como concubino.
Para Vero la magia de Córdoba no era la de El impenetrable. El bosque chaqueño ya está penetrado.
La vida está seca y es dura.
Vero juega a no jugar.
Ellos vivían "la diaria" hasta que otra noche, como aquella, la de un 5 de agosto, Vero le contó a María que tenía dolores en la zona anal. Que le dolía desde el domingo anterior, y que solamente se podía sentar en la silla de costado.
La madre prestó atención y se dio cuenta que presentaba un cuadro severo de diarrea, como ocurría, normalmente, cuando se ponía nerviosa.
Entonces, la madre y su concubino hablaron con Vero. Intentaron sacarle algo. Intentaron saber qué le pasaba.
Después de varias horas de indagaciones, horas de juegos y promesas, llegó la revelación:
La cola le dolía por lo que había hecho con el maestro Fortunato en el college.
Aseveró que mantenía relaciones sexuales dos ó tres veces por semana por las vías vaginal y anal, y que eso, dependía de las ganas del maestro, y que su noviazgo ya había cumplido dos años.
La madre tardó en recapacitar.
Quedó atontada.
Ella también gustaba del maestro.
El concubino reaccionó diferente.
Vero se agarró la cabeza y con mucho dolor contó. Contó cómo fue y qué vivía en el college:
-No recuerdo bien. Pero creo que fue después de las vacaciones de julio. Hace dos años.
Fortunato comenzó a llamarme a su oficina para decirme cosas. O esperaba que yo llevara el registro, porque yo era la encargada de llevar el registro de mi grado para decirme…
Me decía: Yo te voy a disciplinar, para que aprendas muchas cosas. Pero esto no se lo podés contar a nadie, porque sino, ¿sabés que va a pasar?, no nos vamos a poder ver más.
Me decía que yo era la reina.
La más linda.
Que era preciosa.
Y cuando estábamos solos en la oficina de él, me decía más cosas…
Todas lindas.
Pasó mucho tiempo diciéndome cosas lindas…
Y mirándome.
Hasta que un día, siempre diciéndome cosas lindas, cerró la puerta de la oficina; y mientras me decía que yo era su reina me abrazó y me besó con ganas el cachete de la cara, y me hacía cariños.
Y me hacía cariños pasándome la mano por la cara, por la cara y el cuello.
Cerró su oficina, y me mostró que estrenaba picaporte nuevo.
Yo toqué el picaporte, y me di cuenta, que desde afuera yo no lo iba a poder abrir.
Y le pregunté:
-¿Cómo voy abrir cuando venga?
-Yo te voy a abrir... mi reina; me contestó con un rostro lindo.
Con un rostro lindo.
Después me tomó la mano, se sentó, y me dijo:
-Sentate arriba mío. Vos sos mi novia, pero no le contés a nadie que somos novios para que algún día podamos…
Podamos ir a otro lado.
Vivir en otro lugar.
En otro país.
En Estados Unidos y en Europa serás mi novia famosa, estarás en Internet, en las revistas y tus fotos estarán en muchos lados, pero vos seguirás siendo mi novia, eh...! Y sonrió.
Sonrió tan lindo.
Yo estaba sentada arriba de él.
Y él me acariciaba los cachetes de la cola y despacito me levantó la pollera del uniforme, del jumper....
Las primeras veces fueron sólo caricias y palabras lindas. El se ponía nervioso y temblaba, hasta que me dijo que no aguantaba más.
Me besó en la boca, me bajó la bombacha, me subió la pollera del jumper y me tocó la cola.
La cola.
Empezó tocándome la cola por donde se hace caca y luego el "chocho"; la cola por donde se hace pis.
Vero dijo que pasó mucho tiempo desde que le enseñó cómo se hacía un bebé, hasta que tuvieron relaciones por primera vez en la oficina que él tenía en el college.
