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El exegeta de los mensúes
Quién se olvidó de Alfredo Varela
Por Pedro Jorge Solans
En 1952, el cantante, director y actor de cine, Hugo del Carril llevó a la pantalla grande la novela «El río oscuro» del genial escritor Alfredo Varela (ver más info).
El film titulado Las aguas bajan turbias (ver más info) fue considerado entre las mejores que produjo la cinematografía argentina y le dio al trabajo literario de Varela una trascendencia inesperada para el autor que, justamente, su literatura comprometida con las cuestiones sociales, sólo le daban días de cárceles y persecuciones.
Desde y por el cine, El río oscuro se transformó en la obra más conocida de Varela, relegando injustamente a otros relatos como “Abono inagotable”.
El escritor nacido en Buenos Aires, en 1914, adhirió pública y fervientemente al comunismo por lo que fue perseguido y encarcelado en reiteradas ocasiones.
En los primeros años del 50 cayó preso durante el gobierno de Juan Perón, y trabajó desde la prisión con Hugo del Carril para llevar al cine su trabajo sobre la vida de los mensúes en los yerbatales misioneros. Se reunían en la cárcel donde intercambiaban ideas sobre el proyecto.
En una oportunidad, Hugo del Carril se cansó de las peripecias que debían sortear para llevar adelante el proyecto fílmico desde la celda de Varela; y haciendo uso de su condición de peronista se ocupó personalmente de liberarlo.
El cineasta llevó el caso hasta el despacho del mismísimo Perón; y en la Casa Rosada, en una audiencia, le explicó el trabajo que estaba realizando, y con quién lo estaba haciendo. Le regaló un ejemplar de El río oscuro, y le dijo con tono de buen peronista:
-¡Mi General, necesito a este comunista libre!
Perón le prometió que lo visitaría al escritor en el Penal.
Y cumplió.
Una mañana, bien temprano, el presidente de la Nación se presentó en la celda de Varela.
Se saludaron.
El escritor no lo podía creer. Lo había sorprendido pese a que Hugo del Carril le había anticipado sobre sus gestiones.
–¿Por qué está preso? –preguntó Perón.
–Por orinar frente a la embajada soviética –contestó el escritor, provocando la risa de Perón.
-Mire, al final somos todos un poco comunistas, si al final lo que buscamos es la justicia social.[ ]Le dijo el Presidente.
Por qué las aguas siguen bajando turbias de sangre

Escena de la película "Las aguas bajan turbias".
Varela escribió varios libros políticos, muchas crónicas de viaje y una biografía de Martín de Güemes. Pero en su lecho de moribundo, en 1984, en Mar del Plata, reconoció que El río oscuro había ganado su corazón.
Esa investigación periodística sobre la explotación inhumana de los trabajadores de las plantaciones de yerba mate en el Noreste argentino y en el Paraguay fue hecha por el escritor para el diario Crítica donde cosechó un gran número de lectores. A tal punto que obligó al matutino a incrementar su tirada cuando eran publicadas las notas que enviaba Varela desde Misiones donde estuvo casi un año.
El abogado y estudioso misionero Héctor H. Cañete Verdún recordó que entre las Canteras y Puerto Chuño, en San Ignacio, se instaló la empresa agraria yerbatera "La María Antonia", cuyos propietarios originales fueron los Herrera Vega, descendientes directos del héroe Simón Bolívar quienes construyeron una réplica exacta de la casa venezolana del prócer latinoamericano. Varela se hospedó allí unos días. Durante su residencia en San Ignacio, el escritor vio un barco que trasladaba mensúes hacia el Alto Paraná, donde lo esperaban las sangrientas explotaciones de la yerba mate silvestre y el doloroso apeo de maderas en rollos.
El escritor estaba en la factoría de Joaquín Alcaraz, que tenía un almacén de ramos generales, en el Puerto Viejo de San Ignacio, donde las empresas navieras del español Pedro Núñez y Barthe, hacían escala en su travesía por el río oscuro, marrón, el Paraná desde la Bajada Vieja, en el Puerto de Posadas hasta Puerto Aguirre, -hoy Puerto Iguazú-.
