Inspiraron el nombre de la bahía más importante
del emblemático embalse cordobés
Los chaqueños que conquistaron
el lago San Roque en los años 50
Por Pedro J. Solans

En su campo de Colonia Matheu en 1940, durante una campaña algodonera.
Los chaqueños Domingo Güi y Cándido Boldrini, amigos y concuñados, atraídos por la pesca de pejerreyes se adueñaron de una de las bahías más bella del lago San Roque en los años 50.
Con el tiempo, fueron confundidos con gitanos, y “su lugar en el mundo” fue denominado Bahía del Gitano.
Güi y Boldrini eran oriundos de la Colonia algodonera, Domingo Matheu, muy cerca de Villa Ángela, al Norte, a 12 kilómetros de la Colonia Juan José Paso.
De allí partieron para conquistar la bahía del emblemático lago San Roque, enclavado en el histórico valle de Punilla, en plenas serranías cordobesas.
Sus historias terminaron imponiéndose en el nombre de una zona turística que hoy forma parte del corazón de Villa Carlos Paz.
Los chaqueños y sus aventuras se instalaron a orillas de las aguas que bajan del macizo de Los Gigantes para chocar contra el paredón del primer dique de Sudamérica.
Domingo Gui y Cándido Boldrini bajaron del mismo barco que los trajo de Italia en 1925. Allí se hicieron amigos, y tras vivir un año en Buenos Aires, -donde Domingo se dedicó a vender caramelos en las canchas de fútbol como “chocolatero”-, se fueron para el Chaco.
El destino los depositó en la Colonia Domingo Matheu, donde reinaba el algodón.
Boldrini trabajó en un almacén durante un tiempo y en 1930 logró tener su propio campito, pegado a los Tomazuk, cerca de la escuela Nº 29, en Colonia Juan José Paso.
Los amigos se casaron con dos hermanas chaqueñas, oriundas de Villa Angela, pero Gui nunca abandonó su espíritu aventurero.
En una oportunidad, y como se ganaba la vida de mercachifle, salió a vender casa por casa y se alejó del Chaco en una carreta llena de mercadería, llena de útiles, para la casa y tardó tres meses en dar noticias. En las travesías Gui hacía canje de botones y utensilios para la costura por pollos o lechones y así iba avanzando.
Llegó a Córdoba y encaró para las sierras. Al llegar a Villa Carlos Paz le envió una carta a su amigo Boldrini, con quien, entre tantas cosas que compartía, estaba la pasión por la pesca. Precisamente, en esa carta, le decía que viniera a las sierras cordobesas porque había encontrado un lago lleno de pejerreyes grandes. “Me canso de sacar bichos de 2 kilogramos”, le había escrito.
Boldrini no dudó y en pocos días estuvo con Güi acampando a orillas del lago San Roque.
Después de varios días, Boldrini volvió al Chaco, pero Güi se adueñó de la Bahía. Un verano vio como los gitanos que habían acampado a orillas del canal que construyó don Carlos Nicandro Paz para proveer agua al caserío atravesaban el poblado y se venían para la costa. Lo habían retirado del lugar –hoy cruce de Avenida Libertad y calle Mozart- porque estaban por lotear y el inmobiliario le indicó la Bahía como lugar propicio para acampar.
Güi convivió con los gitanos hasta que se fueron, y el chaqueño quedó en el imaginario popular como un gitano más.
Güi y su amigo
Cándido Boldrini nunca abandonó a su amigo, y aunque sus visitas eran cada vez más prolongadas, no quería dejar el Chaco donde tenía sus comercios.
“El, en el campo se movía bien, porque sabía hacer de todo, pero siempre fue buen comerciante.
Nuestra casa, en el Chaco medía 38 metros de largo, y al fondo de la cuadra papá puso una panadería, y teníamos carnicería y sembrábamos. Recordó su hijo Omar que hoy vive en Villa Carlos Paz, a pocas calles de la bahía.
Boldrini era oriundo de la provincia italiana de Vezzaro, donde aprendió a trabajar en el campo, sus padres tenían una campiña en un paraje.