Allí, en su oficina, había un lugar que él bautizó "nuestro nidito", porque decía que ahí me iba a dar sus huevitos. Para que yo los cuidaría como lo hacen las palomitas.
-Fue en septiembre, cerca del día que festejamos la primavera, yo era la encargada de entregar los registros de mi grado a Fortunato.
Estábamos parados en la oficina. Se acercó, me sacó el registro, lo dejó arriba de su escritorio, muy cerca de él, y volvió a acercarse.
Me besó, me levantó la pollera y me metió el pito en la cola por donde se hace caca.
Mucho tiempo sólo me metía el pito por la cola que hago caca; pero después del verano, fueron por los dos lados.
Cuando me metía el pito por la cola que hago caca, Fortunato se movía para adelante y para atrás.
Después de un rato dejaba de moverse, casi a lo último, y al salir me decía que fuera a clase con otra voz y cambiaba su rostro.
Ya no era un rostro lindo.
A María le llamó la atención que a pesar de todo la nena lo llamara cariñosamente al maestro. Que pensara en él. Que tuviese miedo por lo que le pudiera sucederle.
En su confesión, Vero dijo que se sentía rara y que cuando iba al baño veía en su bombacha algo espeso, parecido al moco, pero blanco con unos puntitos, muy poquitos.
-Yo lo quiero a Fortunato, y porque lo quiero le hice caso. Nunca conté porque él me decía, que ella, mi mamá, quería estar al lado de él.
Una vez, escuché a mamá decir que Fortunato estaba de novio con la profe Tere, y eso me dio bronca.
Mucha bronca.
Muchísima bronca.
Mamá conversaba con su novio, y decían que Fortunato, la profe Tere y Sergio, el padre de Caty, se acostaban todos juntos.
Casi me pongo a llorar cuando escuché que Fortunato le metía el pito por la cola de hacer caca a la profe Tere.
Me dolió mucho.
Luego, mi mamá y su novio comentaron que se fueron a un lugar donde se juntaban con otros para seguir haciéndolo, hasta que una vez tuvieron que llevar a la profe al médico y una nena murió.
Yo estaba en el baño y logré que no supieran que escuchaba.
Después en el college, yo le conté lo que había escuchado y le pregunté, si era cierto a Fortunato, y él se río, y me dijo que yo era su única reina.
Su única reina.
Después de eso me metía el pito tres veces por semana y me enseñaba más cosas y prestaba más atención como yo lo hacía.
Cuando no hacía algo bien, él me pegaba con una reglita en la cola ó me tiraba el pelo.
El, como todo novio, se enojaba cuando yo no me paraba bien ó no le prestaba atención a lo que decía.
Al terminar siempre me decía que me iba a llamar por teléfono o, que iba a pasar por el frente de mi casa para verme, pero yo nunca lo vi, ni atendí el teléfono.
Fortunato celaba del novio de mi mamá por eso me hacía llamarlo mono. Eso practicamos mucho, y cuando yo no le decía mono se enojaba.
Se ponía loco.
Me hacía escribir toda una página:"El novio de mi mamá es un mono. El novio de mi mamá es un mono. El novio de mi mamá es un mono."
Decía que yo tenía relaciones con el mono.
Me pegaba con la reglita y me miraba la cola para ver si había quedado rastros, porque decía que el mono era muy grandote, gordo, y me iba hacer mal.
-Ese gordo, feo, mal vestido, no tiene nada qué hacer con vos, me decía. ¿Entendiste Vero?
¿Lo entendiste; no?
¡Vero!
La nena recordó con lujo y detalles que Fortunato tenía una notebook, y cuando los dos estaban en la oficina del college, para entretenerme me ponía unos CD de dibujitos animados, que yo elegía.
Ponía varios en la mesa y me decía, elegí vos reina.
Yo elegía a Tom, de Tom y Jerry, y veía como Tom tenía relaciones con una mujer.
También veía otro CD donde un robot caminaba y tenía relaciones sexuales con un hombre, una muñeca y una mujer.
