La infancia chaqueña de Enrique Pichón Riviére
El aporte aborigen a la psicología social
Por Pedro Jorge Solans
El médico psiquiatra francés pero nacido en Ginebra, Suiza, Enrique Pichón Riviére (ver más info), considerado uno de los introductores del psicoanálisis en el país y creador de la psicología social, vivió su infancia en el monte chaqueño rodeado de aborígenes con quienes compartió las primeras aventuras de su vida. Las enseñanzas del aborigen Aparicio, colaborador de su padre Alfonso, el idioma guaraní y sus travesuras le darían las herramientas para su gran obra.
En los últimos años de su vida diría: «lo único real en nuestras vidas es la infancia». Hijo de una familia que arribó al Chaco, en 1910, -cuando Enrique tenía tres años-, para experimentar con el algodón y posteriormente con el tabaco.
Los Pichón Riviére se asentaron en diversas zonas del entonces territorio nacional Chaco. Empezaron en Florencia, en el Chaco santafesino, luego se trasladaron a Colonia Benítez, después pasaron por Las Palmas, y por un período corto residieron a orillas del río Bermejo en el límite con Formosa, hasta que Alfonso Pichón, -padre de Enrique-, se le ocurrió seguir probando suerte en Corrientes, radicándose cerca de los Esteros del Iberá, y de allí, pasaron a Bella Vista para recalar definitivamente en Goya, en 1920.
La visión general y el concepto grupal con respecto a los valores humanísticos, el pensamiento ecológico y lo mágico de los aborígenes calaron hondo en la infancia del hombre que revolucionó a la psicología en el mundo.
Enrique Pichón Riviere señaló con lujos y detalles a sus discípulos como creó su teoría innovadora desde lo vivido en su infancia en el monte chaqueño.
Su alumno más cercano, el escritor, psicoanalista, abogado y poeta, Vicente Zito Lema, señaló que demostrar que las enfermedades son del grupo, son de la comunidad, fue el aporte fundamental de la psicología social de Pichón Riviére, y ese concepto fue elaborado desde sus vivencias infantiles en el Chaco cuando tuvo en contacto con las comunidades nativas.
Zito Lema considera que Pichón Riviére absorvió en el Chaco la cosmovisión de las etnias aborígenes. «Hay una idea de la cultura que se genera precisamente en esos centros en donde lo intelectual y lo teórico tienen sus aposentos. El haber vivido en esas tierras tan difíciles, tan duras, -estamos hablando de 1910 al 1919-, es que las cosas no pueden salir de la teoría pura, sino que hay que confrontarlas con la vida pura, la vida de todos los días, donde crece la conciencia del ser. No crece en la teoría, crece en la práctica. Pichón Riviére decía que cuando se tiene una pretensión teórica tiene que inmediatamente confrontarla con la realidad, y cuando más compleja, más dura, más maravillosa es esa realidad, más influye en la vida artística intelectual de un ser.
En el Chaco, él pudo saber del rigor y de lo maravilloso de la naturaleza. Eso lo impregnó y de allí surgieron las teorías y sus búsquedas sociológicas, artísticas, que lo hicieron uno de los humanistas mas importantes del Siglo XX.»
Pareciera que Pichón Riviére quiso aproximarse a la búsqueda de las etnias originarias de la tierra sin mal desde el psicoanálisis y así la introdujo en la cultura occidental. Tuvo una visión dialéctica del funcionamiento de los grupos y relacionó la dialéctica, la homeóstasis y la cibernética.
En la década del 40 fue miembro fundador de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y en los años 50 participó en la creación de la Primera Escuela Privada de Psicología Social y del Instituto Argentino de Estudios Sociales.
Si bien no quedaron rastros de los Pichón Riviére en Florencia, ni en Colonia Benítez ni en Las Palmas, se pudo reconstruir con la colaboración de Vicente Zito Lema cómo llegó su familia al monte y algunas anécdotas de él en el Chaco.
Cómo llegó
Sus pasos por la geografía chaqueña merecen ocupar un espacio en el rico patrimonio cultural de la provincia y no es descabellado pensar en un futuro no muy lejano peregrinaciones de estudiantes y profesionales del mundo por los caminos de Enrique Pichón Riviére en el monte chaqueño.
