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La imborrable marca de la bestia
A un año de los aberrantes crímenes
de los hermanitos Liendo en Icho Cruz

Por Luis López

Hoy se cumple un año del fatídico día en que aparecieran mutilados en una cantera de mica y cuarzo, al fondo del paraje Las Jarillas, los cuerpos de los hermanitos Liendo. Tiago, de dos años, y Ángel, de cuatro, fueron asesinados por su padre, quien horas antes había sido capturado por la policía con la ropa ensangrentada y tras un breve interrogatorio terminó develando el misterio que mantuvo en vilo a las Comunas del Sur del Valle de Punilla desde la noche anterior.

A un año de uno de los asesinatos más terribles que se registraran a lo largo del cinturón de Valle de Punilla y que tuviera repercusión nacional por la mano impiadosa que la ejecutara, las heridas en la sociedad de Villa Río Icho Cruz están muy lejos de cicatrizar y por la huella salitrosa que dejó la daga inerte, aún supuran cientos de versiones, sin que ninguna de ellas a ciencia cierta se aproxime a la verdad en su tonalidad más clara.
Esa sociedad mira a los familiares de unos y otros con la misma desconfianza que en algún momento tuviera la lupa de la Justicia, sin saber quizás que son unas víctimas más del encenizado camino y que sus corazones, como los de Tiago y Ángel, quedaron sepultados para siempre.

La ceguera de los sordos

La vorágine diaria de los días aciagos, habían transformado el amor tierno que alguna vez uniera a Mariela Guzmán (22) y Ariel Liendo (23), en una encarnizada lucha. Dominado por los celos bestiales, Ariel había cambiado aquellos besos y caricias cálidas de amor pleno en mudos ruidos de puños cerrados y frases hirientes que distanciaban cada vez más la oportunidad de reconstruir la familia soñada.

Fue durante uno de esos descontroles cuando la joven madre y esposa de familia decidió ponerle fin a la tortuosa convivencia, refugiándose en la casa de sus padres, gente de trabajo y bien vista por la pequeña comunidad.
Lejos de aprender la lección, los celos de Ariel Liendo fueron creciendo como la idea de lastimar a Mariela, quien había decidido bajar de manera definitiva la persiana y cercarle cualquier posibilidad de reconstruir la pareja.

El 2 de diciembre y como era habitual, Ariel fue a buscar los chicos a la casa de sus suegros con la promesa de regresarlos antes de las nueve de la noche. Pasada esa hora, la madre comenzó a preocuparse y desafiando aquellos golpes tantas veces recibidos, decidió ir por sus hijos pero sólo encontró la casa vacía. Esa fue la primera voz de alarma que encendió la mecha.
Mariela Guzmán dio inmediato aviso a sus padres y a la policía, quienes al ingresar a la vivienda encontraron signos de lo que a la postre sería un calvario.

Un colchón manchado de sangre, un martillo de carpintero impregnado con un líquido viscoso y una carta en la que decía «A tus hijos los vas a ver en el cielo», fueron las principales señales de la tragedia cuyo capítulo inicial comenzaba a escribirse. Más tarde, la aparición de la motocicleta del joven Liendo, tirada a la vera de la ruta que une Villa Icho Cruz con Villa Carlos Paz y la imposibilidad de comunicarse vía telefónica con el ex remisero, preanunciaban una larga madrugada de desvelo.

La mayoría de los 1.500 habitantes de Icho Cruz y otros tantos de Mayu Sumaj, esa noche no durmieron. Muchos se aventuraron junto a policías, bomberos y familiares a los extensos campos para rastrear al padre y sus niños. Patrullas de voluntarios, vecinos y curiosos motivados por el dolor inmenso de la familia y otros tantos por el morbo propio de la situación, desafiaron peñascos, llanuras y quebradas; mientras que otros más osados, buceaban cada pozo del río en el tramo entre Cuesta Blanca y San Antonio de Arredondo. Es que algunos vecinos aseguraban haber escuchado gritos y una motocicleta huir raudamente del lugar.
A medida que las horas avanzaban, el desaliento y el temor de encontrarse con el peor final se acrecentaba. No fue hasta cerca de las 10 de la mañana, cuando muy cerca de donde había abandonado su motocicleta, el policía Carlos Moyano y el segundo jefe del cuartel de Bomberos de la zona sur de Punilla, subcomisario Daniel Arce, avistaron a Ariel Liendo, intentando esconderse detrás de una zona vadeada por seculares, espinillos y algarrobos. No fue mucho trabajo alcanzarlo, como tampoco que dijera donde estaban sus hijos.
Con sus ropas impregnadas por la sangre de su propia sangre, el ex remisero fue sacado del campo, bajo una fuerte custodia policial, mientras la muchedumbre enterada de la captura, reclamaba de manera airosa para sí, la humanidad de la Bestia.

Tragedia en el Paraíso

La atmósfera del bello paraje de Las Jarillas ya se había teñido de luto. Fue el mismo Ariel Liendo, quien en medio de un lagrimeo cobarde dio detalles de sus hechos e indicó el lugar donde se encontraban lo que eran ya los cadáveres de sus hijos.

Caravanas de policía bomberos, policías y periodistas viborearon el camino hasta llegar a unas canteras abandonadas, donde el asesino se encargó de brindar los detalles del lugar exacto donde se encontraban los cuerpos de los chicos. Hasta el lugar llegaron los familiares de las víctimas -tanto de parte de la madre como de la del sospechoso- que intentaron lincharlo.
El abuelo materno de las víctimas, Julio Guzmán, fue el encargado de reconocer los cuerpos sin vida. «Están destrozados, están destrozados. ¿Por qué se ensañó con los chicos?», expresó en medio de un llanto desconsolado.

Según la línea de investigación más fuerte, el móvil de los crímenes habría sido la negativa de la joven a rehacer la pareja a la que hace no mucho tiempo había puesto fin.
Cuando Liendo pidió que lo mataran (mientras viajaba a la Alcaidía de Villa Carlos Paz)entendieron que lo peor para un cobarde sería tener que enfrentar las consecuencias de su propia acción. Lo dejaron vivir, lo dejaron sufrir.
Hoy Liendo está en la Cárcel de Bouwer, y pagará en vida sus pecados.
Ojalá algún día alguien lo pueda perdonar...





 
 
 
 

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