El leía, mientras yo veía esos CD.
Yo le decía que me aburría y Fortunato insistía que los viera porque eran dibujitos.
Y eran dibujitos.
Una siesta cuando entré a dejar el registro vi sobre su escritorio los CD y la notebook.
Y pensé:
¡Otra vez esos dibujitos!
Pero él sacó de su maletín tres aparatitos. Uno parecido a un cepillo de dientes que se lo prendía de una perilla y se movía. Fortunato me dijo que era para limpiarme la cola.
Los otros aparatos parecían chupetines y me los metía en la cola de hacer caca.
Por atrás.
Le dije que me dolía, y me dijo que eso era bueno. Como me dolía mucho, le propuse que me metiera su pito y no eso. El se detuvo, me miró y me dio un beso.
Un largo beso.
Un beso que nunca me había dado.
Se puso contento.
Esa siesta, él estuvo muy contento.
Guardó todo en su maletín y me pidió que le bese los pies, los dedos, más el dedo gordo, mientras él me besaba la cola, los cachetes y me pasó la lengua. A mí me dio cosquillas, y me reí. El me pidió que le toque el pito.
A mí me dio asco al principio y le dije que no.
-¿Por qué?; me preguntó.
- Porque me da asco, le dije. Entonces, me pegó con la reglita y se enojó.
Al otro día fui de nuevo a entregar el registro a su oficina. Entré y no estaba. Me asusté. Pensé que se había enojado y que no sería más mi novio.
Volví al día siguiente, y estaba.
Me besó.
Me besó desde el cuello hasta la cola por debajo del jumper. Se bajó los pantalones, sacó el pito y me pidió que le besara.
Me agaché y lo hice con los ojos cerrados.
Después, despacito empecé a entreabrir los ojos y lo miraba a él, y bajé la vista y le miraba el pito. Lo tenía parecido a un cucurucho, de grueso a más fino.
Le toqué. Lo besé y suspiró...
Se sentó apurado en la silla, me hizo arrodillar en el piso y me pidió que se lo chupe. Le chupé hasta que largó un líquido espeso, blancuzco, y le dio como electricidad. Me dijo que lo tragase.
Un viernes, la nena ingresó a la oficina para entregar el registro y le contó a Fortunato que tuvo una conversación con su mamá y el mono sobre lo que hacían ellos.
Fortunato no percató la gravedad de lo que le estaba anunciando Vero, y sólo le recomendó que no lo hiciera. Pero que si le había dicho que mantenía relaciones sexuales, que le dijera que lo hacía con sus compañeritos o con otros hombres, que diera otros nombres, y que él iba a tirar todos los CD, las revistas y los aparatitos.
Fortunato creía que a la nena le gustaba ver los dibujitos de los CD que le mostraba, que le gustaba las revistas, que le gustaba los aparatitos y que ella iba a mantener el secreto porque estaba muerta por él.
A tal punto, que ese mismo viernes, le mostró revistas con hombres y mujeres desnudos que se besaban y mantenían relaciones sexuales.
Fortunato llegó el lunes a la oficina con mucha ansiedad. Había visto durante el fin de semana como María y su concubino disfrutaron de lo que había dejado Yiyo y que, para él, el rostro de María reflejaba el bienestar de una feroz orgía.
Ese día, entró Vero con su registro, y no la besó. Apenas la sedujo con la mirada, y tras el saludo de rigor, le preguntó, cómo se llevaba con el mono.
-¿Qué querés saber?; le preguntó Vero inocentemente.
-¿Si tu mamá se pelea con el mono como con Yiyo?
-¿Por qué?
-¿Cómo por qué? Porque yo quiero ser tu papá, tu novio y tu dueño.
-¿No será que querés ser novio también de mi mamá?; Vero lo sorprendió, lo desacomodó.
-Vení mi reina, te pego con la reglita por pensar más de la cuenta. Y si fuese así, novio de vos y de tu mamá. ¿Qué pasaría?