Alfonso Pichón, Josefine Riviére y cinco hijos, -cuatro del primer matrimonio de Alfonso con la hermana de Josefine, Elizabeth que falleciera en Ginebra, y Enrique de tres años que nació el 25 de junio de 1907-, llegaron a Buenos Aires en el barco Marsella que había partido del puerto de Le Havre.
Arribaron en plena fiesta del Centenario y, Enrique, el menor de los Pichón, estaba por cumplir los cuatro años de edad y -según su relato posterior- trataba de no asustarse con tanta gente que hablaba a los gritos en otra lengua que le sonaba áspera.
Los recibió una amiga de Josefine quien los hospedó los primeros días mientras Alfonso Pichón realizaba gestiones para lograr residencia y trabajo. Luego se mudaron a un hotel ubicado sobre la Avenida de Mayo, donde una noche en el comedor Alfonso le anunció a su familia que debían preparar las valijas porque al día siguiente, bien temprano, viajarían hacia el Chaco. Ante el asombro de los chicos, Josefine les mostró un libro con fotos de plantas enmarañadas y animales tan hermosos como amenazadores.
-Es la selva, allí viviremos. Les dijo Josefine.
Todavía dormido y con una medialuna en la mano Enrique Pichón Riviére subió al tren y el silbo de la locomotora lo obligó a que abriera los ojos. Enseguida tanta tierra vacía lo aburrió. Nadie le preguntaba a Alfonso sobre sus planes porque la familia intuía que él tampoco tenía conciencia de sus pasos, que lo llevó de su Francia natal a un lugar que parecía el fin del mundo.
-Después de esta selva comienza el infierno. Dijo el hermano mayor de Enrique en un tono que fingía burla.
Pasaron días y noches en el tren, y la mirada del padre, hasta entonces dulce a pesar de su melancolía, se volvió hosca, impenetrable.
Antonieta, una de las hermanastras de Enrique, también había notado el cambio en la mirada de su padre, y le preguntó, qué le pasaba. El abrió sus manos y las dirigió hacia el cielo, y en soledad se puso a hablarles del cometa Haley.
Con el tiempo, Enrique recordó ese momento de la siguiente manera: «me acosté sobre sus rodillas y nada extraño sería que hubiera soñado, sino fuese que corría sobre las nubes y saltaba de estrella en estrella, perseguido por un tigre amarillo y negro, dueño de una mirada que prometía tormentos. Cuando bajamos del tren mis hermanos y yo reconocíamos los sabores del mate cocido, los bizcochos con grasa y las tortitas de azúcar quemada. Eramos testigos que los caballos de crines rojas corrían más veloces qne las locomotoras a vapor, y hasta podíamos jurar que los vientos de las pampas son capaces de hacer volar las vacas, como si fueran pájaros sin alas ni plumaje.»
Ya en el territorio chaqueño, en el Chaco santafecino, precisamente en Florencia, los Pichón se apiñaron en una pieza en el altillo de un almacén de ramos generales, y desde ahí, Alfonso reanudó sus gestiones para conseguir tierras fiscales.Una de esas mañanas, mientras Enrique luchaba contra un gigantesco tazón de leche y un enjambre de moscas, Alfonso le pidió que lo acompañara a la última entrevista en la Dirección de Tierras.
-Me tenés que dar suerte, dijo, nervioso, y entre él y la madre lo vistieron como para ir a un cumpleaños. Después que firmó un montón de papeles ante un funcionario, Alfonso se levantó de su silla, lanzó un suspiró de alivio que estremeció al pequeño Enrique, dando la sensación que crecía y crecía hasta tocar el techo.
La concesión estipulaba un término estricto, así que Alfonso se lanzó al trabajo, y la familia detrás suyo. En un carro se internaron en la foresta, mientras el sol les golpeaba las nucas, y las valijas se mecían en el camino virgen y las cotorras cerraban el cortejo con sus ráfagas verdes.
La primera noche bajo una carpa Enrique mostró rniedo, y se acurrucó en el fondo, muy cerca de su madre, quien no dejó de jugar con su pelo hasta que se alejaron, uno por uno, sus fantasmas. Sus hermanos se abrazaron unos con otros fingiendo que dormían.
