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Analisis de Ricardo Foster
Dos formas de ver (¿o distorsionar?) la realidad


*Por Ricardo Foster, Doctor en Filosofía, profesor de las universidades de Buenos Aires y de Córdoba

Buenos Aires, nov 11 (Dypra) -La crispación parece ser una de las constantes de la escena argentina. Piquetes que interrumpen el tránsito; paros sorpresivos o anunciados de los trabajadores del subte; protestas de los camioneros; cartas con denuncias explosivas enviadas a las embajadas por una de las principales dirigentes opositoras sin medir ninguna de las consecuencias que puede traer aparejadas para el país; escuchas ilegales y espionajes diversos motorizados desde el riñón del macrismo; anuncios del oficialismo que inmediatamente son bombardeados por la oposición aunque hayan sido propuestos en un principio por ellos mismos; clima exacerbado de inseguridad magnificado, cada tanto, por las usinas mediáticas que suelen apelar a esa cuestión tan cara a la vida cotidiana cuando no tienen nada mejor que ofrecer a la población.

La crispación está a la orden del día, acompaña nuestras vicisitudes, se mete en los hogares, en el trabajo, en las universidades y recorre exultante las grandes ciudades. Caos, anarquía, desorden, violencia, inseguridad, paros, piquetes, gritos, robos, insultos, intemperancia. Éstos parecen ser los condimentos de la actualidad nacional, como si todo estuviera listo para lanzarnos a la catástrofe.

Mientras escribo estas líneas desde Washington, en medio de la calma y el paisaje bucólico de un campus universitario, leo las noticias que describen el aumento histórico, el más alto de los últimos 26 años, en la tasa de desocupación que ya ha pasado largamente el 10% en medio de una desconfianza que todavía no abandona al norteamericano medio que sigue restringiendo el consumo y mientras millones de trabajadores indocumentados sufren un doble calvario: la pérdida de los trabajos y la persecución policial por su condición de "ilegales" que no ha sido ni mínimamente resuelta por la administración Obama.

Enciendo el televisor y me encuentro con la noticia del mayor del ejército, un psiquiatra de origen palestino-norteamericano, acribillando en Fort Hood, Texas, a mansalva a decenas de soldados dejando sin palabras a las autoridades que escandalizadas descubren que la violencia no viene de afuera sino del propio corazón de las fuerzas armadas. Algunos comentaristas mesurados recuerdan que ésa es una de las zonas del país en la que más armas circulan entre la población. Me entero, también, de que han aumentado los asaltos e incluso las violaciones en los alrededores del campus. Nada, sin embargo, de crispación ni de piquetes; nada de medios de comunicación vociferando a los cuatro vientos que el caos amenaza la vida y las propiedades de los ciudadanos.

"Ataque" a la Prensa
Denuncia del propio Obama contra la cadena Fox de televisión por sus posiciones ultrarreaccionarias y provocadoras sin que nadie hable por estas geografías de atentado a la libertad de prensa. Silencio de los sindicatos ante los despidos, ni una sola huelga para defender los puestos de trabajo ni para interrumpir el flujo de los millones de automóviles que circulan por las ciudades opulentas de la Unión. Nada, en efecto, parece crispar a los norteamericanos que cada tanto, y cuando algo se quiebra en su frágil equilibrio emocional, responden como el mayor psiquiatra de Fort Wood, a balazo limpio. Me recuerdo que la violencia y la crispación son patologías de sociedades atrasadas, tercermundistas e infectadas por el populismo.

Desde adentro

Resulta extraño leer a la distancia, y a través de Internet, las noticias que vienen de Buenos Aires cargadas, pese a la asepsia del éter informático, de aires malsanos saturados de crispaciones y violencias. Cualquier desprevenido que haga lo mismo que yo pero que no conozca nada de nosotros, pensará que estamos en medio de una guerra civil, de un caos infernal en el que ya ni siquiera se puede salir de la casa por temor a los asaltos, los crímenes y, si nada de eso ocurriera, los piquetes que nos impedirán llegar a tiempo al trabajo o adonde fuera. Violencia que se reduplica y se multiplica desde las radios, los medios gráficos y la televisión.

Resignación

Apago la computadora, miro por la ventana y con un cierto alivio me digo que acá, en la tierra prometida, no sucede nada de eso. Las protestas se reducen a hechos anecdóticos e insignificantes; los millones de norteamericanos que confiaron en la solvencia de su sistema financiero y se endeudaron por décadas adquiriendo hipotecas para acceder a una casa en los suburbios mastican su bronca y su incredulidad ante la "caída de los dioses", se resignan a la estafa, a la pérdida de sus hogares y lo único que esperan es que no los despidan de sus trabajos.

Los estudiantes viven en su mundo artificial sin que nada del afuera (salvo la llegada de algún perturbado armado hasta los dientes que se dedique a hacer blanco en algún aula) conmueva sus rutinas y su absoluta ignorancia respecto del mundo y sus aledaños. Los profesores, algo más informados, hacen que trabajan demasiado y por eso nunca pueden acabar de escribir ese gran libro que los lanzará a la fama, pero mientras tanto reproducen el encapsulamiento en el que van pasando sus días.

Afuera, algo huele mal y los salarios bajan, la desocupación aumenta, los alucinados están a la orden del día y el primer presidente negro de la historia comienza a desilusionar a sus otrora entusiasmados votantes. ¿Honduras? Otro gesto retórico para dejar que el golpismo siga avanzando.

Pero claro, para Lilita Carrió la Argentina es un desquicio, es un pantano de corrupción y los Kirchner preparan un autogolpe autodestituyente vaya a saber para qué. Las tapas de los principales diarios chorrean sangre al mismo tiempo que ofrecen un panorama del país como si fuera Corea del Norte, con censura y represión a la libertad de prensa. Los canales de aire y de cable describen un escenario infernal dominado por bandas de criminales, y se dedican a exhibir los bolsones de miseria para recordar a los televidentes que el Gobierno es pura impostura. Claro, me digo para mí, lo peor pasa muy lejos del paraíso, allá en el Sur donde todo es caótico y desagradable, donde existen todavía sindicatos, movimientos sociales, desigualdades y pobrezas no resueltas y donde, pese a todo eso, las calles siguen siendo expresión de un conflicto en el que se sigue escribiendo la travesía ardua y compleja de la democracia argentina.





 
 
 
 

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