La labor de Varela en la tierra colorada no fue fácil y contó en sus últimos días con la inestimable colaboración de dos hermanos mensúes oriundos de Santo Tomé, Corrientes.
Pese a todo, la novela salió a la calle en 1943 y alcanzó un gran éxito. Se tradujo a quince idiomas y además, implicó una novedad en el panorama de la novela latinoamericana, no sólo por su temática social, sino principalmente por introducir la fractura del relato. El lector puede aproximarse a la tragedia de la yerba mate o del mensú por tres alternativas que confluyen al final: Están a su disposición el relato principal de la explotación y la lucha del mensú Ramón. El relato estático de la selva y sus animales bajo el título En la trampa. Y, La conquista, sobre la lucha entre el hombre y la selva.
Varela no formó parte de ninguna moda comercial, ni del boom latinoamericano; sin embargo, es uno de los escritores fundamentales de América Latina. Está muy lejos de las góndolas de los monopolios, pero sigue latiendo como nunca.
En la década del 60, participó junto a Gastón Gori, a Aníbal Ponce, entre otros, en un congreso de escritores, en Ottawa, Canadá. Allí los argentinos se lucieron con sus ponencias sobre la realidad de los peones rurales.
El brasileño Jorge Amado fue el primero en salir a elogiarlos, especialmente a Varela, por El río oscuro:
“Ante todo, vale la pena decir que es una novela densa y poderosa, atravesada por un soplo de intensa poesía, que refleja el drama angustiante de la vida cruel y desgraciada de los mensú. Con una técnica de las más curiosas, que incluso aporta innovaciones en relación con la novelística hispanoamericana, conserva un vigor de floresta virgen.” Dijo el autor de “Doña Flor y sus dos maridos.”
En la trampa
“Hasta Posadas solían bajar los cadáveres, boyando. El Paraná traía en su amplio regazo, que nunca se niega, la terrible carga. Al llegar a la vera de esa loma poblada por el ranchería, abandonaba los cuerpos, como desligándose de toda responsabilidad. El no sabía nada o, como la selva, lo sabía todo, pero callaba. Ahí, en la playa, quedaban los pobres cuerpos de los pobres mensús. A veces estaban desnudos. O si no les quedaban jirones de ropa y jirones de piel. O sólo huesos machucados. Se acercaban al principio algunos curiosos. Pero ya estaban cansados de asombrarse, y pronto se iban.
El espectáculo era demasiado conocido. Y demasiado difícil identificar al muerto. Los muertos del Alto Paraná no tienen apellido ni familia. Y ni siquiera rostro, porque los peces hambrientos se los han picoteado durante el largo viaje, hasta dejar unas cuencas profundas, unos cartílagos temblorosos, un hueco inmenso donde antes hubo una boca que sabía decir palabras dulces y humildes o carcajear borrascosamente. Los muertos del Alto Paraná no tienen historia. No se sabe nunca quién fue el heridor, ni por qué. Nadie se preocupa de averiguarlo. Las autoridades, porque tienen miedo de saberlo. Los demás, porque es peligroso. Un día, las lavanderas que bajan hasta el río amigo a desplegar el cartel multicolor de sus ropas, se encuentran con el hombre quieto y solo, junto a las piedras. Entonces se persignan y hablan apuradamente en un guaraní asustado y tembloroso.
La gente de Posadas sabía. Era un secreto tremendo compartido por todos. Un día, veían partir un barco repleto de mensúes. Y luego, algún día o alguna noche, llegaba un cadáver, boyando. Y después otro, y otro más. Venían tranquilos, y varaban en la playa pedregosa, al pie de la lomita. Por eso cuando alguien se embarcaba para el Alto Paraná, se lo despedía definitivamente. Volver, volvería quizá. Pero solo, inerte, con unas tiras de ropas sobre el cuerpo golpeado. Entonces, la despedida se hacía con mucha caña, para no pensar con lo que ha de ocurrir. El que se queda sabe que si piensa en el futuro ha de ver, en lugar del mensú borracho e hipante pero bárbaramente contento que está enfrente, a un manso cadáver mojado, quieto y solo, bajo este cielo inmenso de Posadas que lo mira con el ojo abierto de su sol candente.”
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