Leonor Marianovich de Cejas:
El silencio tuvo voz


Por Pedro Jorge Solans ,,,,,,,,,Foto: Santiago Solans



Ya no es la rubia atractiva que bajaba del Fiat 1500, color magenta, agujereado como un colador, aquella noche cálida del viernes 1º de diciembre de 1967.
Los cadáveres de Isidro Velázquez y Vicente Gaúna eran manguereados en el patio de la comisaría de Quitilipi y los vecinos que se habían reunido en torno a un asado social en las ruinas del club Caupolicán, a metros de la plaza San Martín, salían despavoridos hacia la comisaría. Estaban los que iban llorándolo por dentro y los que iban a ver si era cierto la muerte de «los enemigos del sistema». Habían caído.
La rubia llegaba del cruce a Pampa Bandera al mando del Fiat remolcado por un móvil policial. De jeans, con pañuelo en la cabeza y la sensación de efímera heroina triste. Rodeada de policías, en aquel momento era la pieza clave, aunque ya intuía femeninamente las consecuencias de la traición forzada. Esa traición que se vislumbraba en la mirada del represor Wenceslao Ceniquel.
Ya no es la rubia que esperaba ansiosa la recompensa de 2.000.000 de pesos y un automóvil nuevo, cero kilómetro, que ofreció la policía y las fuerzas vivas chaqueñas atemorizadas, jaqueadas, por los rebeldes primitivos o bandidos rurales.
La rubia los había conocido a través de su marido, -el empleado de Correo-, Alberto Cejas, y éste los conoció por medio de su compañero de trabajo, Ruperto Aguilar.
La propuesta de seguir con Velázquez y Gaúna fue motivo de largas charlas internas del matrimonio y también con Aguilar. Los Cejas se jugaban la vida con tal de salir del estancamiento económico que le ofertaba un Chaco sufrido, y la asfixia en cuotas que vivía la sociedad empujó a ser parte de la rebeldía de hombres atorados por la autoridad pública que le habían marcado las cartas del mazo al destino.
De ese destino que también desarraigaría a los Cejas cambiándole la vida con un destierro involuntario.
Isidro Velázquez pagaba a sus colaboradores por los servicios prestados.
Tras los secuestros de los estancieros, Giussano y Angel Persoglia, tanto el matromonio Cejas como Aguilar cobraron jugosos rescates.
Precisamente, Persoglia de 80 años dio la primera pista para acorralar a los colaboradores de Machagai. La policía logró marcar los billetes de varios comerciantes de la zona, entre ellos, al viajante quitilipense, Francisco Macías, que sin saber compartió un asado con ellos en Pampa del Indio. Eran comerciantes que podían ser víctimas de los próximos asaltos durante aquellos meses, todos sospechaban que estaban cerca.
Efectivamente, estaban en Quitilipi y solían cenar en la fonda de Ferrer sobre calle Mendoza frente a la comisaría.
Para pagar los servicios de los Cejas y Aguilar, Isidro Velázquez y Vicente Gauna asaltaron a uno de esos comerciantes que tenían billetes marcados y, luego, lo descubrieron en poder de Aguilar. Con esa información la policía obligó a éste a colaborar y a posteriori cayó el matrimonio Cejas en manos de la policía.
Todos fueron llevados a Resistencia y torturados por jefes policiales como los comisarios Ceniquel y Pujol, y el jefe de la policía, capitán, (RE), Aurelio Acuña, quien atormentó a los Cejas clavándoles las manos con una lena o pincha-papel.
Luego de los tormentos, le prometieron sus respectivas libertades, un automóvil cero kilómetro, la recompensa y el traslado a ambos a cualquier lugar del país manteniendo sus respectivos trabajos en el Correo y en la docencia.