Omar también contó que su padre, a los 12 años lo internaron en un colegio de curas, y se entera que un hermano, el más chico y su padre se iban para Argentina. Entonces rompió unas sábanas y se las ingenió para escaparse del convento. Se escondió por unos sembrados y corrió durante unos días hasta que lo alcanzó al padre antes que partiera el barco.
Los viajes a Villa Carlos Paz
Don Cándido Boldrini no veía las horas de viajar al encuentro de su amigo Gui que lo alentaba siempre con historias de pesca.
Boldrini preparaba a su familia y salía en una Studebaker desde Colonia Paso con rumbo a Córdoba. Pasaba por Tostado, Ceres, y entraba por Morteros. Era como atravesar guadales de tierra. Todo era muy precario. Pasaba la noche en los pueblos
Cuando llegaba a la bajada de El Cajón, en el ingreso a Villa Carlos Paz, don Cándido hacía bajar a sus hijos y los hacía caminar porque le temía a la pendiente que era muy pronunciada.
Omar Boldrini (hijo de don Cándido que actualmente reside a pocas cuadras de la Bahía del Gitano en Villa Carlos Paz - foto derecha), recordó, “la primera vez que vinimos, éramos cuatro hermanos, papá y mamá, porque los más grandes ya se quedaban en el Chaco. Y veníamos por un mes, y a veces nos quedábamos más. Nos pasábamos el día pescando. Montábamos una carpa donde estaba mi tío Domingo.
En uno de esos viajes, mi papá construyó una casilla de madera, y él y mamá dormían adentro, y nosotros, los chicos, nos quedábamos afuera porque era verano.”
Con el tiempo, Boldrini comenzó a afincarse, y un día, Gui se fue, y nos dejó la carreta, y el apodo de gitano le quedó a don Cándido.
Gui parecía poseído por un espíritu de aventuras y no podía quedarse mucho tiempo en un lugar. Al finalizar un verano le vendió la casilla a su amigo y se fue de Córdoba.
La bahía del Gitano estaba rodeada de monte y sólo estaban la quinta de quien fuera corredor de automóviles e intendente de Villa Carlos Paz, Jorge Descotte, dos casas más y monte, y la casilla de don Cándido que aparecía como un faro del lugar.
Los aventureros ítlalo-chaqueños llegaron al lago en 1950, y Boldrini terminó de afincarse en los años 60, cuando el Chaco sufrió una feroz inundación y él se fundió.
Levantó sus cosas y se fue para Córdoba; mientras que en el Chaco quedaron los hijos.
En Villa Carlos Paz abrió un kiosco y empezó a alquilar botes para los pescadores. Llegó a tener dieciséis, y también pescaba para vender, y vendía muy bien. Le iba bien.
Un año se compró un Fiat 600 y con ese auto viajaba a visitar a sus hijos a Villa Angela. Pero antes del Fiat 600 que pasó a ser la envidia del poblado de pescadores, tuvo una Wiper 4, con la que también hacía viajes.
Nunca más volvió

Don Cándido en su último cumpleaños en la casa de su hijo Omar.
Don Cándido llegó con sus hijos en el 60 pero enseguida quedó solo a orillas del lago San Roque de donde nunca más se fue.
Omar, como otros de los hijos de don Cándido, cree que la Bahía del Gitano fue el lugar del mundo de su padre.
“-Mi papá nos cargaba a toda la familia en un bote grande, y nos llevaba pasando el Puente Negro, donde había una piedra que le decían “La Piedra Blanca”. Ahí pasábamos el día con nuestros primos que eran los cuatro hijos de Gui. Íbamos remando un rato él, que remaba muy bien, otro nosotros.
El bote se llamaba “Mi nietito”, y fue el bote que más mezquinó, porque le tenía adoración.” Señaló con nostalgias el hijo.
Omar llegó recién a Villa Carlos Paz en los años noventa cuando su mujer se jubiló en la docencia, y recordó que su papá vivió mucho tiempo solo a orillas del lago, acompañado por su mamá y sus hermanos más chicos, Hugo y Rosa.
Don Cándido regresó a Villa Ángela los primeros días de mayo del 2000, y falleció el 30 de Julio tras festejar su cumpleaños. Tenía 98 años y murió de un paro cardiorrespiratorio.
Los últimos años solía ir a su lugar y se sentaba bajo una sombrilla y se quedaba horas y horas, pensando; según decía.