Silencio. Vero bajó la cabeza.
-Nooo, venga mi reina. Yo soy sólo novio suyo; dijo acortando distancia Fortunato.
Pero la nena recordó lo que había escuchado en aquella conversación entre su mamá y el novio en el living de su casa.
Fortunato se percató que algo pasaba por la cabecita de la nena y esa semana fue terrible.
Estuvo todos los días con ella.
Le sacó fotos, le mostró revistas, le hizo ver dibujitos, usó los aparatitos para limpiarle la cola, y jueves y viernes la penetró por el ano.
Vero reveló que esa semana intensa fue la última que tuvo con Fortunato y después de las relaciones del viernes, -que fue por la cola de hacer caca- le dolió mucho, muchísimo, y le dolió hasta el domingo.
…Hasta el domingo.
La nena recordó que Fortunato estuvo raro.
-Ese viernes cerró la puerta de la oficina y le hizo sacar toda la ropa del uniforme y comenzó a sacar fotos, fotos y más fotos.
Me hacía posar, abrir las piernas, y sacaba cuando yo le chupaba el pito. También sacó fotos de mis colas, por donde hago caca y por donde hago pis, por la que hago caca…
y por la que hago pis…
Y después las guardó. Las guardó en su maletín junto con los otros CD.
Sentí que se despedía con bronca. Que me echaba. Que se llevaba lo mío en esas fotos, en esos CD.
Esos CD no eran para mí.
Tras las revelaciones de Vero la confianza de Fortunato no mermó, y creyó seguir impune. Seguía impermeable a cuánta denuncia de abuso hubiese. No obstante, al enterarse de la presencia de María, Vero y una psicóloga en Tribunales lo inquietó porque inmediatamente lo relacionó con el novio de María.
La denuncia prosperó y la Fiscalía ordenó el allanamiento al Other World College. Sobretodo a la oficina de Fortunato y a su domicilio particular. Apenas salió el exhorto, la suerte del diablo parecía estar echada.
El oficial tardó más de lo normal pero sin generar sospechas. Se tomó el tiempo necesario, marcó el número telefónico de su amigo, y le recomendó que, con urgencia, haga desaparecer todos los CD y borre cualquier vestigio pornográfico de su notebook. Que esa misma limpieza realice en su domicilio. Sin embargo, Fortunato supo que el tema se le había ido de las manos por culpa de una indiecita piojosa de mierda y por una loca.
Se lamentaba.
Pero más se autoincrimanaba por meterse con una indiecita y una loca.
-La hubiera cogido a María y no estaría en este problema…
Tuve relaciones con hijos de familias más difíciles, más importantes, más adineradas, más armadas y nunca un problema.
Limpió su casa y volvió al college.
Cuando llegó ya estaba el patrullero. Lo recibió la representante legal y lo hizo pasar. Saludó a los policías y se interiorizó de la denuncia y del allanamiento.
-¡No puede ser! Pero bueno, con cara de sorpresa, inocencia y estupor, agregó. -Pasen y revisen todo. Esta es mi oficina, esta es mi notebook.
Prendió un cigarrillo y fumaba, mientras la representante legal lo tranquilizaba.
-Quedate tranquilo que esto es una barrabasada Fortunato.
El parecía hacer puchero. Tenía los ojos rojos, bañados en lágrimas.
En lágrimas impotentes.
Su rostro estaba desencajado.
La comisión policial salió del college hacia el domicilio particular del maestro.
Fortunato esperó que se alejen los uniformados para salir por detrás cuando fue interceptado por el concubino de María, quien lo sorprendió descerrajándole catorce disparos en la esquina, frente al college, donde estaban esperándolo.
¡…Otro mundo!
¡…Otro mundo!
Vero siguió en Córdoba sin defensa, con una salud debilitada, muy golpeada por virus y bacterias. María ya no estaba. Se había ido tras un hombre, a España.