Leonor, la pieza clave

La policía ya había fracasado en un operativo que movilizó a 800 efectivos para cazarlos. No querían volver a quedar mal ante la oligarquía chaqueña.
No tenían cómo justificar otro fracaso.
Proyectaron el operativo silencio y en ausencia de Cejas, utilizaron a Leonor.
Ya no es aquella rubia colaboradora de la policía que cenaba en la vereda de la fonda de Ferrer en Quilitipi, que se reía cuando entraban los efectivos policiales a buscar comida y recibía el correcto -tengan buen provecho.
-Gracias; respondía ella. Velázquez inclinaba apenas su cabeza y Gaúna seguía inmutable. Se ocultaban en el monte, por Quitilipi, cerca de la Colonia de Aborígenes, donde recibían ayuda.
Tras varias reuniones con los Cejas, el operativo Silencio fue preparado para el viernes 1 de Diciembre de 1967.
Al caer la noche, decenas de policías se instalaron debajo de un puente en la ruta provincial 9 esperando el paso del vehículo conducido por la esposa de Cejas, acompañada de Aguilar, que llevaba cómodamente en el asiento trasero a Velázquez y a su compañero Gauna.
Leonor mediante un dispositivo colocado en el vehículo, cortó la corriente del mismo, simulando un desperfecto mecánico.
Velázquez bajó con ella y le puso el revólver en la sien y como si intuyera algo le dijo; Si me traicionás, te mato.
Leonor simuló sentirse ofendida, y le respondió; ¿Cómo creés eso?.
Arregló nerviosa el desperfecto, se subieron al fiat 1500 y siguieron camino.
Al llegar al puente del cruce rumbo a Pampa Bandera, la mujer volvió a bajar. Pero esta vez bajó corriendo del vehículo, a los tropiezos, con
Aguilar siguiéndole desbocado las pisadas.
Isidro Velázquez se dio cuenta y gritó:
-¡Caimos!
Gauna es acribillado en el asiento trasero. No le dieron tiempo a moverse.
Velázquez alcanzó a abrir la puerta y herido, sangrando, corrió en zig zag, y a los tumbos llegó hasta una arboleda donde pretendió esconderse.
Creyendo estar a salvo lanzó un heroico e interminable sapucay justo debajo de un árbol donde estaba apostado un policía. La balacera no tardó en llegar. Fue su muerte.
La vigilancia sobre los colaboradores siguió y se mezcló confusamente con las manifestaciones de ira de quienes cubrían a Velázquez y Gauna.
Los policías estaban orgullosos, se creían cazadores de pumas o algún otro animal salvaje, y se les inflaba el pecho al mostrar las fotografías junto a los cadáveres. Estaban seguros de que habían hecho una buena cacería.
«Isidro tenía la inteligencia de un zorro y la rapidez de un guazuncho (ciervo) -comentó el comisario Pujol, pero su limitado horizonte, lo indujo a menospreciar a sus perseguidores».
Ya no es aquella rubia...
Ya no es la rubia atractiva que bajaba del Fiat 1500, color magenta, agujereado como un colador, aquella noche cálida del viernes 1º de diciembre de 1967.
Con sus largos setenta años no quiere ni escuchar el tema. «Es parte de mi pasado que lo borré de cuajo», señala a sus allegados, cuando hacen gestiones para que aborde el tema.
Llegó a las sierras de Córdoba en los primeros años de 1968 con su
Fiat 1500 reparado. Se afincó con su marido e hijos en Villa Carlos Paz, pero una turbulencia de amenazas que venían del Chaco, sin origen preciso, provocó que los Cejas se trasladaran a Cosquín.
Allí, entre festivales y con el correr del río, recostada sobre el barrio Remembranza, aquella rubia, hoy, es una docente jubilada con grietas maquilladas de olvido, de miedo, de negación.
A veces la luna coscoína alumbra su sonrisa frente a un óleo de su hija, pero enseguida, la mansedumbre del Valle de Punilla, va por ella, la cubre, la ayuda; aunque sea, para que la mochila de su destino no le pese tanto.

PORTADA
A 40 años de la emboscada a Isidro Velázquez y Vicente Gauna