En la entrada quedó Alfonso, sentado sobre la tierra, con sus rodillas altas y puntosas sosteniendo una escopeta, fumando su pipa, manteniendo vivo el fuego.
Pichón se inició plantando algodón y no le importó la fatiga del desmonte. Conoció lluvias interminables, ríos que se desbordaban y después sequías que tendrían comienzo pero no fin. La prueba más dura que debió soportar fue quedarse en la intemperie de un día para otro por la visita voraz de una manga de langosta.
Enrique señaló a Zito Lema en reportaje realizado en la década del 70, «queríamos mucho aquella casa, hecha con el esfuerzo de todos y con la ilusión de quien funda un largo reino. Era una construcción austera, extremadamente limpia y siempre acogedora. El agua de un riacho vibraba a pocos pasos, rni madre recolectaba flores que colmaban los jarrones y cuidaba los golosos helechos, tan húrmedos, fastuosamente verdes. El techo del bungalow era de paja, mi madre temía un incendio; nunca imaginó la voracidacl de aquellas langostas.
Recuerdo que en el momento que desaparecía totalmente el techo, mi padre, limpiándose los ojos con un pañuelo, para que nada turbara su mirada, exclamó, para mi asombro: ¡Qué hermoso. Qué infinito y claro es este cielo!»
Con la ayuda de unos vecinos en pocos días, los Pichón tuvieron un techo nuevo, también de paja. «Las langostas no comen dos veces del mismo plato»; le diría Alfonso a sus hijos ante el temor expresado. Enrique le creyó. Fue allí cuando conoció el secreto de su familia:
Una tarde, durante la caída del sol mientras un viento norte movía ligeramente las palmeras, Alfonso contemplaba con orgullo la casa reconstruida, le contó que sus herrnanos y sus hermanas eran hijos de su primera esposa; mientras le hablaba, Enrique iba matando hormigas con los pies descalzos y cuando no tuvo más hormigas, se largó a llorar. Su madre estaba a pocos metros, recogiendo naranjas y corrió hacia ella.
Pero allí estaban todos los Pichón. Los grandes con sombreros de paja, los chicos casi desnudos ante un sol que no daba respiro. A machetazos iban haciendo claros en la selva para alzar la casa, limpiando las malezas, pintando las paredes con cal y las maderas con aceite, trayendo agua del arroyo donde saltaban los peces, dando vuelta la tierra virgen, sembrando en los bordes del día, espiando con alegría el nacimiento de un tomate o de una chaucha. La vida en la selva tenía un encanto especial pero era una empresa difícil. En especial para Alfonso que estaba decidido a levantar una buena cosecha de algodón amenazado porque los ahorros traídos de Francia se acababan.
El francesito
Alfonso le hizo perder el miedo al agua y a la leyenda, pero sin burlarse de nadie. Simplemente le dijo: tenés que tener mucho cuidado y nunca nadar solo. Algo así como las brujas en Francia, cuando yo era niño, se decía, no existen, no hay que tenerles miedo, pero que las hay, las hay...
Ese consejo de Alfonso vino a consecuencia que Enrique y sus hermanos se bañaban en una laguna, a pesar de los yacarés y de la leyenda, contada de boca en boca por la gente. Decían que en el fondo de esas aguas había unos peces gigantes que se robaban a los niños para que les enseñara a caminar.
Alfonso también le enseñó a cazar y a pescar, y a distinguir los yacarés, siguiendo su nariz por afuera del agua, y a inmovilizarlos poniéndoles una rama firme en la boca y dejándoles así trabada la mandíbula. Enrique contó que lo hizo una sola vez y que para él duró una eternidad. «Era una caverna oscura colmada de dientes, puse el palo, cerré los ojos, saqué mi mano, y cuando me alejé buscando tranquilizar mi corazón, sentí que el sol era un dios que me protegía. Después todo se hizo natural y necesario, se trataba de un aprendizaje que abarcaría el resto de mis días; nada de lo que yo hiciera sería ajeno a la luz que descubría en las selvas de mi infancia.»
Los Pichón se mudaron varias veces por la región cargando sus cosas a caballo y en carros. Alfonso buscaba nuevas tierras para sus cultivos y no aceptó que la moneda del destino siempre cayera cruz.