Vero quiso seguir los pasos de María y vivió aventuras fuera de la ley, y trabajó en la calle, y trabajó en un barrio, y trabajó en varios puertos.
Ella también había llegado a Europa.
En Barcelona se reencontró con su hermanastro Enzo, que había conquistado el ambiente gay con la osadía con la impaciencia de quien está apurado por morir.
Enzo triunfaba sobre las tablas y todas las noches entregaba un trozo de su cuerpo.
Enzo no tenía límites.
Vero alcanzó a aplaudirlo.
Se despidieron para siempre.
Al poco tiempo, Vero enfermó en un pueblo de Extremadura de donde no salió más de sus recuerdos.
Irrumpía en llanto y gritaba:
-¡Soy guacha. Soy una guacha!
No tengo nada y soy una puta enferma.
¿A vos te parece, gallego? Mi padre, que no descanse en paz, fue muy agresivo conmigo. Pero más agresivo era con mi madre. Éramos amenazadas permanentemente con un 38 y nos cagábamos en las patas.
¡Mucho miedo daba el cabrón!
Venía puesto y el mundo se nos acababa. Saltábamos de un lado a otro. Me acuerdo cuando mi madre le hizo frente con un atizador. Ese día no me lo olvidaré jamás.
Después escribí con mucha dificultad como abusaba de mí, pero te aclaro gallego, que sólo me manoseaba, no como vos.
El gallego era el enfermero del hospicio que le ponía el medicamento por vía intravenosa para dormirla cuando le brotaba el delirio.
-¿Gallego, vos sabía que yo fui muy buena alumna? Sí, muy buena alumna en Córdoba, en Argentina; pero muy charlatana.
Se emocionaba cuando hablaba.
-¿Gallego? ¿Gallego, dónde estás? ¿Te acordás de lo que te conté, lo de mi historia? Bueno, el amor más importante de mi vida fue Fortunato. Era una persona buena, buenísima, muy guapo, muy cariñoso y me quiso tanto. Eso sí, tenía un olor a pata. Pero yo lo perdonaba.
-¿Gallego? ¿Gallego, dónde estás? O estoy hablando sola, cómo loca.
-¿Sabés cómo decimos en Argentina a alguien que se hace como vos? Que se hace el boludo ó que se hace el pelotudo.
-Gallego me estoy durmiendo…
¿Sabés que de mi infancia recuerdo poco?
Cuando era pequeñita, en Sudamérica, en un lugar lejano de Argentina,, en un campo. Campo Toril, en una provincia que se llama Chaco, supe tener otra familia:
Tuve una madre, y muchísimos hermanos.
…¿Qué serán de ellos?
…¿Cómo estarán?
…¿Dónde estarán?
No tuve tiempo de conocerlos…
Babeaba.
Se durmió.
Los niños del NEA
No hay datos precisos sobre los niños que hoy están siendo víctimas de las redes de trata en el país. Pero, la directora de Coalición Alto la Trata, Claudia Lascano, dijo que en enero de 2008, una sola red de reclutadores en la ciudad paraguaya de Encarnación compró 50 menores.
En el camino entre Encarnación y los centros receptores de Argentina, Alto la Trata pudo rescatar 26 niños solamente. El resto se perdió en las rutas.
En Misiones se reclutan durante las temporadas altas, en los meses de enero y febrero, entre 15 y 20 chicos por semana.
Esta cifra refleja la dimensión de este aberrante negocio y la cantidad de casos que se registran a diario.
Córdoba, Rosario y Buenos Aires son los principales centros receptores y de reventa de niños y niñas de Argentina, pero además ya hay cordobeses, porteños y gente del sur que están reclutando niños y niñas en Misiones, en Chaco, y en Formosa.
En el último relevamiento que hizo Alto la Trata se detectó que el 80% de las víctimas del NEA provienen de Formosa y Misiones, y es significativo el flujo proveniente de Chaco y Paraguay.
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