Poco a poco se fueron adueñando de los olores y de los colores del Chaco. Cuando Enrique tenía seis o siete años escuchó por primera vez la palabra gringo. A Enrique le pareció cómica, pero para Alfonso no lo fue; se sintió lastimado. Se lo había gritado un hombre corpulento y bizco, que montado sobre un caballo blanco tiza con manchas marrones,-vaya a saberse por qué motivo estaba enojado con los Pichón-, y no cesaba de gritarles: «¡Gringos! ¡Gringos!»
Vicente Zito Lema señala en su libro «Luz en la selva» lo que escuchó de Enrique. «Me apodaron el francesito, en la misma línea con que bautizaron con gracia a mi padre, y tanto como a él, me gustaba. El apodo nació fresco, junto al río, como un grito de aliento de los otros chicos del lugar, viéndome luchar por subirme a un tronco que arrastraba la corriente, hasta que lo convertí en un dócil bote, hacia la orilla donde me esperaban los abrazos y los festejos. Me había ganado un lugar en el grupo, de allí en más la selva y el río también serían míos... (Y acaso llegaría a pronunciar la Ñe’eng, la muy divina y poderosa palabra-alma...).»
El maestro del idioma guaraní de Enrique fue el primer capataz que tuvo Alfonso en la plantación de algodón. Era un aborígen que lo había socorrido cuando se perdió en la selva. Aparicio tenía el pelo áspero como las cortezas de los árboles y ojos muy alegres y grises. Con el tiempo, Enrique recordó al perro de Aparecio totalmente blanco que venía desde lo más hondo de la selva, con un monito tití sobre su lomo, acarreando las frutas y el pan casero que todas las mañanas su mujer le enviaba para el almuerzo. Enrique contó que de Aparicio sólo aceptaba una banana. Se reía, muy feliz, mientras el perro y el mono después de recibir acaricias se perdían entre las palmeras y guayabas.
El guaraní nunca dejará de sonar en sus oídos como una música y sería su refugio, su compañía. Era donde latía su infancia y donde podía obtener fuerzas para enfrentar esa tristeza que se obstinaría en frecuentar su espíritu. Lo curioso es que pasó del francés al guaraní directamente; y recién el castellano lo aprendió cuando fue a la escuela.
Iba a caballo. Llamaba la atención su vestimenta. Usaba zapatos con clavos que habían pertenecido a su hermano Pedro, cuando practicaba alpinismo en Suiza. Los compañeros de escuela miraban asombrados semejantes zapatos. Una indiecita apenas mayor que él, descalza siempre, se animó a tocarlos. Enrique se los regaló. Ella le retribuyó con un collar hecho de espinas de pescados. Enrique creyó lo que le había dicho su compañera, que el collar lo protegería de todos los infortunios. Por eso tuvo miedo el día que nadando lo perdió y no fue casual que poco tiernpo después las picaduras de unos mosquitos lo dejaran postrado, con alta fiebre y vómitos, buena parte de ese verano.
En Las Palmas
Los Pichón ya estaban en Las Palmas donde Alfonso dejó el algodón para probar con el tabaco. Quería producir tabaco para procesarlo con el fin de obtener tabaco rubio. Un día recibieron la alarma de que iban a ser atacados por un malón. Participaron en la organización para la defensa. Los hombres fueron llamados a la Adninistración, se les entregó armas y en grupos fueron distribuidos en puntos estratégicos. La familia tenía la orden de quedarse en la casa cerca de las puertas y las ventanas. Aparentemente, cuatreros, asaltantes, ladrones cristianos, subían desde Corrientes. Esa noche hubo tiros pero no existió ataque a Las Palmas. Fue sólo un rumor. Era muy difícil que hubieran podido juntar suficiente gente decidida para semejante aventura como atacar la Administración para llevarse el dinero que pudiera haber allí. Además, Las Palmas tenía lo que se llamaba «plata blanca». No circulaba la moneda nacional. La Compañía tenía autorización de imprimir una especie de vales. Eran billetes fabricados en Londres. Decía: «La Compañía Las Palmas del Chaco Austral pagará al portador tantos pesos en moneda nacional al presentar el presente...» Entonces, eran billetes con todos los firuletes que tenía un billete legítimo. Si se tenía que comprar algo en Buenos Aires o girar dinero, era en moneda nacional, pero para la circulación interna para la proveeduría, carnicería, para todos los pagos y compras dentro del establecimiento, se usaba la cuasimoneda.Así que la cuestión del malón contra Las Palmas fue poco serio.
Encandilado por los ojos de un puma
En el libro de Vicente Zito Lema, Conversaciones con Enrique Pichón Riviére sobre el Arte y la Locura, se hace referencia a una experiencia de Enrique en el Chaco. «Una noche sufrió pánico al sentirse encandilado por los ojos de un puma, pero a la vez estaba fascinado. El puma es un animal muy bello, pero también puede matar.. Ahí improvisó una conducta que luego utillizaría, en circunstancias igualmente críticas, con los enfermos mentales; quedarse absolutamente rígido, sin demostrar ningún sentimiento, y sin esbozar o intentar el menor acto de defensa o ataque. El puma se marchó.
Todo lo que sintió esa noche lo volvió a revivirlo muchos años después. Había ido al teatro Argentino, en Buenos Aires, donde se representaba una obra cuyo mayor valor era ser un honesto alegato contra la guerra. Actuaba un grupo de actores anarquistas. La policía invadió súbitamente el teatro; él se quedó paralizado, no hizo gesto alguno, y la policía, que golpeaba y detenía indiscriminadamente, no reparó en él, no le hicieron una sola pregunta. Y pudo dejar el teatro sin problemas.
«Creo que nunca, como ahora, he tenido tan clara conciencia de la relación entre ambas situaciones que, además, se completan con la vivencia del hospicio.
Una vez, en el Hospicio de las Mercedes, un enfermo me atacó, de improviso, con un cuchillo y volví a quedarme inmóvil, mirándolo fijamente, hasta que el enfermo soltó el arma, que se clavó de punta en la tierra.»
La canción del Carao
Sintió como propia la cultura guaraní, en especial sus músicas y sus historias, sus danzas, y canciones, donde la palabra es alma, es sueño.
Vicente Zito Lema le preguntó qué rescataba como mayor valor de la cultura guaranítica y Pichón Riviére le respondió: Es difícil separar en la unidad. Se trata de un mundo mítico, con una concepción de pensamiento esencialmente mágico; y es evidente que todo lo relacionado con la muerte tiene allí un alto valor. A la vez, subyace en los actos cotidianos, en los mitos y leyendas, una profunda poesía. Todo ello es muy perceptible, por ejemplo, en el folklore guaraní, que es no sólo uno de los elementos principales de esa cultura, sino también algo de los más hermoso que he conocido en mi vida.
Pichón Riviére señaló que de niño escuchó una canción guaranítica que nunca olvidó, muy triste, llena de poesía y que después se dio cuenta que también encerraba una situación típica de análisis.
Es la historia de un pájaro, el carao, «que estando su madre enferma, salió a buscar remedios. En su viaje llegó a un baile campero y allí conoció a «la pollona», una pájara hermosa. Los dos pájaros se unieron, mientras la madre del carao agonizaba, sola, esperando el remedio, la ayuda que no llegaba. Finalmente, cuando amaneció, regresó el pájaro y encontró a su madre muerta. Ella nunca se enteró que su hijo se había casado.»
O sea, dijo Pichón, nos encontramos ante un complejo de Edipo perfecto. Una situación triangular clásica en todos sus matices.
Links relacionados:
* http://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Pichon-Rivi%C3%A8re
* http://www.espiraldialectica.com.ar
Textos de Enrique Pichon-Rivière en Espiral dialéctica
* http://www.portalpsicologia.org/busqueda.jsp?idAutorClasico=334
Pichon Riviere en Portalpsicologia.org
* http://www.antroposmoderno.com/biografias/pichonriviere.html
Biografía de Enrique Pichon Rivière
* http://www.psiconet.com/argentina/historia/pichon.htm
Historias del Psicoanálisis en Argentina. Textos de Enrique Pichon Rivière
* http://www.psicologiasocial.org.ar
Escuela de Psicologia Social del Sur
* http://www.psicologiasocial.esc.edu.ar
Primera Escuela Privada de Psicología Social. Fundada por Enrique Pichon-Rivière
* http://psicologiagrupal.cl
Escuela de Psicología Grupal y Análisis Institucional - Escuela Pichón-Rivière
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